Esto es de hace cuatro años (9 de junio de 2015).
...
Me pidió la factura porque quería leer lo que yo había escrito en ésta acerca de ella.
Se puso a leer cómo yo había dejado por escrito lo que dijimos.
Era ella leyendo lo que ella misma había dicho y que yo había apuntado.
De repente, como le había gustado el juego, me dijo "Mejor escribí: me gustaría vivir en Roma".
Y al verme escribirlo, se rió.
...
"Me gustaría vivir en Italia", dijo la Petoúlquina.
"¿Por qué?", pregunté yo.
"Por la pasta".
...
"¿Por qué estás escribiendo esto?".
"Para ponerlo en el blog".
"¿Tenés un blog?".
"Sí".
"¿Y cómo se llama?".
"Eso tenés que averiguarlo vos".
"Decime".
"Vaya. Las aventuras de...".
Y lo escribió para recordar y encontrarse después.
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viernes, 28 de junio de 2019
domingo, 25 de junio de 2017
capítulo octogésimoprimero: éste me gustó más...
Hace ocho días, a la Petoúlquina le gustó más éste:
La luz es como yo, una lágrima desolada
que rueda en la ceniza y mi cuerpo tan sólo
una sombra que pasa como un navío errante...
Que éste:
Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado...
Y a mí me alegró porque a mí me gustan los dos. Pero más me gusta que ahora ella y yo compartamos un gusto.
...
De los poemas:
IX Monólogo de voces (una voz)
Doncel, Diego. Una sombra que pasa. Tusquets Editores, S.A. Primera edición. España, 1996.
p. 67
La lluvia
Borges, Jorge Luis. El hacedor. Alianza Editorial. Primera edición revisada, séptima reimpresión. España, 2005. p. 82
La luz es como yo, una lágrima desolada
que rueda en la ceniza y mi cuerpo tan sólo
una sombra que pasa como un navío errante...
Que éste:
Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado...
Y a mí me alegró porque a mí me gustan los dos. Pero más me gusta que ahora ella y yo compartamos un gusto.
...
De los poemas:
IX Monólogo de voces (una voz)
Doncel, Diego. Una sombra que pasa. Tusquets Editores, S.A. Primera edición. España, 1996.
p. 67
La lluvia
Borges, Jorge Luis. El hacedor. Alianza Editorial. Primera edición revisada, séptima reimpresión. España, 2005. p. 82
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miércoles, 19 de diciembre de 2012
capítulo septuagésimosexto: los zopilotes
"¿Esos son zanates?", me preguntó la petoúlquina, señalando al cielo.
"No, son zopilotes. Están buscando qué comer."
"¿Cómo sabés?", me volvió a preguntar.
"Porque vuelan en círculos cuando ya encontraron algo. Y estos están volando de un extremo a otro."
"¿Buscan algo como un zanate muerto?"
"Puede ser... en todo caso algo muerto...", le respondí y agregué, "... o algo que ya no pueda defenderse...", mientras recordaba esa novela de Asturias que nunca me gustó.
"Qué triste."
"¿Qué cosa?", le pregunté yo esta vez.
"La vida."
Pensé que se habría entristecido un poco. Me sorprendió que tomara conciencia de la muerte.
Pero, como en cualquier composición musical que no sea monótona, hubo pronto un cambio de aire...
"Mirá, qué bolsitas tan bonitas venden ahí..."
lunes, 3 de diciembre de 2012
capítulo septuagésimoquinto: taller literario
Doblaron las campanas de la iglesia de Las Beatas de Belén.
"¿Y si el sacristán hubiera estado en el campanario?", preguntó la Petoúlquina.
"¿Qué hubiera pasado?", le repliqué yo, con una pregunta-respuesta.
"Pues que le hubieran dolido los oídos", me dijo.
"Entonces, la cosa va así: El sacristán está subido en el campanario y de repente suenan las campanas y esto le causa dolor de oído. Pero, ¿por qué estaría subido en el campanario?"
"Pues para limpiarlo."
"Entiendo. Ahí tenés un motivo. A ver: El sacristán se subió al campanario para limpiarlo, y de repente sonaron las campanas, lo cual le causó dolor de oídos. Pero, ¿quién hace sonar las campanas si el sacristán está subido en el campanario...? Ya sé, el párroco hace sonar las campanas porque no encuentra al sacristán por ninguna parte y ya casi es hora de la misa y hay que llamar a los feligreses..."
"Y cuando suenan las campanas le duelen tanto los oídos que hasta le sangran..."
"Vaya: Al sacristán le sangraron los oídos porque sonaron las campanas justo cuando estaba subido en lo alto del campanario limpiándolo. El párroco, al no encontrar al sacristán por ninguna parte, decidió hacer sonar él mismo las campanas, para llamar a los feligreses, porque casi era hora de la misa..."
"Pero, mejor que el sacristán se caiga del campanario del susto, pero que no se mate..."
"Muy bien: El sacristán se cayó de lo alto del campanario y, asombrosamente, no se mató. Había subido a limpiar, cuando de repente sonaron las campanas. El párroco, al no encontrar al sacristán por ninguna parte, había decidido él mismo hacer sonar las campanas para llamar a los feligreses, porque casi era hora de la misa... Además, tenía sus razones para pensar que el sacristán era un irresponsable porque éste siempre ofreció, 'Hoy voy a limpiar el campanario', y nunca lo hizo; incluso después pasó de su idiosincrasia Carpe Diem a una tendencia más futurista, 'Mañana sí limpio el campanario', pero el mañana nunca llegó."
"Pero que lleguen los bomberos a rescatarlo... o no, mejor, que no lleguen..."
"Pues, estaría bien que llegaran los bomberos, haciendo sonar sus campanas. Entonces, tendríamos dos tipos de campanas, algo así como en el poema de Edgar Allan Poe: Campanas."
"Mmmmmm..."
"Bueno, empecemos así la narración: El sacristán se cayó de lo alto del campanario y, asombrosamente, no se mató. La vista desde ahí lo había impresionado, por eso el ruido lo sorprendió. Había subido a limpiar, cuando de repente sonaron las campanas..."
"¿Y si el sacristán hubiera estado en el campanario?", preguntó la Petoúlquina.
"¿Qué hubiera pasado?", le repliqué yo, con una pregunta-respuesta.
"Pues que le hubieran dolido los oídos", me dijo.
"Entonces, la cosa va así: El sacristán está subido en el campanario y de repente suenan las campanas y esto le causa dolor de oído. Pero, ¿por qué estaría subido en el campanario?"
"Pues para limpiarlo."
"Entiendo. Ahí tenés un motivo. A ver: El sacristán se subió al campanario para limpiarlo, y de repente sonaron las campanas, lo cual le causó dolor de oídos. Pero, ¿quién hace sonar las campanas si el sacristán está subido en el campanario...? Ya sé, el párroco hace sonar las campanas porque no encuentra al sacristán por ninguna parte y ya casi es hora de la misa y hay que llamar a los feligreses..."
"Y cuando suenan las campanas le duelen tanto los oídos que hasta le sangran..."
"Vaya: Al sacristán le sangraron los oídos porque sonaron las campanas justo cuando estaba subido en lo alto del campanario limpiándolo. El párroco, al no encontrar al sacristán por ninguna parte, decidió hacer sonar él mismo las campanas, para llamar a los feligreses, porque casi era hora de la misa..."
"Pero, mejor que el sacristán se caiga del campanario del susto, pero que no se mate..."
"Muy bien: El sacristán se cayó de lo alto del campanario y, asombrosamente, no se mató. Había subido a limpiar, cuando de repente sonaron las campanas. El párroco, al no encontrar al sacristán por ninguna parte, había decidido él mismo hacer sonar las campanas para llamar a los feligreses, porque casi era hora de la misa... Además, tenía sus razones para pensar que el sacristán era un irresponsable porque éste siempre ofreció, 'Hoy voy a limpiar el campanario', y nunca lo hizo; incluso después pasó de su idiosincrasia Carpe Diem a una tendencia más futurista, 'Mañana sí limpio el campanario', pero el mañana nunca llegó."
"Pero que lleguen los bomberos a rescatarlo... o no, mejor, que no lleguen..."
"Pues, estaría bien que llegaran los bomberos, haciendo sonar sus campanas. Entonces, tendríamos dos tipos de campanas, algo así como en el poema de Edgar Allan Poe: Campanas."
"Mmmmmm..."
"Bueno, empecemos así la narración: El sacristán se cayó de lo alto del campanario y, asombrosamente, no se mató. La vista desde ahí lo había impresionado, por eso el ruido lo sorprendió. Había subido a limpiar, cuando de repente sonaron las campanas..."
viernes, 28 de septiembre de 2012
capítulo septuagésimoprimero: ironía
La petoúlquina: Deberías de aprender a andar en patines.
Peto: Sí, me encantaría, me parece superdivertido...
La petoúlquina: ¿En serio?
Peto: No, estoy siendo irónico.
La petoúlquina: ¿Qué es irónico?
Peto: Ironía es decir lo contrario de lo que se piensa.
La petoúlquina: Ah. Entonces, ¿no te gustaría aprender a patinar?
Peto: Me encantaría...
La petoúlquina: Estás siendo irónico.
Peto: Sí, me encantaría, me parece superdivertido...
La petoúlquina: ¿En serio?
Peto: No, estoy siendo irónico.
La petoúlquina: ¿Qué es irónico?
Peto: Ironía es decir lo contrario de lo que se piensa.
La petoúlquina: Ah. Entonces, ¿no te gustaría aprender a patinar?
Peto: Me encantaría...
La petoúlquina: Estás siendo irónico.
viernes, 24 de agosto de 2012
capítulo sexagésimonoveno: selenocéntrico
"¿Cómo decías cuando yo era bebé? Que yo era tu pastelito de miel... Mejor, tu lunita de miel." Me dijo un día la Petoúlquina.
Y otro día, me dejó bien claro, "¿te has fijado que cuando estoy presente, yo siempre soy el centro de atención?"
Desde entonces, yo vivo en un sistema selenocéntrico.
Y otro día, me dejó bien claro, "¿te has fijado que cuando estoy presente, yo siempre soy el centro de atención?"
Desde entonces, yo vivo en un sistema selenocéntrico.
domingo, 24 de junio de 2012
capítulo sexagésimosexto: inerte
"Inerte es que alguien está muerto."
"No, mija, inerte significa quieto, no que esté muerto."
"Pero si la señorita nos dijo."
"Sí, pero mirá, lo que pasa es que inerte viene de inercia. Eso es que las cosas o están quietas o en movimiento, a menos que algo las haga cambiar ese estado."
"No, inerte es muerto."
"Mirá, pues, uno dice que un cuerpo está inerte cuando se murió porque ya no se mueve. Pero una piedra no se mueve, ¿acaso las piedras están muertas?"
"Sí, están muertas..."
"Vaya, ¿y cuándo estuvieron vivas, pues?"
"Ahh..."
"Verdad. Veamos en el diccionario, para que estés segura."
"El diccionario parece un libro."
"Sí, es un libro. Va, leé, a ver qué dice Inercia, ¿dice algo de que tenga que ser algo muerto?"
"No."
"Va, ahora leé Inerte. ¿Dice algo de que tenga que estar muerto?"
"No, pero oí: '... él abrazó su cuerpo inerte'. Así dice en un mi libro de lectura, es sobre un señor que abraza el cuerpo muerto de su hijo."
"Sí, pero es que ahí es una asociación de ideas, entre el hecho de que el cuerpo está muerto y por eso no se mueve, es decir que está inerte."
"Ahh."
"No, mija, inerte significa quieto, no que esté muerto."
"Pero si la señorita nos dijo."
"Sí, pero mirá, lo que pasa es que inerte viene de inercia. Eso es que las cosas o están quietas o en movimiento, a menos que algo las haga cambiar ese estado."
"No, inerte es muerto."
"Mirá, pues, uno dice que un cuerpo está inerte cuando se murió porque ya no se mueve. Pero una piedra no se mueve, ¿acaso las piedras están muertas?"
"Sí, están muertas..."
"Vaya, ¿y cuándo estuvieron vivas, pues?"
"Ahh..."
"Verdad. Veamos en el diccionario, para que estés segura."
"El diccionario parece un libro."
"Sí, es un libro. Va, leé, a ver qué dice Inercia, ¿dice algo de que tenga que ser algo muerto?"
"No."
"Va, ahora leé Inerte. ¿Dice algo de que tenga que estar muerto?"
"No, pero oí: '... él abrazó su cuerpo inerte'. Así dice en un mi libro de lectura, es sobre un señor que abraza el cuerpo muerto de su hijo."
"Sí, pero es que ahí es una asociación de ideas, entre el hecho de que el cuerpo está muerto y por eso no se mueve, es decir que está inerte."
"Ahh."
lunes, 9 de abril de 2012
capítulo sexagésimoprimero: cámara
¿Será que hay coincidencias? ¿qué pensar, por ejemplo, de la conjunción de tres eventos, aparentemente coincidentes, (uno muy íntimo, por su naturaleza familiar y con ello quiero decir: de lazos de sangre, de orgullo de padre, de fascinación por las inquietudes de nuestros hijos; otro más, también un tanto familiar, porque envuelve también a un miembro de mi familia, es más al mismo del primer evento; y un último, muy propio, aún cuando ajeno en gran parte, pero que viene a explicar literariamente todo lo anterior) en un solo día?
El día (domingo de pascua), cuando la Petoúlquina decidió utilizar por primera vez la cámara, obsequio de su madre, y le pidió a su padre, el tal Petoulqui, que le regalara un rollo por tal motivo; es decir, el día en que la Petoúlquina tomó, no sus primeras fotos pero sí, las primeras fotos con "su cámara", y que lo hizo de manera concienzuda, tratando de aprender la técnica de su padre (quien, por cierto, no es un Peto Parker de la fotografía, recordando al amistoso vecino arácnido). Ese día en particular, una mujer desconocida, posiblemente turista, probablemente desconocedora del idioma español, decidió a su vez tomarle a la Petoúlquina una, primera y única, foto, para añadirla a su colección personal (la de la turista, pues); toma fotográfica, la cual tomó por sorpresa al Peto (nótese mi tendencia a redundar), quien no supo si tratar de detener la acción, dejarla ser, o qué. Luego, el Peto reflexionó acerca del hecho y justificó su omisión en cuanto a que la Petoúlquina, al momento de ser fotografiada, estaba siendo maquillada para parecer una gatita (ya saben Vds., le estaban pintado la carita; pintacaritas se llama esa forma de arte). La inexperiencia del Peto con respecto a la fotografía (no total inexperiencia, pero hasta cierto punto), lo hacía preguntarse si era válido que un desconocido lo capte a uno sin pedirle permiso primero. Inevitable la paranoia surgida en él por la imposibilidad de no sentirse observado todo el tiempo en esta sociedad orwelliana que habitamos y completamente frustrado su anhelo de privacidad, de respeto al espacio personal de cada uno.
Pero, en fin, ni la Petoúlquina pareció molestarse por el hecho de ser captada en esa toma, ni la turista pareció pretender más que captar lo "pintoresco" de Guatemala, a través de fotografiar a una niña del país (o tal vez pensó, simple y llanamente, que la niña era muy linda; más orgullo de padre, vos diréis); así que el Peto, a lo mejor, debió dejar pasar el suceso sin mayores miramientos. Ahora bien, en su fuero interno deseó que la fotografía hubiera sido saboteada por la misma intrusión del suceso, y que en ella aparecieran todos los elementos de la toma, exceptuando a la Petoúlquina. Pero esto no es más que un triste consuelo petoulquiano.
Bien, el tercer evento fue que el Peto comenzó a leer "Las babas del diablo" de Cortázar. Y, claro, no les voy a decir de qué se trata el cuento, pues nunca me han gustado los "spoilers"; si a Vds. les interesa buscarán la referencia (que cuando yo las hago, nunca son en vano), y quizás entiendan porqué me pareció todo esto tan coincidente.
sábado, 27 de marzo de 2010
capítulo cuadragésimoquinto: la petoúlquina en el zoo
Como siempre, según su lógica, todo era muy simple: era más fácil alegar en la taquilla que ella era una enana con tres hijos supercrecidos que declarar "tres adultos y una niña". Pero los grandes nunca entienden nada (algo así como lo que dijera el Principito). Así que no la dejaron realizar su plan.
Pero ingresaron al zoo. Lo primero que vieron fue el área que compartían las jirafas, cebras y cabras de no-sé-dónde; como las primeras tardaran en aparecer y las últimas hubieran estado ahí desde un principio, Tato no pudo evitar citar esa escena de Parque Jurásico en la cual le presentan una cabra al T-Rex para motivarlo a mostrarse y uno de los personajes, Grant creo, dice "El predador quiere cazar, no que le presenten la presa en bandeja..." o algo así. En esa parte del recorrido todos aprendieron que no es que las jirafas sean mudas sino que se comunican con infrasonidos. Y también descubrieron que las cebras no eran tales, sino caballos presos con su uniforme a rayas.
Y esto fue, quizás, lo más chocante, darse cuenta de que el zoo no es sino una prisión para animales. Según parece, algunos están ahí para "salvarlos de la depredación", así que se cumple aquello de que si le indultan la pena de muerte al reo, se la conmutan más bien por una cadena perpetua. Parece ser ésta la única elección que les queda a los animales.
No, me engaño, lo más chocante fue atestiguar el encierro en jaulas diminutas de aves rapaces que no están en peligro de extinción, y es que, si bien, se podría justificar la "conservación" de las especies en peligro, ¿cuál podría ser la razón de encerrar un ave (la cual por naturaleza necesita del firmamento) cuando su existencia no corre peligro en libertad? Hay cosas que, obviamente, ni la Petoúlquina ni Peto pueden entender... ni quieren hacerlo, ciertamente.
Peto se imaginó cómo sería un zoo no para humanos sino "de humanos", en el cual los animales pasearan mirando estupefactos a estas bestias bípedas y desnudas. ¿Qué pensarían? ¿Serían tan inhumanas como nosotros? Cualquiera podría alegar que sería un zoo aburrido porque sólo habría una especie en exposición, pero el ser humano es tan versátil que cada uno de nosotros sería una variedad aparte.
¿Conservación? ¿Privación de la libertad? Somos los seres humanos tan abominables que, para salvar a los animales de nosotros mismos, les robamos todo lo que son.
A Peto no le gustan los animales pero, muy ciertamente, tampoco las personas.
Ah, ya me acordé, este capítulo era sobre la Petoúlquina. Ella la pasó muy bien, hasta que dijo "estoy cansada, ya me quiero ir". Tuvo suerte, ella podía decidir cuándo marcharse, los residentes no.
Pero ingresaron al zoo. Lo primero que vieron fue el área que compartían las jirafas, cebras y cabras de no-sé-dónde; como las primeras tardaran en aparecer y las últimas hubieran estado ahí desde un principio, Tato no pudo evitar citar esa escena de Parque Jurásico en la cual le presentan una cabra al T-Rex para motivarlo a mostrarse y uno de los personajes, Grant creo, dice "El predador quiere cazar, no que le presenten la presa en bandeja..." o algo así. En esa parte del recorrido todos aprendieron que no es que las jirafas sean mudas sino que se comunican con infrasonidos. Y también descubrieron que las cebras no eran tales, sino caballos presos con su uniforme a rayas.
Y esto fue, quizás, lo más chocante, darse cuenta de que el zoo no es sino una prisión para animales. Según parece, algunos están ahí para "salvarlos de la depredación", así que se cumple aquello de que si le indultan la pena de muerte al reo, se la conmutan más bien por una cadena perpetua. Parece ser ésta la única elección que les queda a los animales.
No, me engaño, lo más chocante fue atestiguar el encierro en jaulas diminutas de aves rapaces que no están en peligro de extinción, y es que, si bien, se podría justificar la "conservación" de las especies en peligro, ¿cuál podría ser la razón de encerrar un ave (la cual por naturaleza necesita del firmamento) cuando su existencia no corre peligro en libertad? Hay cosas que, obviamente, ni la Petoúlquina ni Peto pueden entender... ni quieren hacerlo, ciertamente.
Peto se imaginó cómo sería un zoo no para humanos sino "de humanos", en el cual los animales pasearan mirando estupefactos a estas bestias bípedas y desnudas. ¿Qué pensarían? ¿Serían tan inhumanas como nosotros? Cualquiera podría alegar que sería un zoo aburrido porque sólo habría una especie en exposición, pero el ser humano es tan versátil que cada uno de nosotros sería una variedad aparte.
¿Conservación? ¿Privación de la libertad? Somos los seres humanos tan abominables que, para salvar a los animales de nosotros mismos, les robamos todo lo que son.
A Peto no le gustan los animales pero, muy ciertamente, tampoco las personas.
Ah, ya me acordé, este capítulo era sobre la Petoúlquina. Ella la pasó muy bien, hasta que dijo "estoy cansada, ya me quiero ir". Tuvo suerte, ella podía decidir cuándo marcharse, los residentes no.
lunes, 5 de octubre de 2009
capítulo cero: ¿y ahora?
Sembré un árbol, propagué la especie petoulquiana, publiqué un blog... ¿y ahora... ?
sábado, 12 de septiembre de 2009
capítulo cuadragésimoprimero: la ovejita

Cuando era más pequeña, como de unos dos años, le gustaba que la dejaran salir por las mañanas para presenciar el desfile. Una a una iban pasando, a veces de dos en fondo, o de tres, pero juntas siempre, porque a la menor indisciplina flagrante se escucharía terrible "el sonido de un trueno" (como diría Ray Bradbury). Así, pasaban las cabras, comandadas por el pastor.
De todas ellas, solamente recuerdo el nombre de una: Malagueña; y sospecho que la niña no recuerda el nombre de ninguna. Pero, creo que sí debe rememorar cuánto le gustaba verlas pasar, aún cuando le dieran un poco de miedo, que es lo que nos pasa con lo que nos gusta (qué queísmos, hombre).
Tiempos después, ella recibió un regalo que la hizo más feliz que el paso de las cabritas. Le obsequiaron una ovejita. Pero no era de verdad, claro que no; ¿dónde hubiera podido colocar a ese cordero, si fuera real? Era una ovejita de peluche, de esas que están encerradas en esos juegos tragamonedas y que hay que sacar con un gancho. Desde entonces, la ovejita ha sido su permanente compañera de juegos.
"Y, ¿cómo se llama tu ovejita?"
"Pues, Ovejita, no tiene otro nombre."
"Mirá, y ya le descosiste toda la boca, se va a morir del hambre."
"No, tonto, si mi ovejita no come, no ves que es de peluche."
"Ah..."
Imagen: Cortesía de Cuntie McCuntcunt [dolly rious] (visite la galería haciendo clic aquí)
sábado, 22 de agosto de 2009
capítulo trigésimonoveno: pedro el pastorcillo

Y así resulta que Pedro y Peto se parecen muchísimo. Claro, exceptuando que a Peto no le gustan los animales, no es pastor, no vive en Los Alpes ni es suizo; pero por lo demás son idénticos.
Ambos, Peto y Pedro, son un par de adolescentes. Como tal, son un par de personajes con poco control sobre sus emociones. Son extremadamente celosos y cuando hay algo que les molesta no lo manifiestan de manera directa sino a través de sutilezas y mostrando indiferencia y si están muy molestos tomando acciones brutales, por lo tanto estúpidas e infructuosas.
Al concluir con sus acciones brutales, estúpidas e infructuosas, como es de esperarse, se sienten culpables y luego, de una forma más bien paranoide, comienzan a temer el castigo por parte de la autoridad. Y éste es otro de los puntos de conexión entre Pedro y Peto, ambos tienen un ciego temor a la autoridad.
Pero hay algo más en lo que se parecen este par de tontos: aman tiernamente a sus niñas respectivas, esas que se parecen tanto la una a la otra.
Así, a Peto le toca, aún cuando no le gustan los animales, no es suizo ni vive en Los Alpes, ser pastor de una sola ovejita y de una cabrita retozona, que no es una cabrita de verdad sino más bien una niña; bueno, y la ovejita pues tampoco es de verdad, pero de eso ya hablaremos más tarde...
sábado, 15 de agosto de 2009
capítulo trigésimosexto: otra vez heidi
Dijo que quería subir hasta lo más alto del Cerro, que quería entrar a la Iglesia (esto último me preocupó porque la primera vez hizo tanto ruido que pensé que nos iban a regañar por lo menos), pero la entrada del templo estaba cerrada.
Luego, salió corriendo tan rápido que casi la pierdo de vista y, preocupado, corrí tras ella. Se arrojó al suelo porque quería ver las nubes (pero no las de Aristófanes). Le dije que fuéramos a aquella ladera donde hay más pasto (con la esperanza de que no se ensuciara tanto y no tener que justificar luego la travesura); una vez más, salió disparada como una flecha (lugar común), y yo corrí como alma que lleva el diablo (ídem). Si no fuera porque me preocupa tanto que pueda sufrir un accidente (que ya los ha tenido), creo que me divertiría bastante ver lo montaraz que puede ser. Razón tienen los anglosajones en llamar "kids" a los niños, porque son como "cabritos", dirían los chilenos. Y a mí no me queda, entonces, más que asumir mi papel de Pedro, el pastorcillo, cuidando otra vez a Heidi para evitar que se suba a las rocas más peligrosas y/o se lastime.
Algunas veces me gustaría que Heidi fuera más como Clara: serena y bien portadita; pero entonces recuerdo que Clara estuvo enferma y me alegro que ya esté sana y que como Heidi, pueda correr libre por los montes, o en este caso, el cerrito.
viernes, 31 de julio de 2009
capítulo trigésimocuarto: extraña coincidencia

Otra extraña coincidencia, más bien. Es que ya antes he presenciado extrañas coincidencias. Habrá quien podrá confirmar, si quiere, la verdad de lo que digo, en cuanto a las anteriores y acerca de ésta que nos ocupa.
Resulta que la imagen que ilustra este post bien podría ser la de una niña alta y de cabellos rizados y desordenados que se encuentra junto a su abuelo, un anciano de barbas blancas. Más bien, lo es. Pero también podría ser que esta imagen no me fuera tan ajena. A lo mejor esa niña podría llamarse Petoúlquina Amarilla y ese anciano Papá Tono. Y también podría ser que la una fuera mi descendiente y el otro mi ascendiente, es decir que estuviéramos relacionados por consanguinidad.
Podría ser.
Pero no, no lo es. Porque aún cuando la niña de la imagen guarda un asombroso parecido con la Petoúlquina, el anciano abuelo de ella, al contrario del anciano de la imagen, no fuma tabaco en pipa, ni tiene la barba tan larga. Por lo demás, son idénticos.
Sí, pero el buen observador u observadora, habrá deducido que los de la imagen son simple y sencillamente una niña llamada Adelaida (Heidi, si le conocemos y le tenemos algo de confianza) y su abuelo, el Tío de los Alpes.
viernes, 26 de junio de 2009
capítulo trigésimotercero: la petoúlquina pata de yeso
Navegando sobre un río enlodado formado por aguas precipitadas violentamente de un cielo gris, con un piloto experimentado en el timón y un primer oficial dispuesto a todo por su capitana, la Petoúlquina Amarilla Pata de Yeso, se lanza a la aventura en busca de un tesoro inigualable: las naranjas con las que se puede hacer limonada.
"Quiero hacer limonada con esas naranjas", repetía una y otra vez la imponente Petoúlquina.
"¿Limonada hecha con naranjas?", preguntaba incrédulo el Tato, su piloto.
"¿Y luego vas a querer hacer naranjada con limones?", añadía Peto, su primer oficial, con cierta malicia.
"No, es que Vds. no entienden nada", decía la capitana impaciente, "Es muy simple, tomás las naranjas y las hacés limonada."
Y así, la extraña tripulación, abordo de ese bergantín antiguo y confiable, remontaba las olas de ese anchuroso río de aguas lodosas, sin saber muy bien adónde se dirigía. Y piloto y primer oficial no se atrevían a contradecir abiertamente a su capitana, no fuera que se emberrinchara y los hiciera caminar por la plancha.
"Yo jo jo", cantaban, "limonada de naranjas, yo jo jo, la colocha nos hace buscar..."
"Quiero hacer limonada con esas naranjas", repetía una y otra vez la imponente Petoúlquina.
"¿Limonada hecha con naranjas?", preguntaba incrédulo el Tato, su piloto.
"¿Y luego vas a querer hacer naranjada con limones?", añadía Peto, su primer oficial, con cierta malicia.
"No, es que Vds. no entienden nada", decía la capitana impaciente, "Es muy simple, tomás las naranjas y las hacés limonada."
Y así, la extraña tripulación, abordo de ese bergantín antiguo y confiable, remontaba las olas de ese anchuroso río de aguas lodosas, sin saber muy bien adónde se dirigía. Y piloto y primer oficial no se atrevían a contradecir abiertamente a su capitana, no fuera que se emberrinchara y los hiciera caminar por la plancha.
"Yo jo jo", cantaban, "limonada de naranjas, yo jo jo, la colocha nos hace buscar..."
sábado, 26 de julio de 2008
capítulo decimoséptimo: la petoúlquina amarilla
Imagen por Lusifergua.
...
"Y si es nena, ¿cómo le van a poner?""Pues será Petoúlquina María." Respondió Petoulqui.
"¡¿Petoúlquina Amarilla?!"
"No, Petoúlquina Ma-rí-a." Explicó tranquilamente Peto.
"¿Pero es que, acaso han pensado en las consecuencias de bautizarla con ese nombre?"
Aún cuando ya sabía a qué se refería su tío, Peto contesto cortésmente que no.
"Es que los niños son crueles, sus burlas podrían producirle un trauma psicológico a tu hija, sin mencionar las complicaciones en cuanto a su futura vida social, la escuela, el trabajo..."
"Por eso, justamente, he escogido María como el segundo nombre; así la niña tendría este apelativo más que convencional a la par que el más que exótico de Petoúlquina."
Y fue niña. Como Peto lo hubiera previsto. Para su sorpresa, porque Peto difícilmente confiaba (confía) en sus propias previsiones.
Y como niña que era se convirtió del padre, de Peto, en su Petúlquina, Petúlquiña... Túlquiña.
¿Por qué menciono a la tal Túlquiña? Porque no hay otro ser que se le parezca más al Peto que la Túlquiña, quizás exceptuando a Tato (Tatu según la Túlquiña), el hermano de Peto. Pero no, realmente Tato es bastante diferente a Peto.
Ya he dicho alguna vez, "un petoulqui", pero, en verdad, ¿cuántos petoulquis hay? según parece sólo uno.
Le ha tomado algún tiempo aceptarlo, y un tanto más entenderlo, pero Petoulqui sólo hay uno.
Por tanto, no es coincidencia que leyera, el Peto, con tanta atención los comics de Superman, a fin de cuentas este superhéroe es "El último hijo de Krypton".
Es raro esto de ser desaptado, alienígena, extranjero y demás adjetivos que impliquen lo equivalente.
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