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jueves, 8 de abril de 2010

capítulo cuadragésimoseptimo: ¡chupetéeeeeeeeeeeeeeeeee...!

El jueves santo pasado, fuimos con Lusifergua y Tato a ver pasar la procesión enfrente del Guacamolón (para quien no sepa: el Palacio Nacional de la Cultura). Por cierto, también iba la Aleíta.

Desde hacía mucho tiempo teníamos con Tato cierto antojo de chancaca ("Pedacito de chancaca, ¿va a poner atención?", nos decía Don Ángel); supongo que no es necesario explicar qué es la chancaca, dado que existe en muchos países de Latinoamérica, pero por si las dudas: la chancaca es un dulce elaborado con "rapadura" de azúcar, algo así como éste endulzante pero en bruto. Sólo que en Guatemala, según he podido apreciar (y si no me falla el gusto) le añaden pepitoria (nunca había escrito esta palabra). Pero lo de la chancaca vendrá después... si es que viene (tras haber visto y antes de vencer...).

Y así, nos paramos entre esa muchedumbre heterogénea, compuesta por hombres y mujeres, guatemaltecos y extranjeros, jóvenes y viejos, alcohólicos borrachos y alcohólicos anónimos, creyentes y herejotes, etc.

Ahí estaban todos los comerciantes tradicionales y menos que tradicionales, desde los que venden los clásicos "¡chupetéeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeees!" (el acento tiene que ir en la última sílaba, quien lo sepa me entenderá) hasta los que ofrecen (¿en una procesión?) fotos de modelos y actores (los de Crepúsculo, principalmente). De modo que no me fue difícil imaginar (antes de que pasara la procesión, por supuesto) una especie de batalla campal entres los vendedores; en la cual, claro está, llevarían las de ganar los de los ¡chupetéeeeeeeeeeeeeeees!

Para quien no haya visto un chupete guatemalteco, tiene que imaginarse un cucurucho con la punta hacia arriba y ya tiene la idea; son como una especie de lanzas medievales, pero dulces. Elaborados con una melcocha tan dura que, si se la muerde, uno podría quebrarse un diente.

Pero, volvamos a la chancaca. Como no hubo tal batalla campal (ni tengo tanta imaginación como para inventarme una y narrarla para Vds.), sigamos con el curso normal de los acontecimientos: Vimos el paso del cortejo procesional (tras notar, eso sí, que uno de los escudos de armas de la fachada del Palacete Nacionalete reza algo así como "Centroamérica Unida", ideal liberal digno del que mandó a construir semejante mamotreto arquitectonico), caminamos hacia la sexta avenida pasando por la Plaza de la Constitución y nos compramos una bolsita de chancaca (que por cierto, no estaba tan dulce).

viernes, 26 de junio de 2009

capítulo trigésimotercero: la petoúlquina pata de yeso

Navegando sobre un río enlodado formado por aguas precipitadas violentamente de un cielo gris, con un piloto experimentado en el timón y un primer oficial dispuesto a todo por su capitana, la Petoúlquina Amarilla Pata de Yeso, se lanza a la aventura en busca de un tesoro inigualable: las naranjas con las que se puede hacer limonada.

"Quiero hacer limonada con esas naranjas", repetía una y otra vez la imponente Petoúlquina.

"¿Limonada hecha con naranjas?", preguntaba incrédulo el Tato, su piloto.

"¿Y luego vas a querer hacer naranjada con limones?", añadía Peto, su primer oficial, con cierta malicia.

"No, es que Vds. no entienden nada", decía la capitana impaciente, "Es muy simple, tomás las naranjas y las hacés limonada."

Y así, la extraña tripulación, abordo de ese bergantín antiguo y confiable, remontaba las olas de ese anchuroso río de aguas lodosas, sin saber muy bien adónde se dirigía. Y piloto y primer oficial no se atrevían a contradecir abiertamente a su capitana, no fuera que se emberrinchara y los hiciera caminar por la plancha.

"Yo jo jo", cantaban, "limonada de naranjas, yo jo jo, la colocha nos hace buscar..."

miércoles, 18 de junio de 2008

capítulo decimocuarto: el ratero


Dedicado a Estuardo Pellecer S.
...


Esperó a que no quedara ninguno.

Se acercó con naturalidad a la casa. Con unas ganzuas anuló el efecto de la llave que había asegurado doblemente. Después forzó la entrada, porque había quitado la doble llave pero todavía tenía que accionar el picaporte, el cual, sin llavín, solamente podía abrir desde dentro.

Dejó la bicicleta, en la cual había llegado, apoyada en la puerta y entró... a lo desconocido. Porque, a pesar de todas sus observaciones, y de haberse percatado de que no había ninguna persona en la casa, nunca se sabe.

Fue ingresando cautelosamente y se encontró con el segundo obstáculo, una reja que impedía ingresar del zaguán al corredor. Pero esto no le preocupó. A fin de cuentas, he dicho que se encontró con ella no que no supiera con anticipación que estaba ahí. Rompió uno de los anillos de los candados y la reja cedió inútil a su paso.

Fue al primer cuarto, la puerta no estaba con llave, se dirigió al gavetero y forzó el único cajón que tenía seguro, lo sacó del mueble y se fue con él en dirección al segundo cuarto, cuya puerta sí tenía llave; la forzó fácilmente, pero sólo encontró cosas inútiles: libros, discos, montones de papeles, una cama sin tender, ni siquiera le interesó revisar ninguna de las gavetas del escritorio (o eso me supongo, porque ahí siguen los cien quetzales que dejé).

Se fue al corredor con el cajón ese que sí le interesaba y se puso a revisarlo minuciosamente, sólo hubo un hallazgo: dos cadenitas chapadas en oro reventadas y un collar de fantasía...

"¡Qué putas está haciendo aquí!" Le gritó Tato enfurecido cuando al entrar lo encontró así, tan tranquilamente revisando las pertenencias de nuestra madre.

El ratero pegó un salto tan ágil al patio que quién creyera que era tan gordo. A su vez, mi hermano vio hacia todos lados buscando a algún otro saqueador. Mientras lo hacía, el ratero con su agilidad de jaguar o lo que Vds. quieran, dio un brinco, sobre una maceta, y llegó del patio hasta al zaguán, salió por la puerta, la azotó tras de sí, vio a mi madre en el carro, le dijo cortés y con una sonrisa, "Buenos días", se montó en la bicicleta y se fue de tal manera que este año, si participara, a lo mejor lograría el primer puesto en la Vuelta Ciclística.

...

Ah, por cierto, aplicado a este caso concreto, al hecho en cuestión, el delito que corresponde a este supuesto es hurto y allanamiento de morada. Esto lo encontré en el código penal guatemalteco, pero como no le atinaba tuve que complementar consultando el Drae, es que a veces no entiendo las palabras...

lunes, 2 de junio de 2008

capítulo duodécimo: y cuando llegamos, el dinosaurio estaba ahí



Hemos llegado a la tercera parte y final de esta trilogía sobre el transporte urbano en Guatemala.
En esta ocasión narro otra historia completamente verídica acerca de mis experiencias en cuanto a este servicio público/privado de la capital de nuestro país.

Una noche de la semana pasada llegamos a nuestro domicilio con mi hermano, esta vez no en una camioneta sino en el carro de él. Y nos encontramos con un monstruo mecánico obstruyendo parcialmente la puerta del garaje. Ante lo cual quisimos hacer las averiguaciones respectivas, y fuimos con el vecino y su hijo, quien es chófer, a preguntarle la causa de esta situación.

El vecino nos dijo literalmente, "Es que se jodió esta porquería." Nos dimos cuenta que, si queríamos que dejara de ser un estorbo, en algo tendríamos que ayudar.

Minutos después me daba cuenta, entre otras cosas, que habíamos dado un salto en la historia de nuestra querida humanidad, pues ya no estaba ante Trucutú, verán porqué. Además, reconozco que fue interesante vivir una experiencia más de nuestro "absurdo mágico" diario, "empujar una camioneta", lo cual, aún cuando parezca increíble en nuestro medio, nunca me había tocado hacerlo, y menos frente a mi propia casa.

Así, en un momento, nos encontramos empujando el armatoste ese, que no cedía ni un centímetro ante nuestras limitadas fuerzas. Por supuesto, el antiamigo chófer, estaba al volante. La idea era bajar la "camio" de la acera, donde la monta el muy estimado, y empujando entre tres, su padre, mi hermano y yo, repito, no lográbamos moverla.

Es en este punto del relato se hizo patente que, según el materialismo histórico (aún cuando preferiría llamarle "historico", para que sea prosa lírica, claro es) habíamos sufrido un tránsito de los cambios cuantitativos a los cualitativos porque, de haber estado hablando de trogloditas y la época de las cavernas, aparecimos mágica, o absurdamente, en la época del antiguo Egipto, un carácter ejemplar del esclavismo. Así, me sentí transportado a una película tipo Charlton Heston, específicamente "Los Diez Mandamientos", pero bien pudo ser "Ben Hur", o incluso "El Planeta de los Simios" (pero la original de 1968, no esa porquería que filmó Tim Burton), porque tenía ya fuera un capataz egipcio regañándome y apremiándome, "¡Con güevos!" según decía el chófer (aún cuando no entendía, en lo personal, de qué manera podía beneficiar usar las gónadas para un trabajo de esta naturaleza, o, ¿estaría haciendo referencia al huevo, sustento y protección del embrión...?, el caso es que no le pregunté), o para pasar directamente a la fantasía tipo Pierre Boulle, porque un gorila me había esclavizado.

Entonces me pregunté, "¿cuándo perdí mi libertad?" o bien, "¿en qué momento fui a pedir una plaza en Brochas, Inc.?", porque resultó que en ese momento era empleado del Gorila, quiero decir "el capataz".

Al final y con su ayuda, cosa que no le hizo la menor gracia, logramos bajar el chunche de la acera, pero entonces obstruía totalmente nuestra puerta de entrada. Ante lo cual, dijo él, "Por esto no la quería bajar..." y yo pensé, como buen pensador inexpresivo, "Por esto es que no me gusta que me estacionen un bus a la par de mi casa, y Emetra bien gracias, y el mono de oro mejor...".

De una manera sorpresiva, el bolo de la cuadra (y digo "el", artículo singular, pero son "los", un montón...), se ofreció a ayudarnos y logramos hacer retroceder la unidad de transporte, que dejó libre el paso. Y digo que me sorprendió porque nada nos cobró por la ayuda, no pidió un céntimo ni insinuó merecer recompensa alguna. Reconozco que la acción de este personaje anónimo, su auxilio desinteresado, me hizo recobrar la fe en el género humano, en general, y en él, en particular; creo porque he visto, no es fe ciega sino patente. Quiero decir, con todos los defectos que se le pudieran señalar, demostró no carecer de cierta buena voluntad.

Al final, por supuesto sin siquiera decirnos gracias (¿por qué? no era para nuestro beneficio, pues), el chófer se quedó en sus dominios, eso es, montado en su Godzilla.

Y nosotros, mi hermano y un servidor, nos entramos a la casa.