jueves, 30 de octubre de 2008

Anécdota musical: El Trino del Diablo


Para Quinoff




Cuando Giuseppe se casó con Elisabetta Premazone no se imaginaba el problema que estaba contrayendo.

Giuseppe Tartini era un joven de dieciocho años, estudiante de abogacía en la Universidad de Padua, donde demostró ser un buen litigante, con la espada, hemos de señalar. Y su prometida, Elisabetta, era una de las “favoritas” del Cardenal Giorgio Cornaro. Cuando el religioso se enteró de la boda entre el estudiante y su “favorita” se sintió indignado, como seguramente se hubiera sentido Gianantonio, el padre de Giuseppe, de seguir con vida, pero debido a que Elisabetta era mayor que su hijo y de distinto estamento social.

Por lo tanto, Giuseppe, acusado de "abducción" por su excelencia y siguiendo los consejos de su instinto de supervivencia, tuvo que abandonar a su recientemente desposada cónyuge y partir hacia Asís, al monasterio de San Francisco. Que este sitio fuera el punto que determinara como su escondite no debió de ser una casualidad, de ninguna manera algo azaroso, pues cuando niño, los padres de Giuseppe, Caterina Zangrando y el mencionado Gianantonio habían decidido por su vástago que su destino era convertirse en un monje franciscano (y en última instancia, fue por estos estudios con los franciscanos, que nuestro fugitivo tenía ciertos conocimientos musicales).

Ahora, más allá de estos hechos históricos, nos adentraremos en los terrenos cenagosos de la leyenda, y es posible que un vaho espeso cubra nuestras miradas. Es decir, quizás lo que yo escriba y lo que lean Vds., amables personas quienes me siguen en esta narración, no sea del todo cierto, pero a lo mejor sí entretenido. Vos diréis, entonces.

Estando nuestro joven amigo, Giuseppe, encerrado en la celda, amablemente compartida por los buenos hermanos del Monasterio de San Francisco en Asís, a punto de quedarse dormido, vio aparecer ante él una imagen hasta cierto punto oscura, aún cuando paradójicamente brillante (puesto que podía verla en las tinieblas de su encierro). La imagen le habló, y se presentó, sin más miramientos, como el Diablo, ni más ni menos. Según le explicó, no era su intención causarle espanto ni hacerle daño; lo único que deseaba era servirle. Y, para que vean que fue aquella una noche paradójica, al señorcito Tartini no se le ocurría nada qué pedirle. Finalmente, Giuseppe recordó que él mismo era violinista, un músico (con ciertos conocimientos básicos, ya dijimos), y le pidió a la figura oscura que tocase algo para deleitarle.

Como un genio de las Mil y una noches ("escucho y obedezco"), la figura tomó el violín, que Giuseppe usaba para acompañar los servicios religiosos, afinó las cuerdas y, sorpresivamente, comenzó a tocar la música más maravillosa que hubiera escuchado nuestro encerrado amigo, quien permanecía en silencio y casi sin poder respirar, sintiéndose sobresaltado al escuchar cada deslumbrante trino producido por la relampagueante destreza del siniestro.

Justo cuando terminó la interpretación, Giuseppe despertó.

Sí. Aparentemente, todo había sido un sueño; trató de recordar cómo sonaba la música que había escuchado mientras dormía. Apuntó lo que recordaba y se transformó en lo que Tartini (ya no nuestro querido, joven e inexperto Giuseppe, sino Tartini el gran compositor y teórico) llamó “La sonata del trino del diablo” para violín solo y bajo cifrado.

Y según se dice, las palabras finales de Tartini para Jérôme Lalande, el astrónomo francés, al relatarle esta historia (o una parecida, al menos), fueron éstas: “(Mi composición) es tan inferior a lo que escuché, que si hubiera podido subsistir por otros medios, hubiera hecho pedazos mi violín y abandonado la música para siempre.”



lunes, 27 de octubre de 2008

capítulo vigesimooctavo: el abuelito


Cuando Peto era sólo un niño iba a visitar a su abuelito, quien curiosamente se llamaba exactamente igual que él. Bueno, a decir verdad, el abuelito se llamaba igual que Julio, y por eso Peto... Julio le llamaba a su abuelo, "abuelito Julio". Algo así como la Petoúlquina Amarilla que a Peto (la aclaración ya se hace innecesaria) le llama "Papa Julio".

Y cuando Peto iba a visitar a su abuelito, éste muchas veces estaba sentado junto a su radio (¿qué era, un RCA? Ya no lo recuerdo, la verdad. Lo único que sé es que tenía uno de esos ojos para sintonizar). ¿Y qué escuchaba el abuelito? Pues, swing. ¿Y qué es el swing? El Peto maestro de música respondería: "El swing es el estilo predominante en el mundo del jazz de 1930 a 1940, iniciado por músicos blancos como Benny Goodman, quien por cierto era conocido como "el rey del swing", y llevado a la cumbre por músicos como Glenn Miller... bla, bla, bla...". El Peto niño ni idea tenía de qué era el swing, sólo sabía que, de vez en cuando su abuelito lo llamaba y le decía: "Escucha esto, Perulero (que así era como le llamaba "afectuosamente"). Y a veces el Peto lo que quería era irse a cualquier parte antes que quedarse a sufrir un terrible aburrimiento oyendo esa música.

Esas fueron mis primeras lecciones de música. Si soy músico es por eso. Y por otras cosas, pero esto lo tengo muy en alto entre mis primeros recuerdos musicales. Así conocí a los mencionados Benny Goodman y Glenn Miller, y con el tiempo mientras crecía, también a Count Basie, Duke Ellington, Harry James, Artie Shaw, los Dorsey, y supongo que olvido a muchos otros. Mi abuelo podía reconocer exactamente cuál era el instrumento que sonaba, nunca supe cómo (quizás a algunos les parezca poca cosa, pero mi abuelo padece del oído, y no voy a hablar más del tema porque no quiero).

Cuando era niño, mi abuelo tocaba el saxofón soprano, esto debió ser en los años '30 (mis datos no son tan exactos, verán que mis fuentes o ya no recuerdan tan bien o están muertas), pero sus hermanas decían que podía imitar los solos que sonaban en el tocadiscos. Y por alguna de sus arbitrariedades, mi bisabuelo decidió que no quería que su hijo menor tocara un instrumento musical (que él mismo le había regalado) y que su muchacho nunca iba a ser un músico. Alguien me comentó que había argumentado, además, que se iba a poner trompudo por tocar el instrumento. Y qué sé yo cuántas cosas más. Así que le escondió el instrumento. Mi abuelo se puso furioso y triste y mi bisabuelo, tiempo después, accedió a devolverle el instrumento, pero la obstinación de aquel fue tan grande que nunca más volvió a tocar. Y aquí diré, estoy seguro que se frustró la carrera de un músico nato.

A veces soy un tonto y me olvido de lo que representa mi abuelo para mí. Hay tantas cosas mezquinas en este mugroso planeta (comenzando por el mezquino del Peto), pero hay cosas bellas también. Mi abuelo tiene una gran colección de discos (33, 45, algunos raros de 78...), y ya ha sido reclamada por uno de mis tíos (y yo estoy de acuerdo en que es su derecho heredarlos). A mí, en todo caso, no me hace falta porque mi abuelo me ha dado mi herencia en vida (legado diría el Tato): me enseñó a amar el jazz.


jueves, 23 de octubre de 2008

capítulo vigesimoséptimo: ciudadano cero y petoulqui jacobo en el walhalla


"Negro es el color

Silencio es el sonido

Cero es el número cuando mueres."


Greg Stephens, "Cuélgate boca abajo y muere" (obra estrenada en el Teatro Playhouse, en febrero de 1964, como parte del teatro-club experimental de la Universidad de Oxford).



(El epígrafre lo he colocado porque me pareció un párrafo interesante. Lo encontré, justamente como epígrafe de un librejo, escrito por una tal Joan Fleming, que no Ian Fleming. No hay libro policíaco que buena cita no aporte, aún cuando se la haya sacado de una obra experimental de Oxford.)

Peto iba tarde (qué raro), había pedido 30 minutos de gracia y, según él creía, ya habían pasado 45. El bus parecía no querer avanzar. En realidad, era el tráfico en general el que no avanzaba, así que motivado por el desvío tomado por el trucutú de turno, Peto saltó de la unidad y comenzó a avanzar amenazadoramente entre los demás transeúntes (palabra que ahora se me ha hecho bastante rara), sobre la octava calle en dirección al Portal del Comercio, y específicamente hacia el famoso, célebre y carísimo Portalito (que como dijera Luisito, no compensa sus precios con sus servicios sanitarios y viceversa. Pero sí con el buen servicio, agrego yo).

La misión era encontrar al Ciudadano Cero, personaje a quien Peto conocía únicamente por sus textos y por su voz en conversaciones telefónicas. De repente, el Cero no es el primer bloguero a quien Peto conoce en persona, ni Peto el primero a quien conoce Cero, pero Peto reconoce que el Cero es el bloguero número cero a quien conoce. Ya ven, hay que reconocer que el Cero está fuera del tiempo y el espacio, en un plano que pareciera de la Cuarta Dimensión o algo similar (y por supuesto que ya hablaremos de la Cuarta Dimensión... pero será en otra ocasión).

El Peto, atrasado como iba, con su pinta de energúmeno mezclada con raíz cuadrada (eso es radical cuadrado, y no porque cultive su físico ni mucho menos), esperaba, asimismo, que fuera el Cero quien lo reconociera. A fin de cuentas, hay que aceptar que el Peto es, al menos, un poco despistado, mal fisonomista (diría Lusifergua), y era más fácil que Cero distinguiera los lentes y la chumpita verde desteñido petoulquiana. Y así fue.

Repentinamente, Cero y Peto se saludaron y buscaron una mesa. Encontraron un apartado que no tenía nada de lo dicho, pues colindaba con las mesitas de unos ruidosos jovencitos, quienes a su vez eran acallados por las intensas y bellas notas musicales de la marimba pura del local. El humo de los cigarrillos daba la sensación de una cámara de gas, pero el Peto está acostumbrado a esto y más.

Sirvieron el primer pichel de cerveza, clara porque el Peto quisquilloso tiene predilección por "su nena rubia, ¡qué bellos recuerdos!", etc., y se pusieron a platicar sobre la blogósfera. A fin de cuentas, de qué más iban a platicar. Pues claro, de otras cosas que no voy a escribir aquí, ya fue suficiente con ese emo que logró ingresar a la base de datos y consiguió las identidades secretas de todos los bloggers y amenazó con revelarlas (¿no es cierto, Cero?).

Habiendo comenzado el festín con toda clase de boquitas chapinas que el Peto se comió sin chistar y con varios litros encima (creo que eran dos, pero dos son más que uno), los compañeros de armas decidieron que había llegado el momento de reclamar su sitial de honor en la Mansión de los Aces, así que sin esperar el rescate de una Valkiria, se dirigieron ellos mismos al tal Walhalla, el cual irónicamente no se encuentra en la cima de una montaña sino en una especie de inframundo, creo que le llaman "planta baja", creo...

Y ahí terminó la esperada reunión Cero-Peto, el encuentro bohemio-gastronómico-marimbo-literario, PETOULQUI-CERO.

Luego, el Peto bien borracho (y muy poco bebido, el alcoholismo es atroz), se despidió de Cero, quien abordó un taxi en la quinta avenida, frente a ese edificio-estacionamiento del cual no recuerdo el nombre (¿Torre de estacionamiento? a saber...). Y ya sabemos que al Peto le encanta caminar, y borracho no digamos, de manera que como tenía que ir a Guatemala Musical a documentar un concierto de marimba orquesta, inició su periplo (porque regresó al punto de partida, eso es a su casa, pero un poco más tardecito), pasó por el parque Enrique Gómez Carrillo, antes Concordia, se tomó dos cafés callejeros con un mollete, se puso tan cargante que los que vendían el café lo dejaron hablando solo (bolo necio, a fin de cuentas), negoció su peaje con uno de los "amos" del parque, lo hizo reir, siguió su camino, subió a la tercera avenida, pasó por Don Bosco, avanzó por la avenida Bolívar, se sentó un ratito, bla, bla, bla, bla...



lunes, 20 de octubre de 2008

Paréntesis: 20 de octubre


Me abstuve de escribir el 27 de junio, aniversario de la renuncia al cargo de presidente de la república por parte del Coronel Jacobo Arbenz Guzmán. No quería caer en el panfleto, porque no es mi intención que este sea un blog específicamente político (aún cuando lo es implícitamente), y no recuerdo por cuál otra causa (alguna habré tenido), tampoco escribí nada explícito para el pasado 30 de junio (quien tenga oídos que oiga...), aún cuando hay mucho qué hablar al respecto (y si lo hiciera me remontaría a la época de la revolución liberal, comenzando allá por 1871...). Para el 15 de septiembre (setiembre, dicen algunos) tampoco me explayé, haciendo alusión únicamente a los símbolos patrios.

Últimamente (y como es mi costumbre), he leído los blogs de muchos otros colegas (que creo poder denominarlos como tal, puesto que hacemos lo mismo: "bloguear" [no sé si existe el término... igual lo empleamos, igual lo hacemos]), hay diversas tendencias de pensamiento, por supuesto, y claro está que no comparto todas, incluso a veces ninguna de ellas, pero el tiempo que he invertido (a menos que haya sido un desperdicio) en leer lo que otras personas escriben sobre el tema que se les antoje, me ha hecho reflexionar acerca de ciertas cosas:

Primero, que cada uno es libre de escribir lo que quiera (el agua azucarada de cada día... la encontré hoy o ayer o hace unos días...). Pero con responsabilidad (esto ya es agregado mío). No me parece correcto (y para mí este término no es tan ambiguo como lo contempla el postmodernismo) que alguien escriba sin poner la cara o, al menos, afrontar el peso que implican sus argumentos.

Segundo, que digan lo que digan quienes lo digan, para mí esta libertad no es el fruto de luchas, gestas, justas, conflictos, bla, bla, bla... Llegamos a un punto del desarrollo histórico que ha alcanzado a todos, a nosotros, a aquellos, a quienes se les antoje, y la espada de dos filos que es la palabra nos está cortando a todos el pellejo. Libertad relativa, libertad falsa, libertinaje carajo (porque eso me parece que puede llegar a ser), libertad de pacotilla, de anónimo, de más blas... pero libertad y qué. Quien quiera que escriba lo que quiera porque puede, no le debe a ninguno y a sí mismo más que la responsabilidad de lo que diga, al final después de tanto romanticismo, panfletería, idealismo, materialismo, irresponsabilidad liberal, autoritarismo partidista; al final, el precio de la libertad me parece que se resume en una palabra: responsabilidad.

Tercero, claro que pienso que Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz Guzmán han sido los mejores presidentes que ha tenido Guatemala. Ambos tienen colas que les pisen, pues nadie es perfecto (mas no seré yo quien apunte aquí sus defectos, ya con los míos citados en mis narraciones tiene bastante este blog; además, mi intención es elogiarlos), pero así y todo han sido los mejores. Esto no tiene nada que ver con mis observaciones de la llamada blogósfera, pero quería escribirlo antes de que se me olvidara.

Cuarto, nada es tan claro como parece y, definitivamente, nada es estático. He cambiado de opinión no sé cuántas veces en este año. No en lo esencial, pero sí en ciertos aspectos formales. En ocasiones, es necesario mantener la mente abierta y un pensamiento flexible, dos cosas muy difíciles.

Quinto, reitero, no me interesa pertenecer a ninguna clase de grupo social con fines de lo que sea, no creo en los colectivos (no creo porque he visto, soy un descreído por experiencia), no soy partidario de ninguna persona, ni de mí mismo que yo sepa. No puedo creer que haya sujetos que crean, que esperan que uno sea parte de su colmena, que piense como ellos (¿acaso no soy claro en cuanto al hecho que he aprendido que las apariencias engañan y que las ideas evolucionan? Por cierto que tampoco espero que alguien piense como yo), en serio que si llego a pensar como alguien o a compartir su idea ("ideas" ya no suena utópico sino imposible), será una coincidencia, una situación efímera, una curiosidad, algo bien simpático, una rareza (ídem si alguien pensara como yo). No me es posible defender lo indefendible, no lo hecho conmigo mismo, es absurdo esperar que lo haga por alguien más. Además, según mi criterio, salvo los niños, cada persona es responsable de lo que hace (somos responsables, kimosabi).

El segundo punto es muy parecido al primero, pero es que quería dejar clara mi opinión (o será que como siempre estoy divagando...). En el segundo, cuando escribo que para mí esta libertad no es el fruto de luchas, si hiciera una excepción ésta sería en cuanto a la revolución del 20 de octubre de 1944, ya que se abrió un espacio democrático que hasta entonces no había existido (aún cuando no era total, ¿cuándo lo es, a fin de cuentas? En la época de Arévalo se cerró la Escuela Claridad). Sin embargo, esa libertad se perdió, ciertamente, con la caída de Arbenz en 1954 (acerca de la cual no quise escribir el pasado 27 de junio, y definitivamente no lo voy a hacer ahora).


Imagen: http://www.lexenesis.com/lexenesis/Paginas/historia/junta2.htm (por sugerencia indirecta de mi padre, coloco una fotografía con la Junta Revolucionaria de Gobierno, Capitán Jacobo Arbenz Guzmán, Ciudadano Jorge Toriello Garrido, Mayor Francisco Javier Arana).

viernes, 17 de octubre de 2008

capítulo cero: vomitado (un cc que debería de ser un paréntesis... íbamos tan bien con la racha cómica, pero volvemos a la comedia trágica)

"¿Por qué ha de ser mi alma como un trapo manchado que debe descartarse? Parece que no hubiera forma alguna de limpiarla.

Cada experiencia, cada acción que he realizado, parece dejar una marca en mí (... sí, lo sé, estoy parafraseando a 'El retrato de Dorian Gray' [y al catecismo que usaba cuando niño], nunca hubiera imaginado que fuera esta metáfora la que mejor explicara mi situación, ¿por qué serán mis 'prójimos' quienes, a fin de cuentas, parecen juzgarme con más dureza? ¿o seré yo? ¿o todos?), y esas cicatrices (cual 'marca de Caín', como lo planteara Hesse) me vuelven una especie de paria, de desecho, en cuanto a ciertas relaciones sociales (dicen que la basura de unos es el tesoro de otros...).

Atrás ha quedado la adolescencia fisiológica, porque el tiempo pasa, y no en vano, pero parece que este pesar del jovencito que fui no ha terminado con el final de mi primera juventud. Sigue doliendo; y ahora más todavía. A los pesares imaginarios se sumaron estos, completamente reales, de mis decisiones y omisiones de adulto inexperto.

Aún, no puedo renegar de mis decisiones, porque no quiero hacerlo, los resultados de mis acciones son una extensión de mí, hasta son parte de mí y yo parte de ellos.

De repente me siento usado, drenado y devuelto como mercancía dañada.

Me han mordido, masticado, saboreado, mal digerido...

Ahora sé cuál es el término que sigue: vomitado."

lunes, 13 de octubre de 2008

Paréntesis: La guerra de los petos



Hace poco, poco tiempo, en una galaxia muy, muy cercana...

Episodio VII: El duelo de Peto y Ulqui (los Bilis)


El país se encuentra en un caos total (¡qué raro! Y por cierto, no tiene nada que ver con esta historieta; al menos específicamente), naves vuelan desde sus bases (llamémosles Bu-rras X). Algunos individuos han decidido rebelarse (sin causa, a lo mejor) contra el imperialismo editorial, y empiezan a publicar electrónicamente.

Al momento, Peto Eros-Bilis estudia con su maestro, Chomps Flammer, las artes de la orden del Yenais en el uso de la Fomería. Ulqui Eris-Bilis ha tomado como rehén a la Princesa Helhgie (quien, si he de decir la verdad, no volverá a ser mencionada en este post). Han comenzado a realizarse extraños experimentos que cambiarán el destino de todos nuestros protagonistas...

...


Master Chomps, quien es el Flammer más nais (sic) de por acá, tiene fe en que el joven Peto domine la Fomería y pueda derrotar al señor oscuro Ulqui Eris-Bilis, quien alguna vez también fuera alumno de Chomps.

Cuando van a visitar al anciano maestro Yodo al planeta Da-hueva, éste le dice a Flammer que ha llegado el momento de poner a prueba al joven pádaguan (sic) en el Hoyo Mágico.

El maestro Yodo instruye al joven Peto acerca de lo que está a punto de enfrentar: su mayor temor. Al entrar en el hoyo, completamente solo, Peto siente miedo; a cuatro metros de distancia ve acercándose a Ulqui Eris-Bilis, su enemigo mortal. Sin pensarlo dos veces, desenvaina su machete de luz y se traba en implacable combate con su rival, ambos guerreros se asestan terribles golpes. Peto, al darle un fuerte tajo en el casco, deja al descubierto el rostro de Ulqui, y se da cuenta con horror que es exactamente idéntico al suyo: Peto y Ulqui son como gemelos... ¡no! ¡es peor! ¡son clones!

“Y Vds. no son sino los primeros.” Les explica Yodo, con frialdad, apareciendo de repente. Pero ya no se parece a Yodo, ahora es más bien otro ser muy parecido a ellos: el narrador.

“Vamos a seguir clonándonos indefinidamente.” Les dice a Peto y Ulqui, “así que será mejor que se preparen, porque si bien ahora estaban enfrascados en un duelo, pronto vendrá...
la guerra de los petos...”

...


Imagen: La presente parodia es un intento por explicar la imagen que ilustra este post, diseñada por Chomps Flammer (también conocido en el lado oscuro de la Fomería como Ponch Pañagua). Gracias, Luisito, y sigamos haciendo cosas fomes.

jueves, 9 de octubre de 2008

Paréntesis: Hay noches como ésta


Hay noches como la anterior, en las cuales uno se siente feliz. Es para mí motivo de alegría ver el reconocimiento hacia la obra de uno de los artistas más polifacéticos de Guatemala, el maestro Enrique Anleu Díaz.

Quienes asistimos anoche a la gran sala del Teatro Nacional, Centro Cultural Miguel Ángel Asturias, nos encontramos con una sorpresa anunciada (paradójicos andamos), puesto que sabíamos acerca del estreno de la quinta sinfonía del maestro Anleu Díaz, pero descubrimos una obra completamente original (claro es, con el sello distintivo de su autor).

Me parece que fue en el tercer movimiento (vivace) cuando la obra capturó la emoción de todos y logró transportarnos por las sendas del atonalismo. Y es que, si bien es difícil estrenar una obra cualquiera, cuando se trata de las corrientes contemporáneas se aprecia una mayor resistencia del público. Y la quinta sinfonía no solamente superó la resistencia sino que nos llevó a un estado de alegría colectiva en el cual fue, para nosotros, un gusto aplaudir con fuerza el talento y trabajo de uno de nuestros grandes compositores contemporáneos.

Fue una velada arriesgada. Se nos propuso escuchar obras inéditas, como la mencionada quinta sinfonía, y algunas otras que habían quedado postergadas (desde los años '70, según mencionó el maestro Anleu) como el "Preludio y Muerte de Amor (de Isolda)" de Tristán e Isolda de Wagner. Además, un interesante arreglo del tango "El firulete" de Carli, realizado por el mismo maestro Anleu, para ser tocado por la sección de vientos de nuestra Orquesta Sinfónica Nacional. Esto último resultó en una audición fuera de lo común, puesto que nos encontramos de pronto ante una banda de aerófonos, con una obra bastante movida. Me parece que el experimento debería de ser fomentado, es algo a lo que no estamos acostumbrados y llama bastante la atención.

Espero que pronto contemos con una reseña apropiada de la obra estrenada.




Paréntesis: Peto Programático II

Como ya me gustó esto de ponerle música a los posts ahora he añadido una pieza musical (vocal, instrumental, miscelánea y/o hasta experimental) por cada una de las entradas de Las aventuras de Petoulqui. Será tarea de Vds., benévolos lectores, el decidir si las piezas se ajustan adecuadamente al contenido de lo escrito.

La pieza que ha de acompañar este post es "En el Salón del Rey de la Montaña" de Peer Gynt, Suite No. 1 Op. 46, de Edvard Grieg. Y si alguien se preguntara porqué he escogido esta composición para acompañar el presente paréntesis, la respuesta es muy simple, porque a mí me gusta. No hay otra razón en particular en este caso. Sin embargo, en cuanto a los anteriores posts sí quise establecer una relación entre música y literatura (ídem con los posteriores). Vosotros diréis vuestro parecer al respecto.

La lista es la siguiente:

Paréntesis: Hay noches como ésta; Preludio y Muerte de Isolda de Tristán e Isolda de Richard Wagner.
Paréntesis: Peto Programático II; En el salón del Rey de la Montaña de Edvard Grieg.
Capítulo Vigesimosexto: La Gnosienne número uno; Gnosienne número uno de Erik Satie.
Cuento Original: La Luciérnaga y continuación; Como un Lobo de Miguel Bosé con la Bimba Bosé.
Capítulo Cero: El Poser; Pose de Daddy Yankee.
Paréntesis: No hay ladrón que por bien no venga; Pink Panther tv theme de Henry Mancini.
Capítulo Vigesimoquinto: El regreso de Trucutú (y ahora con una historia de espantos); Ghostbusters de Ray Parker Jr.
Paréntesis: Los funerales de las flores; Funeral March de Chopin.
Paréntesis: Para Anito o "Anonimo (sic) strikes ba... paréntesis; Caca, culo, pedo, pis de Los Punkitos
Capítulo cero: la condición petoulquiana; Twilight Zone tv theme de Marius Constant.
Paréntesis: El Civismo; Mi bella Guatemala de Germán Alcántara.
Cuento Original: Jazzman; Lover Man de Charlie Parker.
Capítulo vigesimocuarto: el cafetín chino, el reggaeman y el rugido de un león; Is this love de Bob Marley.
Paréntesis: Y hay veces que hasta Petoulqui se queda sin habla; Superman theme de John Williams.
Capítulo cero: opinión indefinida pero clara; Drumline de Notre Dame Band.
Capítulo vigesimotercero: el día en que Petoulqui se quedó sin voz; Spiderman tv theme de Paul Francis Webster y Bob Harris.
Capítulo vigesimosegundo: el largo camino a casa o la senda del perdedor; Loser de Beck.
Flor de blog flor de blog; Marcha Triunfal de Aida de Giuseppe Verdi.
Cuento Original: El trueno cuento original; Truenos.
Cuento Original: El Charamilero; Llegó borracho el Borracho de José Alfredo Jiménez.
Cuento Original: Ari y Ati; Mars, The bringer of the War de Gustav Holst.
Cuento Original: Sihana; Clair de Lune de Achille Claude Debussy.
Cuento Original: Sunday; I can see clearly now de Johnny Nash.
Cuento Original: Saturnino y la marca de los quince minutos; Clocks de Coldplay.
Cuento Original: "Dónde, ¿dónde habré dejado el Fuego?"; Light my fire de The Doors. Capítulo vigesimoprimero: "¿Por qué no habré leído el libro octavo hace ocho años?"; Hasta Siempre de Carlos Puebla.
Capítulo vigésimo: sólo sé que nada sé; Final de El holandés errante de Richard Wagner.
Capítulo decimonoveno: viajando por el mundo de las ideas; Panis Angelicus de Cesar Franck.
Capítulo decimoctavo: "¿quién dijo sofista...?"; Coro de los esclavos hebreos de Giuseppe Verdi.
Capítulo cero: la condición petoulquiana; Lone Wolf de Masato Kouda.
Capítulo decimoséptimo: la petoúlquina amarilla; Drume Negrita de Eliseo Grenet, y con una magnífica interpretación de Bola de Nieve.
Capítulo decimosexto: ¿qué es un emo?; Emo de Blink 182.
Paréntesis: Acerca de lo anónimo; Romance de autor anónimo.
Cuento Original: El Chino; Tema de Enter the Dragon de Lalo Schifrin.
Capítulo decimoquinto: el petoulqui de julio; Charade de Henry Mancini.
Capítulo 7, "el capítulo perdido": el julio de petoulqui; Desaparecido de Manu Chao.
Paréntesis: Día del maestro; School of Rock de School of Rock Soundtrack.
Paréntesis: La orquesta nacional de clarinetes; Super Mario Bros. de Koji Kondo.
Capítulo cero: el ulqui de peto; Surfin´bird de The Trashmen.
Paréntesis: La música electroacústica y los niños; Kurzwellen de Karlheinz Stockhausen.
Capítulo decimocuarto: el ratero; Overtura de la Urraca Ladrona de Rossini.
Capítulo decimotercero: el compadre (y la violeta...); Tú me haces falta de Eddie Santiago.
Capítulo duodécimo: y cuando llegamos, el dinosaurio estaba ahí; Rock me, Dr. Zaius de The Simpsons.
Cuento Original: Las Paredes de Leonel; Así habló Zaratustra de Richard Strauss.
Paréntesis: Las artes muertas; Sound of Silence de Simon and Garfunkel.
Capítulo undécimo: en tiempos de maricastaña; Como un duende de Alux Nahual.
Capítulo décimo: en guatemala, la muerte viaja en el transporte urbano... y Trucutú maneja; La Cabalgata de las Valkirias de Richard Wagner.
Capítulo cero: yo soy yo; Labyrinth de The Cure.
Capítulo noveno: alicia en el callejón de las maravillas; Red Pill, Blue Pill de Junkie XI y Don Davis.
Capítulo cero: petoulqui soy yo y yo soy petoulqui; Mirror Mirror de Stevie Nicks.
Paréntesis: Porque no cualquiera toca una Mazurka; Mazurka en Si bemol Mayor de Chopin.
Porque el público lo ha demandado... El Final Alternativo de Comida para ratones; Overture de Bernard Hermann.
Paréntesis: De los diáfanos dedos de los ángeles... y demás cucharaditas de azúcar refinada; Tie a yellow ribbon round the old oak tree de Tony Orlando & Dawn.
Cuento Original: Comida para ratones; Mouse in the house de Eek a mouse.
Capítulo cero: la condición petoulquiana; La Guitarra de Los auténticos decadentes.
Paréntesis: ¿Qué es lo que hace bueno a un libro?; The Neverending Story de Limahl.
Capítulo octavo: la visita de l'etranger; Sonata para piano, op. 1, de Alban Berg.
Capítulo cero: de cómo apareció el tal petoulqui; Amanecer de Edvard Grieg.
Capítulo sexto: las petunias; Vals de las flores de Peter Ilyich Tchaikovsky.
Capítulo quinto: perro muerto; Quinto movimiento, Canción de una noche de Sabbat, de la Sinfonía Fantástica de Hector Berlioz.
Cuento Original: El Borracho; Viejo ebrio y perdido de Él mató a un policía.
Cuento Original: La Calle; Primer movimiento de la octava sinfonía, Inconclusa, de Franz Schubert.
Cuento Original: Ciclo de Clonación: Completo; The day the earth stood still de Bernard Hermann.
... helhgie ...; Canción de Solveig de Edvard Grieg.
Capítulo cuarto: el waltz de mephisto; Capricho No. 24 de Niccoló Paganini.
Cuento Original: Guate goma; Sr. Cobranza de Bersuit Vergarabat.
Capítulo tercero: el chino inexpresivo; All along the watch tower de Jimmy Hendrix.
Capítulo segundo: las reminiscencias del pasado o Fiesta de Pájaros; Fiesta de Pájaros de Jesús Castillo.
Paréntesis: Día de la Marimba; El ferrocarril de los Altos de Domingo Betancourt.
Capítulo primero: el nacimiento de petoulqui; Begin the beguine de Cole Porter.

Entonces, la mecánica sugerida sería la siguiente: haga click en el link del post que desee leer y luego, en el reproductor escoja la canción indicada.

Por cierto, se aceptan sugerencias para cambios (pero, en última instancia, la decisión del cambio depende del tal Petoulqui).

lunes, 6 de octubre de 2008

Paréntesis: Peto Programático

Tomando en cuenta la sugerencia de mi estimado Luis: "Por cierto, que bueno que pusiste música en este tu blog que cada vez esta más fome, para la próxima un buen reggaeton para armar la fiesta." He decidido incluir piezas más adhoc a cada uno de los posts (al menos, hasta el paréntesis titulado "Los funerales de las flores").

Así, si Vd. lo desea, fino lector (o lectora refinada), puede acompañar su lectura con algo de música, que no es de fondo, puesto que más bien se pretende se convierta en parte integral de lo escrito. Digamos que es algo así como un licuado, o como ese pastel de chocolate que hace mi madre utilizando la masa y el "frosting" (betún, me parece que le llaman los que no cometen barbarismos ni anglicismos...) de caja, pero poniéndole su toque personal con un poco de ron y qué-sé-yo-qué-más.

La correspondencia entre piezas y posts es el siguiente:

  1. Capítulo Vigesimosexto: La Gnosienne número uno; con la Gnosienne número uno de Erik Satie.
  2. Cuento Original: La Luciérnaga y continuación; con Como un Lobo de Miguel Bosé con la Bimba Bosé.
  3. Capítulo Cero: El Poser; con Pose de Daddy Yankee, quien ahora se diversifica con un estilo tipo Justin Timberlake... (ésta se la dedico con todo cariño al Luisito).
  4. Paréntesis: No hay ladrón que por bien no venga; con Pink Panther tv theme (esta versión no la tengo entre mis archivos de audio, así que estará bueno tenerla dispuesta aquí en el blog).
  5. Capítulo Vigesimoquinto: El regreso de Trucutú (y ahora con una historia de espantos); con Ghostbusters.
  6. Paréntesis: Los funerales de las flores; con Funeral March de Chopin, en una versión que me pareció interesante.

Y si Vd. lo quiere así, mezcle las piezas para sentirse DJ, o bien si no le gustan en absoluto (como me ha pasado a mí en otros blogs) deténgalas por completo y regrese al silencio petoulquiano.

A lo mejor esto vuelve el blog menos fome, o quizás lo haga más fome (aquí debiera insertar una risita burlona), sea como sea hay que experimentar.

domingo, 5 de octubre de 2008

capítulo vigesimosexto: la gnosienne número uno


Está sonando la Gnosienne número 1 de Erik Satie.

Es porque estoy pensando otra vez en la Violeta (a lo mejor podría evitarlo, pero no quiero hacerlo. No. Quiero pensar en ella. Y no hay otra cosa que me haga recordarla como la Gnosienne número 1).

Fue en el año 2006 que escuché esta obra por primera vez y hoy, al terminar de descargar las piezas orquestadas de Erik Satie, me encontré con que una de ellas era la Gnosienne 1; recuerdo que ella, la Violeta, me dijo que esa obra le gustaba. Estábamos comiendo y escuchábamos el CD que yo le había regalado, era "Lo mejor de Erik Satie", interpretado por Klara Körmendi. Habían sonado ya las "Troi Gymnopédie" (nunca he sabido cómo se pronuncia Gymnopédie), que ella ya conocía, y de repente comenzó esa cadencia pausada, morosa, tristemente seductora de la primera Gnosienne, le pregunté si le gustaba y ella me respondió que sí, con la voz y con un gesto que no puedo recordar exactamente, que no puedo definir, pero que me aprieta en el corazón al evocarlo. Si bien, la pieza ya tenía una cierta importancia para mí, a partir de entonces se convirtió en una de mis imprescindibles.

Cuando escuché por vez primera el Claro de Luna de Achille-Claude Debussy (no, no la primera vez que lo oí, porque esa ocasión fue en La Carabina de Ambrosio como fondo para una de esas declamaciones paródicas que representaba Alejandro Suárez) fue en Siete años en el Tibet. Y me tomó años para saber más acerca de la obrita.

Conocer a Debussy, conocerlo de verdad, fue para mí impresionante (¿o debería decir "impresionista"?), pero cuando me topé, gracias a la Ana, con la Gymnopédie número 1 de Satie, y posteriormente al conocer a este ejemplar de bohemio más detenidamente, qué puedo decir... ya ni recuerdo cómo lo expresaba antes, Satie causó una revolución en mí.

Fernando Palacios, lo expresó más o menos así: "Satie fue el compositor que hizo más con menor cantidad de recursos".

Es un compositor con quien uno (o sea, un servidor) puede identificarse. En cuanto a la carencia de recursos técnicos, quiero decir, porque, por otra parte, su talento sí es incomparable.

Satie, el bohemio auténtico. Satie, el piano man. Satie, el simpático. Satie, el primo pobre de Debussy (no eran parientes, solamente es un decir, es que hay quien escribió que verlos juntos era como ver cuando se reunían el primo rico, Debussy, y el pobre, Satie; eran tan diferentes, pero parecían llevarse tan bien).

Y cuando descubrí a Satie, quise compartirlo con ella, con la Violeta. Y muchas cosas fallaron, lo sé. Muchas cosas se marchitaron (pero nunca la Violeta, ella no), muchas cosas cambiaron y otras nunca fueron como yo pensaba. Pero, esa afirmación suya, acerca de la Gnosienne, esa coincidencia (que no es cosa del otro mundo, ciertamente) en cuanto a que nos gustara a ambos, eso está bien, eso está en paz, sigue ahí, perdura.

La música modernista (reino de Debussy, en la cual hay un hechicero de barbita blanca, llamado Erik, que encanta a todos con la venia del monarca) es (según apuntaba Lainfiesta): "nostálgica, con hálito de paraíso perdido." Yo añado que evoca atmósferas fantásticas, lugares lejanos e inexistentes, hasta los dominios de lo imposible.

Imposible como mi amor por la Violeta, que ahora duele dulcemente.



jueves, 2 de octubre de 2008

Cuento Original: La Luciérnaga y yo (Segunda parte del micro-cuento para Lucía Mendoza)

“Y, ¿quién sos vos?”

Esta pregunta me ha intrigado desde que tengo conciencia de mí mismo, ¿quién soy yo?

Es, quizás, la interrogante más difícil con la cual me he encontrado; no he podido darle una respuesta satisfactoria.

Por lo que he encontrado en mis lecturas, he decidido ir eliminando de la noción de mí mismo aquello que no soy.

Así, no soy un caballero (en el sentido amplio de la palabra), ni un científico, ni un revolucionario, mucho menos un religioso o un militar.

Y con el paso del tiempo creo que lo que más soy de lo que creo que puedo ser es un maestro y un juglar.

“Y, quién sos vos, Julio?” Me preguntó Lucía.

“Pues, yo tampoco sé quién soy.” Le respondí.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Cuento Original: La Luciérnaga (Un micro-cuento para Lucía Mendoza)


“¿Quién sos, Lucía?”

Claro que yo sabía que Lucía era Lucía, pero me preguntaba de todas maneras, ¿quién es Lucía?

Es decir, más allá de su nombre y de lo que veía, más allá de lo que percibía, incluso más allá de mis presunciones, yo quería saber quién era Lucía.

“¿Quién sos, Lucía?” Le pregunté.

“Ni yo misma lo sé.” Me respondió.

Concluí que con el tiempo llegaría a saber quién era ella; realmente me pareció muy tonta mi curiosidad por saber quién era ella de improviso: cualquier respuesta definitiva sería muy sosa ante tal pregunta, y por ende ésta se convertiría en una cuestión vulgar.

Su respuesta, “No lo sé”, fue satisfactoria no porque me respondiera inmediatamente la incertidumbre que constituía quién era Lucía, sino porque me abría la puerta a la posibilidad de averiguarlo de una manera morosa y constante.

Su respuesta fue la solución correcta para lo que yo considero una pregunta correcta. Una respuesta correcta, inmediata, finita.

La respuesta iba a cambiar cada día; sin embargo, no sería Lucía quien me la diera de ahora en más, esa respuesta la iba a encontrar en la Lucía de cada día, de cada hora, de cada segundo… Sería una luz intermitente…brillo y oscuridad alternándose… el resplandor de una luciérnaga.


Imagen: fotografía de una creación de Lucía Mendoza.