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viernes, 19 de septiembre de 2008

capítulo cero: la condición petoulquiana

Dedicado al Ciudadano Cero
...

"Y si escribo a lo mejor piensan que estoy vivo... a lo mejor y creo que estoy vivo...

Porque ya no estoy tan seguro...

Pero, a estas alturas, comenzar a filosofar acerca de qué es la vida, acerca de qué es vivir... sería demasiado, ¿o no?

A lo mejor, a lo mejor sería demasiado... o tan poco... pero, insisto, citando al duende: 'tanto tan poco, tampoco tanto'...

Sé que no estoy muerto...

(¿realmente lo sé...?)

Bueno, no lo sé...

¿O será éste un estado intermedio? Mi propio limbo personal (valgan todos los pleonasmos posesivos)...

El Cero, el número que es y no es...

Mi vida, mi muerte, mi ser: mi capítulo cero..."

sábado, 26 de julio de 2008

capítulo cero: la condición petoulquiana

Es interesante (¿o será mejor decir inquietante?) cómo uno pasa la vida queriendo ser lo que uno es, creyendo que no lo es y, al mismo tiempo, tratando de ocultarlo.

Bueno, uno no, yo.

Yo he tratado de ser quien soy, y sí, siempre creí que a lo mejor yo no era yo y, aún peor, traté de ocultar lo que soy.

Pero, ¿qué soy? - se preguntarán Vds. - o más bien, ¿quién soy?

Difícil pregunta, ciertamente. Difícil el responderla, quiero decir.

Cuando era un jovencito (se supone que aún soy joven; se supone, lo aclaro) tenía la manía propia de la edad de querer ser diferente. Hubiera utilizado el término destacar, pero creo que resaltar, sin embargo, nunca ha sido lo mío.

Me gusta ser reconocido por lo que hago y por quien soy, pero no ser muy notorio (miren que pongo "muy". Sí, pongo como gallina).

Pues, decía, quería ser diferente, no el común de la gente.

Pero, ahora viéndolo bien, no sé cuál era este empeño de ser diferente. Más bien, no es que no sepa cuál sino, ¿a qué venía este empeño? No era necesario. Corrijo, era completamente innecesario.

En la adolescencia (etapa crítica), uno (yo/cualquiera) tiene (como contrapuesto a mi mentado empeño), una necesidad psicológica de pertenecer.

He ahí la contradicción:

Veamos, por una parte quiero (como adolescente que soy/que fui) estar afuera, ser individuo digamos; por la otra, quiero estar adentro, ser parte de la masa.

Quiero ser libre (digamos que "libre"), pero no quiero estar solo.

Cuando quiero encajar no encajo, pero en las antípodas, si no se reconocen mis características individuales, rabio.

Y así he estado desde esos años. Chocando en cada grupo del cual haya formado parte. Por... pues, por no haber encajado. Tarde o temprano surgen las rencillas o, simplemente, me harto.

Así que, por pose (sí, por "pouser" [sic]), dije, en esa época, que era un Lobo Estepario, un Wontolla, con todo el romanticismo adolescente de un Hamlet, de un Werther ("te lo dije, que volveríamos a vernos"). Pero no, esto de sentirse una fiera solitaria, aislada, no tiene nada de romántico (¿qué tal de paradojas? ¿eh?).

Esto de parecer Juan Pablo Castel, entunelado, no tiene nada de gracioso (si hubiera querido implicar chistoso, habría empleado este término), nada de sofisticado (a lo mejor sí una pizca de sofista), nada de interesante (usemos esta palabra, pronto la reemplazamos por una más adecuada...)

Llega uno a los veintiocho años (pero sintiéndose más viejo... ah, y uno soy yo, no lo olvidemos) y se da cuenta (estoy consciente, sí) que estoy más solo que... (insértese símil metafórico tipo "Así estoy yo sin ti" de Sabina), ajá.

martes, 29 de abril de 2008

capítulo cero: la condición petoulquiana

"Odio las normas." Exclamó Petoulqui.

"Y, ¿cómo es que si odiás las normas se te ocurrió estudiar Derecho?" Le preguntó Tato, su hermano, casi un abogado.

Nunca, jamás, en todo este tiempo P. había pensado siquiera una vez en lo anterior. Era cierto, cómo era posible que alguna vez estudiara Derecho, si él ni siquiera soportaba la más mínima normativa.

Todo se originó mientras P. comentaba que él en su adolescencia era muy aficionado al Dibujo, y que cuando hacía un claroscuro nunca se preocupaba por distribuir la sombra, la penumbra y el reflejo de la luz de manera ordenada, sino a su antojo.

"Es que, odio las normas." Dijo P., "No puedo seguir ninguna clase de formalismo."

Fue entonces cuando Tato hizo su pregunta, y ésta a su vez respondió una inquietud que había estado creciendo dentro de P. desde hacía tiempo. Cómo él, que era tan sinuoso, pudo estudiar derecho. Era algo bastante contradictorio, ciertamente.

Pero, he ahí la respuesta porque, si bien P. era sinuoso y no derecho, por otra parte, P. era terriblemente contradictorio ("Terriiible", diría Mephisto).