domingo, 6 de abril de 2008

capítulo quinto: perro muerto


Este relato lo dedico a Oswaldo J. Hernández, fuente de inspiración. Y reconozco la influencia directa e indirecta de su artículo El Niño Abimael, publicado en La Virtual Alteridad.
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Petoulqui camina por la semidesierta universidad de San Carlos en un día domingo, sufriendo las inclemencias de un sol de pasado meridiano, siente sed, agotamiento; cada paso es más difícil que el anterior, se siente enfermo. El resfriado no le sienta bien.

Y mientras sigue su caminata tratando de alcanzar esa lejana parada de autobús que lo lleve de vuelta a su entorno natural, eso es la zona 1, recuerda cuando recorría a pie, cada tres días, el kilómetro que separa el puente ese de Amatitlán hasta la Ceiba que está justo antes de una gasolinera.

También hacía calor a veces, pero en esa época se sentía más vigoroso.

Ahora bien, lo fundamental de ese recuerdo es la imagen, con todo y olor, del cadáver de un perro al lado del camino. Es difícil olvidar esa clase de cosas, especialmente el olor. Petoulqui conoce el olor de la muerte, la primera vez lo percibió en la morgue del organismo judicial para aquella jornada de Medicina Forense. Quizás esa fue la primera vez que se dio cuenta de que un cadáver puede ser como una máquina inservible que se desarma. Sus concepciones de la vida y la muerte cambiaron ese día.

Pero, no hay que subestimar lo del perro, aún cuando pasó unos años después, el perro muerto le enseñó a Petoulqui, de una manera empírica, lo que es el proceso de descomposición: primero, estaba el perro completo, con el cuerpo maltrecho, con los ojos salidos y la sangre coagulada, pero completo; luego, el cuero sobre los huesos; y finalmente, los huesos solos. Y la mayoría del tiempo percibió el olor, ese inconfundible olor macabro.

Cualquiera, al ver al perro en su descomposición podría pensar, "¿y eso es la vida?" No, eso es la muerte, al menos la muerte física, la decadencia.

Qué frágiles hilos separan a esos malolientes cuerpos en descomposición de los seres animados.

No es que Petoulqui se ponga sentimental, no. Simplemente leyó algo que le trajo un recuerdo, una reminiscencia de la triunfante danza macabra...

Bueno, a lo mejor Petoulqui sí se puso algo sentimental, pero sólo un poco...

5 comentarios:

Monica dijo...

Pero la descomposición, esa decadencia de la que hablás, no comienza con la muerte. Comienza en algún punto temprano de la vida, y se acrecenta cada día más... esa descomposición, la del perro, es la más inofensiva, la natural, la física, esa a la que todos nos dirigimos.

lusifergua dijo...

Yo opino lo mismo. Por cierto, qué bien redactado Monica, y qué casualidad que tu comentario lo hiciste un minuto antes que el mío ¿verdad?

Oswaldo J. Hernández dijo...

Y Encotramos la alterdiad de un Perro. la alteridad ánonima de su muerte.

Saludos.

elcuervolopez dijo...

¿Novela por entregas?

ESTUARDO dijo...

Recuerdo la historia del perro muerto, con cada dia que recorrias ese camino notabas que desaparecia un pedacito del pobre animalito o debo decir afortunado, ya que la muerte es una liberación.