lunes, 2 de junio de 2008

capítulo duodécimo: y cuando llegamos, el dinosaurio estaba ahí



Hemos llegado a la tercera parte y final de esta trilogía sobre el transporte urbano en Guatemala.
En esta ocasión narro otra historia completamente verídica acerca de mis experiencias en cuanto a este servicio público/privado de la capital de nuestro país.

Una noche de la semana pasada llegamos a nuestro domicilio con mi hermano, esta vez no en una camioneta sino en el carro de él. Y nos encontramos con un monstruo mecánico obstruyendo parcialmente la puerta del garaje. Ante lo cual quisimos hacer las averiguaciones respectivas, y fuimos con el vecino y su hijo, quien es chófer, a preguntarle la causa de esta situación.

El vecino nos dijo literalmente, "Es que se jodió esta porquería." Nos dimos cuenta que, si queríamos que dejara de ser un estorbo, en algo tendríamos que ayudar.

Minutos después me daba cuenta, entre otras cosas, que habíamos dado un salto en la historia de nuestra querida humanidad, pues ya no estaba ante Trucutú, verán porqué. Además, reconozco que fue interesante vivir una experiencia más de nuestro "absurdo mágico" diario, "empujar una camioneta", lo cual, aún cuando parezca increíble en nuestro medio, nunca me había tocado hacerlo, y menos frente a mi propia casa.

Así, en un momento, nos encontramos empujando el armatoste ese, que no cedía ni un centímetro ante nuestras limitadas fuerzas. Por supuesto, el antiamigo chófer, estaba al volante. La idea era bajar la "camio" de la acera, donde la monta el muy estimado, y empujando entre tres, su padre, mi hermano y yo, repito, no lográbamos moverla.

Es en este punto del relato se hizo patente que, según el materialismo histórico (aún cuando preferiría llamarle "historico", para que sea prosa lírica, claro es) habíamos sufrido un tránsito de los cambios cuantitativos a los cualitativos porque, de haber estado hablando de trogloditas y la época de las cavernas, aparecimos mágica, o absurdamente, en la época del antiguo Egipto, un carácter ejemplar del esclavismo. Así, me sentí transportado a una película tipo Charlton Heston, específicamente "Los Diez Mandamientos", pero bien pudo ser "Ben Hur", o incluso "El Planeta de los Simios" (pero la original de 1968, no esa porquería que filmó Tim Burton), porque tenía ya fuera un capataz egipcio regañándome y apremiándome, "¡Con güevos!" según decía el chófer (aún cuando no entendía, en lo personal, de qué manera podía beneficiar usar las gónadas para un trabajo de esta naturaleza, o, ¿estaría haciendo referencia al huevo, sustento y protección del embrión...?, el caso es que no le pregunté), o para pasar directamente a la fantasía tipo Pierre Boulle, porque un gorila me había esclavizado.

Entonces me pregunté, "¿cuándo perdí mi libertad?" o bien, "¿en qué momento fui a pedir una plaza en Brochas, Inc.?", porque resultó que en ese momento era empleado del Gorila, quiero decir "el capataz".

Al final y con su ayuda, cosa que no le hizo la menor gracia, logramos bajar el chunche de la acera, pero entonces obstruía totalmente nuestra puerta de entrada. Ante lo cual, dijo él, "Por esto no la quería bajar..." y yo pensé, como buen pensador inexpresivo, "Por esto es que no me gusta que me estacionen un bus a la par de mi casa, y Emetra bien gracias, y el mono de oro mejor...".

De una manera sorpresiva, el bolo de la cuadra (y digo "el", artículo singular, pero son "los", un montón...), se ofreció a ayudarnos y logramos hacer retroceder la unidad de transporte, que dejó libre el paso. Y digo que me sorprendió porque nada nos cobró por la ayuda, no pidió un céntimo ni insinuó merecer recompensa alguna. Reconozco que la acción de este personaje anónimo, su auxilio desinteresado, me hizo recobrar la fe en el género humano, en general, y en él, en particular; creo porque he visto, no es fe ciega sino patente. Quiero decir, con todos los defectos que se le pudieran señalar, demostró no carecer de cierta buena voluntad.

Al final, por supuesto sin siquiera decirnos gracias (¿por qué? no era para nuestro beneficio, pues), el chófer se quedó en sus dominios, eso es, montado en su Godzilla.

Y nosotros, mi hermano y un servidor, nos entramos a la casa.


7 comentarios:

Anabea dijo...

No decir gracias por la ayuda recibida voluntariamente...
Bueno, quizá estaba apurado...pero como dicen: "dar gracias no cuesta nada"

;)

Petoulqui dijo...

No creo que estuviera apurado porque se quedó ahí, estacionado.

Pero gracias por el intento de conciliación, Anabea. A fin de cuentas es algo que nos hace falta por aquí.

Saludos,

Julio P.

lusifergua dijo...

Nada como tener un vecino camionetero, eso supera mi iglesia evangélica de enfrente.

Veo que seguís esperando las gracias, algún día te enseñaré a no hacerlo y te sentirás mejor;)

ESTUARDO dijo...

Buen petoulqui, vos mencionás en el cuento que era un gorila el chofer de la camioneta, bajo mi definición no es más que una subespecie de los pobres primates.

Luis dijo...

Te diré que entiendo tus penurias de vivir junto a un camionetero.
Cuando vivía en la zona 3, casi todas las camionetas que iban a Escuintla iban a tomar desayuno a un mercado que esta cerca y te digo que 10 camionetas a las 5 de la mañana no se lo deseo a nadie, especialmente un domingo.

claraq dijo...

Gracias por lograr una carcajada con su Brochas, Inc.
En serio que hay veces que uno no comprende cómo seres como los camioneteros pueden existir, pero de vez en cuando le permiten a uno contar una interesante historia, pero no por eso extraño montarme en ellas.

Petoulqui dijo...

Estimada claraq:

Me alegra leer que te produjo una carcajada lo de Brochas, Inc. Una vieja historia que causa nuevas risas no es tan vieja después de todo.

Saludos,

Peto