jueves, 1 de enero de 2009

capítulo cero: la cucaracha


Tenía 21 años, aproximadamente (es que no recuerdo con tanta exactitud, a lo mejor tenía 20 y estaba por cumplir 21), y se encontraba sentado en la entrada del Gavroche, el cual estaba cerrado (esto no era raro; no que estuviera cerrado sino que él estuviera sentado en la entrada; cuando llegaba, generalmente esperaba enfrente hasta que se presentara la persona a quien esperaba, aún si estaba abierto; bueno, que el Gavroche estuviera cerrado tampoco era tan raro). Mientras esperaba (sí, en esta ocasión también esperaba, tanto por que abrieran el Gavroche como por que apareciera la persona con quien iba a encontrarse; ya sabemos que si abrían antes de que apareciera esa persona misteriosa, para Vds. quiero decir, igual se quedaría ahí afuera, esperando), se puso a contemplar a un insecto de apariencia repugnante (al menos para nuestro protagonista, puesto que no se trata de un entomólogo). El mencionado bicho, que por cierto era rastrero, se movía de una manera lastimera (otra opinión exclusiva del protagonista), y trataba dificultosamente de ingresar en su madriguera (o lo que suponemos era su habitación, en todo caso no creo que fuera tan tonto de meterse en la de otro insecto, sería un insecto invasor y esto podría titularse "Madriguera tomada"). Gradualmente, nuestro protagonista (Peto por supuesto) comenzó a sentirse más y más deprimido; en su mente comenzó a formarse la imagen de ser él mismo un insecto, y no cualquier insecto sino éste, el lastimero (a lo mejor llamémosle "el patético", ya que contrario a la creencia general, el término también corresponde a "conmovedor"). La imaginación petoulquiana tiende a ser muy poderosa (a lo mejor es lo único poderoso que posee, y por cierto que está más allá de su control), pero la idea era una sugestión seguramente causada por la, entonces, reciente lectura de "La Metamorfosis" de Franz Kafka (el único texto del checo que Peto ha leído; para ilustrar más lo triste de este caso, digamos que Peto ha leído como cuatro libros de Kundera, compatriota de Kafka), y por ciertas reflexiones acerca de la vida y la muerte y las posibilidades posteriores, concretamente la reencarnación.


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"Si las cucarachas fueran azules no serían repugnantes", me dijo Alex Luna. Según él, la causa primigenia del asco que producían los insectos rastreros comúnmente conocidos como "cucas" era su color entre café, negro y yo que sé que otras combinaciones de "tipo oscuro". Me parece que la repugnancia que me producen las cucarachas va más allá de su color.



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"Las cucarachas heredarán la tierra", escribió Oswaldo J. Hernández en uno de sus relatos. Me parece un excelente aforismo. Solamente espero no estar presente cuando la Tierra sea gobernada por las "cucas".



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Casi aplasto una cucaracha con el zapato, pero no lo hice porque ella todavía se percataba de lo que se encontraba en su camino (a fin de cuentas, por qué habría de ser "mi camino" solamente, el de ella también cuenta). Por otra parte, estaba oscuro y hacía frío, pero el alumbrado público color ámbar (pero no del ondulado), me permitía posicionarme con relación a los demás seres y objetos (vaya, he de reconocer que yo también me percataba de lo que había en "mi camino"). De esta manera se evitó (o evité, como sea) matar al insecto. Sin embargo, la cucaracha confundida, quién sabe por qué, huyó en dirección hacia donde yo iba a dar el próximo paso. Ahora sí, definitivamente tuve que evadirla.


"¿Acaso querés que te mate?", le apostrofé, irritado.


Por principio trato de no matar insectos, por aquello del karma. ¿Y si yo fuera una cucaracha? Trataría de no matar humanos.






1 comentario:

ESTUARDO dijo...

1 de enero de 2900 D.C.

Pobrecita la "cuca", no la matés para que pueda gobernar y esclavizar a los humanos en el futuro.

Atentamente,

Macron, Master Roach