Desde que era niño, siempre me ha parecido fascinante el acto de desaparición. Claro es, cuando era niño, el acto de desaparición tenía una naturaleza distinta (para mí, en todo caso). Recuerdo una vez, en una fiesta infantil, presenciando cómo un mago hacía desaparecer a un niño dentro de una especie de armario para luego reaparecerlo. En esa ocasión me pregunté, "mientras no lo vimos, ¿adónde fue ese niño?". Parecerá una tontería pero todavía pienso al respecto; no acerca de adónde fue el niño, seguramente había una puerta secreta o algún otro truco, sino ¿adónde vamos cuando desaparecemos?
Ciertamente, a veces quisiera tener el poder no de desaparecer a otros sino de poder desaparecer yo.
miércoles, 16 de junio de 2010
capítulo cuadragésimonoveno: cuatro veces menos juicioso
Cuando a Peto le extrajeron la cordal inferior izquierda, el cirujano le explicó: "Tuvimos problemas para extraerla porque sus raíces estaban retorcidas y orientadas en direcciones opuestas."
"Eran raíces quiméricas." Pensó Peto; y no le extrañó, porque todo en él es sinuoso.
¿Sinuoso? Tortuoso sería quizás un sinónimo más apropiado por lo torturado de su espíritu melodramático.
Mientras le retiraban esa parte de él, la muela de la sabiduría (wisdom tooth, porque aparece con la "madurez", jaja) como le llaman los anglosajones, Peto no podía evitar pensar en lo frágiles que somos los humanos y cuán fácil es desbaratarnos y recordarnos nuestra material existencia. Así que le desprendían una parte de sí, reflexionaba en que él no era (no es) sino un montón de huesos, músculos, vísceras y nervios, una especie de máquina (¡¡¡¿extraordinaria?!!! ¿a quién se le ocurre?). Y como cualquier máquina podía (y puede) ser desmantelado y desechado. Fue imposible para Peto el no sentirse cosificado, puesto en su lugar en el universo (que conspira para nuestra felicidad).
Las cordales superiores fueron presa fácil del exodoncista (¿neologismo, o ya existe esta palabra?) lusiférgico. Tardó como quince minutos en sacar las dos.
Pero la inferior derecha, aún cuando tomó menos tiempo en salir, implicó una operación más traumática.
Al carajo, después de tres, una más ya no nos asombra tanto. Claro, las raíces de ésta eran tan sinuosas, tan tortuosas, tan quiméricas, que algo de eso debió dejar a Peto con los pedazos de calcio que se le desprendieron; pero no, sólo se fue un cuarto más de su juicio. La quimera sigue ahí, en la sima que quedó tras la excavación, tan profunda y pavorosa como el hoyo de la zona 2.
"Eran raíces quiméricas." Pensó Peto; y no le extrañó, porque todo en él es sinuoso.
¿Sinuoso? Tortuoso sería quizás un sinónimo más apropiado por lo torturado de su espíritu melodramático.
Mientras le retiraban esa parte de él, la muela de la sabiduría (wisdom tooth, porque aparece con la "madurez", jaja) como le llaman los anglosajones, Peto no podía evitar pensar en lo frágiles que somos los humanos y cuán fácil es desbaratarnos y recordarnos nuestra material existencia. Así que le desprendían una parte de sí, reflexionaba en que él no era (no es) sino un montón de huesos, músculos, vísceras y nervios, una especie de máquina (¡¡¡¿extraordinaria?!!! ¿a quién se le ocurre?). Y como cualquier máquina podía (y puede) ser desmantelado y desechado. Fue imposible para Peto el no sentirse cosificado, puesto en su lugar en el universo (que conspira para nuestra felicidad).
Las cordales superiores fueron presa fácil del exodoncista (¿neologismo, o ya existe esta palabra?) lusiférgico. Tardó como quince minutos en sacar las dos.
Pero la inferior derecha, aún cuando tomó menos tiempo en salir, implicó una operación más traumática.
Al carajo, después de tres, una más ya no nos asombra tanto. Claro, las raíces de ésta eran tan sinuosas, tan tortuosas, tan quiméricas, que algo de eso debió dejar a Peto con los pedazos de calcio que se le desprendieron; pero no, sólo se fue un cuarto más de su juicio. La quimera sigue ahí, en la sima que quedó tras la excavación, tan profunda y pavorosa como el hoyo de la zona 2.
Paréntesis: Ya no sé ni cómo se escribe un paréntesis
Resulta que después de tanto tiempo sin escribir, comienzo a olvidar cómo hacerlo. Sin embargo, como dice el viejo refrán (¿o será proverbio... o quién sabe?) "lo que bien se aprende nunca se olvida". Y los viejos vicios son difíciles de matar (o como se diga).
Así que, me parece que lo adecuado es volver a escribir, tanto como pueda, aún cuando siempre me ha importado más la calidad que la cantidad. Mas, en ausencia de ambas lo que procede es hacer algo, y ver qué sale.
Algunos cambios: Adiós al Petoulqui Acústico (esa aplicación disfuncional como yo, con una lista de piezas musicales varias que ya no suenan porque no su reproducción no está disponible aquí en Guatemala); y una nueva plantilla para el blog.
Así que, me parece que lo adecuado es volver a escribir, tanto como pueda, aún cuando siempre me ha importado más la calidad que la cantidad. Mas, en ausencia de ambas lo que procede es hacer algo, y ver qué sale.
Algunos cambios: Adiós al Petoulqui Acústico (esa aplicación disfuncional como yo, con una lista de piezas musicales varias que ya no suenan porque no su reproducción no está disponible aquí en Guatemala); y una nueva plantilla para el blog.
domingo, 30 de mayo de 2010
cita petoulquiana: amistad
"Pensaba en aquella mona domesticada, tan amiga de los hombres, que jugaba con ellos, comía con ellos, pero que un día reconoció en el asado, presentado en una fuente, a un hijito suyo, lo cogió apresuradamente, se fue corriendo con él al bosque, y no volvió a aparecer entre sus amigos los hombres..."
Noches Florentinas, Segunda Noche. Heinrich Heine.
Noches Florentinas, Segunda Noche. Heinrich Heine.
domingo, 23 de mayo de 2010
cita petoulquiana: metamorfosis
"Una vez Chuang Chou soñó que él era una mariposa, una mariposa revoloteando alrededor, feliz consigo mismo y haciendo lo que le placía. Él no sabía que era Chuang Chou. Repentinamente despertó y allí estaba, sólido y sin lugar a dudas Chuang Chou. Pero él no sabía si era Chuang Chou quien había soñado que era una mariposa, o una mariposa soñando que era Chuang Chou. Entre una mariposa y Chuang Chou ¡tiene que haber alguna distinción! Esto es llamado, la Transformación de las Cosas."
(¡¿La Metamorfosis?!)
Zhuangzi. Zhuangzi, Capítulo 2.
(¡¿La Metamorfosis?!)
Zhuangzi. Zhuangzi, Capítulo 2.
sábado, 15 de mayo de 2010
cita petoulquiana: máquinas
"Le confesaré, María, que el hecho de que Inglaterra no me acabe de gustar nada, ni en sus hombres ni en su cocina, depende, en parte, de mí mismo. Llegué de mi tierra con una buena provisión del mal humor y buscaba solaz precisamente en un pueblo que mata su aburrimiento con el vértigo de la actividad política y mercantil. La perfección de las máquinas, que allí se aplican en todas partes y que toman a su cargo muchas operaciones, antes reservadas a los hombres, me producía un efecto siniestro. Ese mecanismo artificial de ruedas, palancas, cilindros y miles de clavos, ganchos y dientes pequeños, que se mueven casi apasionadamente, me llenaba de horror. Lo preciso, lo exacto, lo medido, la puntualidad con que se realiza la vida de los ingleses no me atemorizaba menos. Pues si en Inglaterra las máquinas nos parecen hombres, los hombres, a su vez, nos parecen máquinas. Dijérase que la madera, el hierro y el latón han usurpado el espíritu del hombre y se han vuelto casi locos de puro exceso espiritual; mientras que el hombre, desespiritualizado, realiza como un espectro, maquinalmente, sus negocios habituales, toma en el preciso momento sus biftecs, pronuncia discursos parlamentarios, se cepilla las uñas, monta en el Stage Coach o se ahorca."
Heine, Heinrich. Noches Florentinas, Segunda Noche.
Heine, Heinrich. Noches Florentinas, Segunda Noche.
sábado, 1 de mayo de 2010
Cuento original: El conejo saltó (5 de 5: final)
5
Cada vez se olvidaba más. Así lo había querido. Él buscó hundirse en el olvido, en la oscuridad más absoluta. Quería huir de la memoria, del pasado que le perseguía como el más tenaz cazador.
A cada salto que él daba, el pasado ya estaba sobre él. Claro es, el pasado estaba siempre a la zaga. Eso era lo malo, que a la zaga o como fuera, siempre estaba, siempre. El pasado era implacable. Era como si él, aún cuando iba adelante, atizara al pasado por detrás. Pero no, sin distorsiones de lo lineal, se podría decir que él jalaba del pasado como un caballo tira de una carreta.
Cada vez se olvidaba más de quién era él, de qué era. No quería ya saber de donde venía, ya no quería tener a donde ir, ya no quería querer.
Comenzó a hundirse y se olvidó de los porqués y para-qués. Ya no comía por apetito o para nutrirse, lo hacía por costumbre.
Así, un día se olvidó de por qué huía y para qué. Y simplemente huyó.
Pero ahora ocurría lo inverso, estaba recordando, no porque quisiera sino porque así es la vida: impredecible.
Ahora recordaba que tenía miedo, recordaba porqué lo tenía. Y sentía angustia, pensaba acerca del pasado (con remordimiento) y acerca del futuro (con ansiedad).
En determinado momento se preguntó algo que, al siguiente instante quiso olvidar, “¿quién soy?”
El conejo saltó. Siempre había estado al borde, pero se aburrió de estar así. Saltó al vacío y cayó, pero no se estrelló contra el suelo, solamente siguió cayendo. Ya una vez había experimentado el ir hacia abajo, siempre más y más hacia lo profundo, pero ahora era distinto...
De la oscuridad, de la boca negra y redonda, antítesis de la blanquísima esfera de la luna, un conejo saltó. Todos los niños le aplaudieron al mago que acababa de hacerlo aparecer, sacándolo de su chistera, extrayéndolo de la nada, donde todo simplemente cae sin tocar fondo.
Sí, el conejo, blanquísimo, contrastante con la negrísima y lustrosa chistera, asomó primero el hocico, con su bigotes, luego sus ojos rojos, y después, perdiendo toda la timidez, como si cambiara de piel, de piel de conejo, tomando impulso...
El conejo saltó.
Cada vez se olvidaba más. Así lo había querido. Él buscó hundirse en el olvido, en la oscuridad más absoluta. Quería huir de la memoria, del pasado que le perseguía como el más tenaz cazador.
A cada salto que él daba, el pasado ya estaba sobre él. Claro es, el pasado estaba siempre a la zaga. Eso era lo malo, que a la zaga o como fuera, siempre estaba, siempre. El pasado era implacable. Era como si él, aún cuando iba adelante, atizara al pasado por detrás. Pero no, sin distorsiones de lo lineal, se podría decir que él jalaba del pasado como un caballo tira de una carreta.
Cada vez se olvidaba más de quién era él, de qué era. No quería ya saber de donde venía, ya no quería tener a donde ir, ya no quería querer.
Comenzó a hundirse y se olvidó de los porqués y para-qués. Ya no comía por apetito o para nutrirse, lo hacía por costumbre.
Así, un día se olvidó de por qué huía y para qué. Y simplemente huyó.
Pero ahora ocurría lo inverso, estaba recordando, no porque quisiera sino porque así es la vida: impredecible.
Ahora recordaba que tenía miedo, recordaba porqué lo tenía. Y sentía angustia, pensaba acerca del pasado (con remordimiento) y acerca del futuro (con ansiedad).
En determinado momento se preguntó algo que, al siguiente instante quiso olvidar, “¿quién soy?”
...
El conejo saltó. Siempre había estado al borde, pero se aburrió de estar así. Saltó al vacío y cayó, pero no se estrelló contra el suelo, solamente siguió cayendo. Ya una vez había experimentado el ir hacia abajo, siempre más y más hacia lo profundo, pero ahora era distinto...
De la oscuridad, de la boca negra y redonda, antítesis de la blanquísima esfera de la luna, un conejo saltó. Todos los niños le aplaudieron al mago que acababa de hacerlo aparecer, sacándolo de su chistera, extrayéndolo de la nada, donde todo simplemente cae sin tocar fondo.
Sí, el conejo, blanquísimo, contrastante con la negrísima y lustrosa chistera, asomó primero el hocico, con su bigotes, luego sus ojos rojos, y después, perdiendo toda la timidez, como si cambiara de piel, de piel de conejo, tomando impulso...
El conejo saltó.
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