miércoles, 8 de junio de 2016

sin clasificar no.1: que

"Que no quiero verla", decía Lorca. Pero Daniel nos dice, ni 
Que fuera Quevedo para comenzar con 
Que.

"Qué queísmos", escribí una vez
Que quería decir 
Que estaba abusando del 
Que.

"Queque", decimos para ser bárbaros sin serlo ya
Que somos lo 
Que no queremos y queremos ser lo 
Que no somos.

martes, 31 de mayo de 2016

cuento no original: Raquel y Vidas

"Pero, ¿qué has hecho, Vidas? ¿por qué lo hiciste? Ahora, ¿cómo podremos explicarle este desastre al Cid?", preguntaba angustiado Raquel.

Vidas no sabía cómo responderle, aun cuando cada pregunta tenía, por lo menos, una respuesta simple.

La primera respuesta: Vidas había abierto una de las arcas que Martín Antolínez les dejara empeñadas a cambio del dinero que le prestaran al Cid Campeador.

La segunda respuesta: (podrá parecer un tanto obvio...) Vidas abrió el arca porque ya no pudo resistir la curiosidad; decididamente, quería saber qué tesoros estaban escondidos dentro. Pero, cual caja de Pandora truncada, Vidas se encontró con que esa arca guardaba todas las desgracias del Mundo... y ninguna esperanza. A menos que la arena pudiera convertirse en oro, plata y piedras preciosas.

Al abrir el arca y encontrarse con la arena, Vidas perdió toda esperanza. Ya podía visualizarse a sí mismo, junto a Raquel, sufriendo alguna clase de infamante tortura, pereciendo en alguna forma de muerte horrible o, peor aún, teniendo que perdonar la deuda que el Cid había contraído para alimentar a sus vasallos. Y esto último, la condonación de la deuda, era, quizás, la posibilidad más chocante. Perdonar una deuda era un contrasentido. ¿Qué pasaría si todas las deudas se perdonaran? Esto era imposible por una cuestión de principio.

Ahora bien, la tercera pregunta era la más complicada de responder. Desde luego que para ésta también la respuesta podía ser simple: le dirían la verdad. Vidas rompiendo el solemne juramento que habían pronunciado, abrió una de las arcas del Cid y se encontró con un montón de arena, en vez de los tesoros que el arca encerraba. 

Era obvio lo que había sucedido...

Vidas había conseguido, por su falta de constancia, atraer sobre sí este escarmiento. Literalmente, los tesoros se le hicieron como arena entre los dedos. Al contrario del mítico Rey Midas, quien obtuvo el toque del oro, Vidas había obtenido el toque de la ruina.

Sin embargo, su mente concibió un plan. Lo que harían sería cerrar el arca y sellarla nuevamente, y la entregarían así al Cid. Si la bajeza de Vidas había tornado la riqueza en ruina, la nobleza del nacido en buena hora retornaría la ruina en riqueza.

Al escuchar el plan de Vidas, Raquel pensó que era aún peor que el romper el juramento. ¿Quién sería capaz de acción tan vil como entregar un arca llena de arena haciéndola pasar por un tesoro?

Pero, Vidas insistió en que no sería un embuste, porque la arena era tal únicamente como castigo por la falta, pero una vez en poder de su dueño, tornaría a su forma anterior.

Raquel se encontró ante una reflexión personal bastante extraña, "la arena, antes ha sido tesoro; ahora volverá a su forma de tesoro. ¿Cuál es, entonces, su materia constante?"

...

- ¿Y qué pasó al final?
- Me creerás que ya no recuerdo, es que hace mucho tiempo que leí el Poema de Mio Cid. Y no tengo idea si en algún momento vuelven a hacerse mención de los prestamistas...


martes, 26 de abril de 2016

cita petoulquiana: zombis

"Estar vivo es crecer, desarrollarse, responder; estar muerto (aun cuando uno esté biológicamente vivo) significa dejar de crecer, fosilizarse, hacerse una cosa. Muchas personas no afrontan nunca la clara alternativa entre los valores de la vida y los valores de la muerte, y por eso no viven en ninguno de los dos mundos, o se convierten en ´zombis´, cuyos cuerpos están vivos y cuyas almas están muertas. Elegir la vida es la condición necesaria para el amor, la libertad, y la verdad."

Fromm, Erich. Y seréis como dioses. Editorial Paidos. Sin número de edición. Buenos Aires, 1967. p.p. 158-159.

sábado, 2 de abril de 2016

Poema XV: Hunahpú

No puedo verte Hunahpú
Hoy estás invisible

El horizonte está luminoso
Pero no claro
Y vos estás detrás de esa pared de luz

Dónde estás Hunahpú
Seguís dormido
En tu cama de luz
Cubierto con tu sábana de nubes

...

Y ahora,
Poco a poco te levantás,
Apenas sacás la cabeza de tu nebulosa frazada,
Pero te vence el sueño
Y volvés a taparte.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Paréntesis: Sin palabras...

Y es que, paradójicamente,algo que me ha hecho romper el silencio de meses, debe ser impresionante (al menos, para mí). 

Cito y parafraseo: Julio Cortázar dice que un amigo suyo le hizo llegar un ejemplar de Fantomas y, si recuerdo bien, le decía medio en broma que un escritor ha alcanzado la celebridad mundial cuando es retratado como personaje de cómic:




Para quien esté interesado en conocer la verdadera historia contada por Cortázar, aquí está el video de su entrevista en el programa de Radio TVE "A Fondo", en el cual fue entrevistado por Joaquín Soler Serrano (Recomiendo verla completa pero, para quien no tiene tiempo, puede ir en el cronómetro a 
1: 38: 55): 



Y otro interesante enlace para quien quiera leer más de "Fantomas contra los vampiros multinacionales" de Julio Cortázar:

http://biblio3.url.edu.gt/Libros/Cortazar/fantomas.pdf


Imagen tomada de: http://www.literaberinto.com/cortazar/24.gif


sábado, 18 de julio de 2015

cita petoulquiana: si ayer su paso no fue feliz, ¿qué tal hoy?

Vampiros y castillos. Su paso por la literatura no ha sido feliz; recordemos a Drácula de Bram Stoker (presidente de la Sociedad Filosófica y campeón de atletismo de la universidad de Dublín),  a Mrs. Amworth, de Benson. No figuran en esta antología.

(En 1940, Adolfo Bioy Casares escribió lo anterior en el prólogo de la Antología de la literatura fantástica que armaron con Borges y Silvina Ocampo. Imagínense si hubiera conocido a Los Cullen. O quizás Bioy tenía la visión de Casandra y nadie lo escuchó, y ya ven lo que ha pasado)

Borges, Jorge Luis. Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. Antología de la literatura fantástica. Editorial Sudamericana. Duodécima edición. Buenos Aires, Argentina; 1996. p. 11

viernes, 26 de junio de 2015

capítulo octogésimo: ¿tiene tiempo para quedarse?

¿Tiene tiempo para quedarse?, preguntó ella. Sí, no tengo reloj, respondió él. Es que hacía unos días que había extraviado el teléfono celular, o se lo habían hurtado en el bus lleno de gente en el que viajaba; no estaba seguro. Seguía preguntándose si lo había dejado caer.

Y cuando ella le preguntó cuánto tiempo llevaba esperándola en aquella sala oscura y solitaria, él no supo responderlo, porque no lo sabía. 

Ya llevaba varios días con esa sensación rara de no saber la hora, algo difícil para quien siempre va tarde.

Y la espera en esa sala fue de lo más raro. Estaba y no estaba solo. 

Cuando la empleada doméstica, quien la primera vez no lo dejó entrar, en esta segunda ocasión lo guió a la sala y le ofreció algo de tomar (¿té o café?), él por supuesto pidió un café.

Al ser guiado a la sala, atravesó el corredor que iba de la puerta de entrada hasta la sala, pasando por el comedor y las gradas y, en la penumbra trató de decidir cuál era el sillón adecuado para sentarse a esperar. Optó por el de una plaza, junto a la chimenea (apagada), y notó que por ahí andaba un gato paseándose como por su casa, lo cual era natural puesto que lo era.

Ya sabía que no le gustaban los gatos, pero ahora comenzó a tomar más clara conciencia del porqué. Le parecía extraño que el animal ése se encontrara tan a sus anchas exactamente en un momento en el cual él, nuestro protagonista, el hombre acerca de quien escribo, se encontrara tan a sus estrechas. Su mente comenzó a elaborar un silogismo categórico:

  • Todos los escritores aman a los gatos.
  • Yo no amo a los gatos.
  • Conclusión: Yo no soy escritor.
Con lo mal elaborado que estaba el silogismo se le ocurrió que bien podía enunciar otras conclusiones, las cuales (por mal planteadas) fueran también erróneas; pero en la práctica, de ninguna manera falaces:

Conclusión A: Yo no soy un gato.
Conclusión B: Yo no amo a los gatos.
Conclusión C: Yo no amo a los escritores.
Conclusión D: Yo no escribo y por ello no amo a los gatos, que si los amara, entonces sí que escribiría. Y podría escribir que amo a los gatos y a los escritores, o podría amarlos, pero siempre escribiéndolo; que aquí hay dos requisitos incondicionales (¿o serán términos? ¿cómo es que les llamaban en la clase de lógica?): los gatos y escribir.

Llegó entonces a la conclusión no enumerada de que tenía que escribir.

Y entonces recordó el café que había pedido (ni que fuera cafetería para ordenarlo; qué autoritario puede ser esto de los cafés: ya habrá gestas revolucionarias y democratizantes), volvió la mirada al comedor, el cual estaba junto a la cocina, y lo vio, sentado a la mesa, frente a una laptop: otro hombre (qué Robinson Crusoe en su isla desierta, ni qué...).

Había estado sentado ahí, en la penumbra, todo el tiempo, mientras él, nuestro protagonista, atravesó el pasillo. Le pareció extraña la situación. Y lo primero que se le ocurrió, al verlo, fue acercarse a la mesa y saludarlo. Y así lo hizo.

Descendió las tres gradas que llevaban de la sala al corredor, y se acercó a la mesa y se presentó, y asimismo el otro. Tras esto, 
decidió volver a la sala, al sillón uniplaza. Porque educado podía ser, pero no excesivamente comunicativo. Además, el otro se veía ocupado. Y por último, también, porque tomó conciencia más clara de otra cosa: la necesidad de su propio espacio, de su propia soledad, de su propia libertad. No había venido a esta casa para hablar con un tipo desconocido (y, siendo honestos, no le interesaba cambiarlo a la categoría de "conocido"; más vale buen desconocido que mal conocido por conocer. Sin mencionar que a muchos malos conocidos sería bueno desconocerlos bien), ni con la empleada doméstica, ni menos aún con el gato.

Hablando del cual, andaba haciendo de las suyas. De las de un gato, pues. Brincando de un sillón al otro, dando muestras de un gran talento acrobático y crispándole los nervios a nuestro protagonista.

En éstas estaba cuando llegó la empleada doméstica con la taza de café y la azucarera y los colocó, claro, en la mesita para café. Con el café servido y tras un gracias y el sucesivo mutis de la mujer, nuestro protagonista decidió cambiar de sillón, reacomodando taza y azucarera, porque quería leer y la penumbra sólo se interrumpía cerca de una ventana que daba al jardín.

El gato se acercó a las piernas de nuestro protagonista, esperando la obligada caricia, que no se dio; en vista de lo cual, se subió a sus piernas para aumentar la presión, pero ni así cedió nuestro héroe a las demandas de afecto gatuno.

Así, teníamos tres personajes: la empleada doméstica, en la cocina, preparando la cena, dejando constancia de su existencia por el sonido que producía cuando cortaba verduras con un cuchillo; el tipo desconocido, en el comedor, quien leía silenciosamente en la laptop; y el gato, quien no sólo manifestaba su existencia sino que exigía un no tan tácito reconocimiento acerca de ella.

Y yo, que soy nuestro protagonista, yo no me cuento como personaje, aun cuando lo sea. Yo me veo más como un observador vivencial. Tenía que interactuar con los personajes en esta casa en penumbra para ser poco más que un fantasma.

Entonces fue que entró ella, tarde como siempre, y me preguntó, ¿lleva esperando como media hora? ¿tiene tiempo para quedarse?