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lunes, 10 de septiembre de 2012

capítulo cero: esperanza

Dedicado al verde esperanza que lleva el Blog Chisgarabís, y a su autora, La Filistea
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Hay una esperanza atrapada en mi cuarto.

O quizás no es que esté atrapada, quizás se metió por su gusto y gana. A lo mejor simplemente no quiere salirse.

Es un bichito verde que anda brincando de un lado al otro y no tiene ninguna intención de ocultarse, más bien quiere hacer patente su presencia (ya se lanzó contra mi ojo, en caso de que hubiera tenido la menor intención de ignorarla).

No sé porqué estos bichitos, las esperanzas, tienen por costumbre aparecerse cuando todo parece más perdido o simplemente desesperante; y bueno, a veces, también aparecen cuando la vida parece insignificante (ésta es la palabra, citando a aquella joven del grave sobrenombre).

En fin, creo que esta esperanza ya hasta me picó. Supongo que tendrá una agenda secreta, la cual incluye impedirme continuar sintiendo la misma depresión que es como el bajo continuo de mi existencia (no es para tanto, es sólo que hay gentes felices y yo no soy así), al menos por unos cuantos compases de descanso.

Esta noche no he escuchado a los mosquitos, sólo (sic) a esta esperanza impertinente. Supongo que debo agradecerle a la verde molestia que persiste en convertirme en cándido optimista.



martes, 21 de agosto de 2012

capítulo cero: la vida misteriosa

Dedicado a Iván Jamett
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Dicen que la muerte es misteriosa, pero la vida también lo es. Creo que la diferencia es que la muerte nos es desconocida totalmente y de la vida es poco lo que podemos conocer y aún menos lo que podemos comprender.

También dicen que es la muerte la que nos mata, pero no: creo que es la vida misma la que nos mata, simplemente cambiando de rol.

martes, 2 de diciembre de 2008

Cuento Original: A story of a girl named Jessica and her Kitten in a jar


Dedicado a Heather Jessica Pellecer


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Once upon a time, there was this girl, whose name was Jessica, and she lived in a little house. It was so little that she barely had any space to share, and even more, our girl was an artist and any available space was filled her works.

She was happy, even on rainy days; the only drawback those days was that, sometimes, she felt bored, because of the obligated stay.

Maybe if she could have some kind of a pet. But, what pet could fit in that very, very, very little house?

One day, however, Jessica heard a very soft sound. She looked all over the little house, checked in every corner, below everything, and could not find anything.

At some point, she even thought that maybe it was all in her imagination. But at night, when she was preparing to sleep, Jessica heard the sound again, it was so hushed…

It was like the crying of a little baby, but a very little one…

Suddenly, she noticed that a glass jar of her cupboard had moved. She was a brave girl, but even so, she felt a little upset about this inexplicable phenomenon.

As I said, she was a brave girl, so, little by little, step by step, Jessica approached the glass jar, but as she tried to grab it, it rolled away a little, and whenever she tried to even touch it, the jar would roll away, until it reached the wall: there was no escape now…

So, Jessica grabbed the glass jar, and, what did she find?

A cat that was so little that fitted inside a jar. Well, truly it was a kitten, but still he was too little even for a kitten. Jessica liked weird things, so she loved the kitten.

Jessica proceeded to open the jar to let the kitten come off, and thinking that he could be hungry fixed him dinner, a dish with milk, but the dish was too big for the little cat to reach, and when he did, he stumbled inside and almost drown.

So Jessica used the cap of the glass jar to pour the milk.

It was the beginning of a nice friendship between our girl Jessica and the kitten.

As you may see in this little story everything seems to fit. I guess that some of you may ask, “but, how did that kitten ended up in that glass jar?” I could tell you, but I rather let you try to imagine.

Jessica would not allow her kitten to develop any inferiority complex, so in the first place she called him Napoleon, because Napoleon Bonaparte was a man whose height was little but his will was high.




Imagen: Propiedad de Heather Jessica Pellecer.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Cuento Original: ¡JA-JA!





Este relato está dedicado, respetuosamente, a mi buen y paciente amigo Octavio Enríquez. Aún cuando la temática es autobiográfica; es decir, trata acerca de mí.
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Rió y su carcajada resonó en cada esquina:

“¡JA-JA!”

Se creía tan gracioso. Casi podía sentir la comicidad atravesando su cuerpo.

Ahora bien, utilizamos el término “sentir” con cierta amplitud, con alguna libertad, hemos de reconocer, porque si bien se suponía que nuestro individuo era un ser sensible y sensitivo, más bien sólo representaba esto último en una cuasi absoluta ausencia de lo primero. Y, por aparte, las sensaciones que tenía estaban bastante distorsionadas por haber bebido ávidamente del cáliz dionisiaco.

Había llegado a la reunión social y repentinamente lo había golpeado el hecho de sentirse terriblemente inadaptado. Definitivamente, algo no estuvo bien en su educación, puesto que él no estaba integrado satisfactoriamente a la sociedad, y no nos referimos a la pasividad de una insociabilidad, sino también a ciertos rasgos antisociales.

Cuando le preguntaron qué deseaba beber, él respondió tratando de pasar por ingenioso que quería una cuba, “pero, una cuba socialista…”, y quien se la sirvió le respondió, “ah, una cuba ja-ja…”, y le entregó la bebida preparada impecablemente.

Comenzó a beber y sintió los efectos relajantes del ron. “Ah, el ron…”, pensaba, “… la bebida que tomaban los marinos ingleses cada mañana para fortalecerse. Y, claro, también los piratas…” Y como pirata, el ron lo despojaba, pero de su sensatez.

¿En qué momento comenzó todo esto? O más bien, ¿de qué manera? Es que no podía recordarlo, o quizás era simplemente que no podía entenderlo. En estas historias, que eran la frecuencia de su vida, siempre había una pregunta, la cuestión fundamental, claro es: ¿por qué?

¿Por qué se tornaba repentinamente en todo lo que él odiaba (o creía odiar)? ¿por qué, de manera inesperada, él hacía a otros lo que no quería que le hicieran? ¿Por qué era capaz de lastimar a quienes amaba más?

Sería mentir si dijéramos que nunca había respondido estas preguntas. Lo había hecho, por supuesto. Y las respuestas que encontraba eran de diversos tipos, psicológicas, filosóficas, morales, etc. Pero, el hecho es que eran respuestas y no soluciones; el problema fundamental no estaba resuelto. Algo estaba descompuesto y él, evidentemente, no era capaz de arreglarlo.

“¿Por qué?”

“¡¿Por qué?!”

“¡¡¿POR QUÉ?!”

No había sido capaz de resolver el enigma. En vez de eso, cada vez más, se había internado en un laberinto… y él sabía que en los laberintos hay, por lo menos, una bestia capaz de matar y devorar a un hombre… o, a lo mejor, de comérselo vivo, nunca se sabe, la verdad.

Vivía por reflejo condicionado y lo sabía. El caos en su interior era fácil de identificar en su exterior, en sus relaciones sociales, en sus actividades cotidianas, incluso en el desorden de su habitación-estudio-lo que sea.

Y así, así sin más, así como era él, sin estar muy seguro (quitémosle el muy) de qué carajos pasaba consigo mismo, extraviado en ese infinito laberinto que era su propia vida; así llegó a la reunión social, se bebió su primer “cuba ja-ja”, sintió al cómico en él emerger, escuchó cómo se reía macabramente, sonrió de oreja a oreja (como nunca lo había hecho) y comenzó la función, “su función”.

De repente sintió los reflectores en la cara, pequeñas lucecitas fijas en él, atentas a cada movimiento que hacía. Lo seguían en cada una de sus gesticulaciones, de sus pantomimas.

Él reía y parecía como si un eco (sería la resonancia del laberinto) hacía que su risa se tornara ensordecedora. ¡JA-JA!

“¡JA-JA!” Todo el mundo reía con él, cada cosa que decía era graciosa. Él era el bufón y lo estaba gozando.

Cuando encontró el chiste perfecto, decidió apegarse a él, a fin de cuentas, hay que continuar con lo que funciona. Siguió con su chiste de repetición, ¡JA-JA!, “ES QUE ES TAN GRACIOSO, PERO TAN GRACIOSO”.

Parecía que ya no quedaba nada de su timidez inicial, estaba en el extremo opuesto, sin haber pasado nunca por el intermedio.

Entonces, escuchó el bramido de la bestia (un minotauro, supongo), la criatura que habitaba en el laberinto y que no parecía dispuesta a dejarle en paz ni en su momento de mayor gloria, en el más grande de sus triunfos.

Y, aún cuando nos parezca increíble, la vio frente a él. Era realmente monstruosa, era un engendro repulsivo.
Como un relámpago, recordó algo, era un párrafo de cierto cuento escrito por Oscar Wilde, que él había leído hacía tiempo. Se titulaba El Cumpleaños de la Infanta:

“Cuando al final la verdad se abrió paso en su mente, el enano lanzó un aullido un grito de desesperación y cayó al pavimento sollozando. ¡Ese ser deforme y jorobado, de aspecto horrible y grotesco, era él! ¡Era él mismo, él era el monstruo, y era de él de quien se habían reído todos los muchachos... y la Princesita, en cuyo amor creyera...”

El párrafo describía justo el momento cuando este noble personaje, el enanito, cuya belleza interna era formidable, veía por vez primera, reflejada en un espejo, la imagen de su cuerpo deforme…

Y ahora le tocaba a él, a nuestro individuo, de una fealdad interna abominable, ver la verdad sobre sí mismo. Ahí estaba la bestia ante sí, la bestia bramante. Pero no era exactamente un minotauro. La voz gutural que emitía era cada vez más familiar, la había escuchado antes, pero dónde, esto no lo podía recordar…

Escuchó más atentamente, ¿cómo sonaba...? ¿qué era lo que decía?

Ah sí, ahora lo sabía:

¡JA-JA!

“Sí…”

“¡JA – JA!”




Imagen: Tomada por Alex Luna

jueves, 30 de octubre de 2008

Anécdota musical: El Trino del Diablo


Para Quinoff




Cuando Giuseppe se casó con Elisabetta Premazone no se imaginaba el problema que estaba contrayendo.

Giuseppe Tartini era un joven de dieciocho años, estudiante de abogacía en la Universidad de Padua, donde demostró ser un buen litigante, con la espada, hemos de señalar. Y su prometida, Elisabetta, era una de las “favoritas” del Cardenal Giorgio Cornaro. Cuando el religioso se enteró de la boda entre el estudiante y su “favorita” se sintió indignado, como seguramente se hubiera sentido Gianantonio, el padre de Giuseppe, de seguir con vida, pero debido a que Elisabetta era mayor que su hijo y de distinto estamento social.

Por lo tanto, Giuseppe, acusado de "abducción" por su excelencia y siguiendo los consejos de su instinto de supervivencia, tuvo que abandonar a su recientemente desposada cónyuge y partir hacia Asís, al monasterio de San Francisco. Que este sitio fuera el punto que determinara como su escondite no debió de ser una casualidad, de ninguna manera algo azaroso, pues cuando niño, los padres de Giuseppe, Caterina Zangrando y el mencionado Gianantonio habían decidido por su vástago que su destino era convertirse en un monje franciscano (y en última instancia, fue por estos estudios con los franciscanos, que nuestro fugitivo tenía ciertos conocimientos musicales).

Ahora, más allá de estos hechos históricos, nos adentraremos en los terrenos cenagosos de la leyenda, y es posible que un vaho espeso cubra nuestras miradas. Es decir, quizás lo que yo escriba y lo que lean Vds., amables personas quienes me siguen en esta narración, no sea del todo cierto, pero a lo mejor sí entretenido. Vos diréis, entonces.

Estando nuestro joven amigo, Giuseppe, encerrado en la celda, amablemente compartida por los buenos hermanos del Monasterio de San Francisco en Asís, a punto de quedarse dormido, vio aparecer ante él una imagen hasta cierto punto oscura, aún cuando paradójicamente brillante (puesto que podía verla en las tinieblas de su encierro). La imagen le habló, y se presentó, sin más miramientos, como el Diablo, ni más ni menos. Según le explicó, no era su intención causarle espanto ni hacerle daño; lo único que deseaba era servirle. Y, para que vean que fue aquella una noche paradójica, al señorcito Tartini no se le ocurría nada qué pedirle. Finalmente, Giuseppe recordó que él mismo era violinista, un músico (con ciertos conocimientos básicos, ya dijimos), y le pidió a la figura oscura que tocase algo para deleitarle.

Como un genio de las Mil y una noches ("escucho y obedezco"), la figura tomó el violín, que Giuseppe usaba para acompañar los servicios religiosos, afinó las cuerdas y, sorpresivamente, comenzó a tocar la música más maravillosa que hubiera escuchado nuestro encerrado amigo, quien permanecía en silencio y casi sin poder respirar, sintiéndose sobresaltado al escuchar cada deslumbrante trino producido por la relampagueante destreza del siniestro.

Justo cuando terminó la interpretación, Giuseppe despertó.

Sí. Aparentemente, todo había sido un sueño; trató de recordar cómo sonaba la música que había escuchado mientras dormía. Apuntó lo que recordaba y se transformó en lo que Tartini (ya no nuestro querido, joven e inexperto Giuseppe, sino Tartini el gran compositor y teórico) llamó “La sonata del trino del diablo” para violín solo y bajo cifrado.

Y según se dice, las palabras finales de Tartini para Jérôme Lalande, el astrónomo francés, al relatarle esta historia (o una parecida, al menos), fueron éstas: “(Mi composición) es tan inferior a lo que escuché, que si hubiera podido subsistir por otros medios, hubiera hecho pedazos mi violín y abandonado la música para siempre.”



sábado, 6 de septiembre de 2008

Cuento Original: Jazzman


"Dedicado a Charlie Parker, Julio Cortázar y El Perseguidor"


(El Jazzman)




Decían que tocaba mejor que cualquiera que lo hubiera hecho antes… que era el mejor hasta entonces… que no podía ser humano.

Lo habían colocado en una posición de superhombre, de semidiós, de héroe de leyenda. Todas las noches iban hordas de fanáticos a escucharlo. Decían que era lo más emotivo, lo más profundo.

Él y su trompeta eran uno.

Tocaban de todo. Desde “When the saints…” hasta “Manteca” y “Groovin’ high”. Ellos eran el jazz… no hacían jazz, no; ellos eran el jazz mismo, y el jazz era ellos. Nadie se atrevía a contradecir esta afirmación. Bueno, casi nadie…







Toda la vida se la había pasado admirando a estos jazzmen.

Desde que había escuchado a Miles Davis no había podido sacarse de la mente el sonido de esa trompeta, y todo lo que escondía: los “blues”, el “swing”, la esencia misma de la música.

Y desde entonces había soñado únicamente con tocar así, con vaciar todo su contenido de esta manera.

¿Que qué iba a ser de él si se vaciaba por completo?

Pues en principio, no quedaría vacío su ser. En todo caso, quedaría vacío su cuerpo, como el de Bird, que se había ido volando como un ave, como el pájaro cantor que era. Esa clase de ornitomúsico no podía ser enjaulado, y él tampoco.

Así como unos niños sueñan con ser deportistas estrellas, médicos, actores o cantantes famosos, él soñaba con ser un jazzman.

Ya lo dije, pero lo aclaro por si las dudas, a él no le interesaba la fama, sino sacar lo que tenía dentro. Eso que es desconocido, pero no por ello inexistente. Quería liberarse por completo de las ataduras físicas.







“El sentimiento es lo más importante.”

Ese era su argumento más insistente en cuanto a la música. No importaba el virtuosismo desplegado por otros jazzmen en una ejecución aparentemente impecable, la mayoría de las veces él parecía no inmutarse; era como cuando en las proyecciones de películas cómicas no se reía porque sentía que el humor era muy vulgar, muy poco ingenioso, descerebrado por decir algo. Pero más que todo, lo sentía sin alma, sin contenido.

Por eso no se reía.

Y luego, por eso no podía sentir ante la carencia de algo sensible.







(El Crítico)




Pero, basta, a fin de cuentas esta es una reseña de jazz, a eso nos dedicamos.

Ahora, mis palabras vuelven contra mí. Yo lo dije: ellos no hacían jazz, ellos eran el jazz mismo. Quizás sea cierto, al menos en este caso, quizás sea imposible separar al artista de la obra.

Recuerdo la primera vez que los escuché, bueno que lo escuché a él con su grupo de turno: fue una noche en la cual no pude resistir a la tentación de comprobar los rumores de la masa; a fin de cuentas, nunca he sido afín con esos juicios colectivos sobre lo que sea, no me parece que reflejen ninguna clase de criterio maduro, más bien me parecen pan y circo, fuegos artificiales, etc. Pero hay que reconocer, así como generalmente la masa se equivoca, también hay excepciones a la regla.

Entré y lo vi… y lo oí. He allí esos fuegos artificiales de la sinestesia más perturbadores que jamás hubieran percibido mis vulgares oídos de crítico, he ahí ese circo romano con sus leones psicodélicos, rugiendo como en “El Carnaval de los Animales” a través de la música, he ahí esos gladiadores acústicos acosándome, amenazando con despedazarme, y yo, pobre diablo, presto a todo aquello porque había perdido todo dominio de mí mismo, toda voluntad. De repente, cual la masa, había caído hipnotizado, aletargado, en un sopor que es por su propia naturaleza inefable.

Todas mis memorias, las que pudieran ser una referencia al caso, acudieron. Me sentí ante Dizzy, Bird, El Gremlin, Monk, Coltrane, Sachtmo, Liszt, Paganini…

Qué decir, alrededor del Mundo y en distintas épocas, cuántos habrán sentido algo similar. Y allí estaba, ahora era mi turno.

Repentinamente surgió en mi mente como habrá surgido en la de aquellos que escucharon estupefactos al violinista de Génova:

“Este ser que está frente a mí… esta criatura, este genio… este jazzman no es humano…”








Hay momentos de verdadero terror en la vida de una persona, éste que he narrado fue uno de los míos.

Ahora bien, era un terror más bien embriagante, de esos como si uno fuera cayendo de una altura considerable y la perspectiva del golpe fuera más una esperanza que un temor. Pero, siempre queda el factor desconocido, y esto desconocido a algunos, por más que sea delicioso, no nos termina de convencer. Así me sentía.

Pero, ¿ya qué?

En todo caso, el único detalle fuera de lugar aquí es narrar todo esto en una columna sobre jazz, y creo que la moraleja es que uno puede creer toda su vida que está en esto o aquello, pero al final de cuentas, quizás no…

Y así creo que me ha pasado a mí.

Porque lo que yo creía que era jazz (y lo era, al final lo era), resultó ser más que eso (eso sí, más que jazz, “Jazz y algo más”[1]. Porque el jazz es importante y no se le puede dejar de lado, ni siquiera en estas metafísicas meditaciones…).

Pues bien, cómo pasa un tipo normal (tómenlo como quieran), un crítico respetable (aún cuando no muy respetado), un aficionado a la música, estudioso de ella; cómo pasa un tipo como yo, cómo paso yo de donde estuve a donde estoy, o a lo que soy ahora, eso ya está resuelto. Y si no lo ha entendido creo que no ha puesto atención o esto del jazz realmente no es lo suyo.

Pero, eso nos deja en ahora, en como estoy, en qué estoy.

Estoy… bueno, era más fácil contar cómo llegué que el qué.

Déjenme plantearlo así:



(La Epifanía)




“Decían… que no podía ser humano.”

Me parece que ciertamente este sujeto, este jazzman no era humano. Lo había sido, digamos que lo fue, que comenzó su vida y por qué no, su carrera, siendo humano. Un tipo normal (nuevamente, tómelo como quiera), que se despierta a las 6, va al baño (no me pregunte para qué si Vd. ya sabe…), desayuna rápidamente, se toma un café y sale corriendo a tomar el colectivo de su preferencia (a fin de cuentas hay tantos), se la pasa el día trabajando y regresa por la noche buscando en qué entretenerse hasta que siente sueño (porque el sueño también se siente, eh).

Y así, per secula seculorum…

Pero, así y todo no es feliz (bueno, ¿quién es feliz?, pero esto tiene algo que ver con la felicidad, sígame en esto…)… qué hace entonces, compra objetos, o personas, experiencias, o aún más, las vende… qué hace…

Es esto la vida, ¿para esto tanto esfuerzo?

Ah, pero, algunos creemos que hay algo más. Estamos los más escépticos y quienes nos sentamos cómodamente en nuestro sillón o en nuestra mesa a tomarnos una cerveza, un vino, nos fumamos un cigarrillo, y ¿qué hacemos?

¡Escuchamos!

Ahora, cualquiera se sube a un escenario y lo hace regular (claro, hay quien lo hace muy mal, y lo digo porque sé, soy un crítico…), hay quien lo hace bien, muy bien y así… pero, están estos otros sujetos, aquellos a quienes ni yo ni todas las legiones de críticos podríamos encontrarles una mancha; no es sólo que sean muy buenos, es que, no son de nuestra liga, o nosotros de la suya, y entonces sucede…

Esto lo escribe un crítico, pero sé que le puede pasar a cualquiera (no sólo porque soy un cualquiera; pero nunca corriente, eh).

¿Por qué digo que le puede pasar a cualquiera? Pues porque esto es nuestro patrimonio, y ahora olvídese de su apellido, de sus propiedades (si es que tiene), y simplemente escuche.

Se pregunta en qué estoy o en dónde. Si es lo último, pues aquí mismo frente al computador, no es mi cuerpo el de la epifanía, soy yo.

Si bien el jazzman tiene el poder de invocar eso desconocido con su trompeta, yo tengo el poder de apreciarlo: es sólo un momento, es sólo un Standard, es sólo eso…

… y no otra cosa…



[1] Como el título de la película del director afro americano Spike Lee, “More Better Blues”.

Imagen: http://www.apoloybaco.com/imagenes/Jazz/charlieparker.jpg

miércoles, 18 de junio de 2008

capítulo decimocuarto: el ratero


Dedicado a Estuardo Pellecer S.
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Esperó a que no quedara ninguno.

Se acercó con naturalidad a la casa. Con unas ganzuas anuló el efecto de la llave que había asegurado doblemente. Después forzó la entrada, porque había quitado la doble llave pero todavía tenía que accionar el picaporte, el cual, sin llavín, solamente podía abrir desde dentro.

Dejó la bicicleta, en la cual había llegado, apoyada en la puerta y entró... a lo desconocido. Porque, a pesar de todas sus observaciones, y de haberse percatado de que no había ninguna persona en la casa, nunca se sabe.

Fue ingresando cautelosamente y se encontró con el segundo obstáculo, una reja que impedía ingresar del zaguán al corredor. Pero esto no le preocupó. A fin de cuentas, he dicho que se encontró con ella no que no supiera con anticipación que estaba ahí. Rompió uno de los anillos de los candados y la reja cedió inútil a su paso.

Fue al primer cuarto, la puerta no estaba con llave, se dirigió al gavetero y forzó el único cajón que tenía seguro, lo sacó del mueble y se fue con él en dirección al segundo cuarto, cuya puerta sí tenía llave; la forzó fácilmente, pero sólo encontró cosas inútiles: libros, discos, montones de papeles, una cama sin tender, ni siquiera le interesó revisar ninguna de las gavetas del escritorio (o eso me supongo, porque ahí siguen los cien quetzales que dejé).

Se fue al corredor con el cajón ese que sí le interesaba y se puso a revisarlo minuciosamente, sólo hubo un hallazgo: dos cadenitas chapadas en oro reventadas y un collar de fantasía...

"¡Qué putas está haciendo aquí!" Le gritó Tato enfurecido cuando al entrar lo encontró así, tan tranquilamente revisando las pertenencias de nuestra madre.

El ratero pegó un salto tan ágil al patio que quién creyera que era tan gordo. A su vez, mi hermano vio hacia todos lados buscando a algún otro saqueador. Mientras lo hacía, el ratero con su agilidad de jaguar o lo que Vds. quieran, dio un brinco, sobre una maceta, y llegó del patio hasta al zaguán, salió por la puerta, la azotó tras de sí, vio a mi madre en el carro, le dijo cortés y con una sonrisa, "Buenos días", se montó en la bicicleta y se fue de tal manera que este año, si participara, a lo mejor lograría el primer puesto en la Vuelta Ciclística.

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Ah, por cierto, aplicado a este caso concreto, al hecho en cuestión, el delito que corresponde a este supuesto es hurto y allanamiento de morada. Esto lo encontré en el código penal guatemalteco, pero como no le atinaba tuve que complementar consultando el Drae, es que a veces no entiendo las palabras...

domingo, 1 de junio de 2008

Cuento Original: Las Paredes de Leonel



Dedicado a Leonel Juracán


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Leonel se sentaba diariamente frente a la computadora y escribía. Porque era un escritor.

Conocía la teoría del “Evolucionismo”, pero no era uno de sus partidarios ni tampoco uno de sus detractores. Había escuchado que el trabajo era el motor de la transformación del mono en hombre; que era lo que transformaba todo y podía resolver los problemas de la sociedad.



Ah, pero además tenía una prueba irrefutable de lo anterior.

Leonel tenía un amigo llamado Beto; cuando lo conoció parecía un ser humano cualquiera, sin embargo, un tiempo después comenzó a cambiar, se volvió primitivo, instintivo, tosco, taciturno, receloso. Ya no era el de antes; es más, se dejó crecer la barba y el cabello.

Esa fue la época en que Beto había quedado desempleado.

Todo cambió cuando Beto consiguió un nuevo trabajo. Volvió a su actitud y apariencia de cuando Leonel lo conociera.

Cualquiera pensaría que Beto había pasado por una etapa depresiva debido a su desempleo, mas, Leonel sabía exactamente lo que había sucedido: su amigo había involucionado; era lógico, si el trabajo era el motor de la evolución (de la transformación del mono en hombre), la falta de él era el motor de la involución (de la transformación del hombre en mono).



Como dije al principio, cada día, Leonel escribía en el procesador de palabras de su computadora. Ésta se encontraba en un estudio como cualquier otro, hasta que un día no se encontró más.

¿Dónde estaba? ¿Cómo es que había desaparecido?

“Alguien habrá entrado y se la llevó.” Pensó Leonel.

Esto, por supuesto, no era extraño en esta ciudad y en estos tiempos.

Leonel casi no salía de su pequeño apartamento. Era una persona respetable, respetuosa y reservada, quien se dedicaba a escribir, era éste su trabajo. Así que sacó del olvido su vieja y pequeña máquina de escribir.

De pronto, la hasta entonces silenciosa habitación, ¡tronó! (tín). Tac-tac-tacatactactactactac-tactactac-tactac-tac-tíííííín…Etc.

Para Leonel fue algo maravilloso: después de todo, hacía mucho tiempo que no escuchaba ese sonido, el cual lo anegó de inefable nostalgia.

Escribió y escribió, porque seguía siendo una persona respetable, respetuosa y reservada, quien se dedicaba a escribir.

Cuando se sintió cansado se fue a dormir. Había dejado las hojas, sobre las cuales había escrito, junto a la maquinita de escribir.

A la mañana siguiente, no encontró ni la máquina de escribir ni las hojas escritas. No le extrañó(porque en estos tiempos un hurto ya no nos extraña a muchos de nosotros), pero le molestó que se hubiese perdido su trabajo; sí, su trabajo de un día… como si hubiese cesado de existir, como si ese día nunca hubiera existido, como si fuera el día anterior, o, incluso, un día muy anterior…

Ah, y se molestó también, porque ahora recordaba (cosa extraña), porque ahora se daba cuenta (ahora, ¡hasta ahora!), que al llevarse el procesador de palabras, se habían llevado también su trabajo de meses (y lo dejaban como si fuera el mes anterior, o un mes muy anterior, o un tiempo muy anterior…).

Su trabajo, su actividad; ya no se sentía igual sin él, se sentía como una criatura distinta(menos trabajada, menos ajada), un cambio se había operado en él.

Sus palabras, sus conceptos, habían sido sustraídos.

“La evolución del ser humano se dio a partir del concepto, de la palabra, he ahí su importancia.” Le había dicho Iván. Le habían despojado de sus conceptos, de sus palabras; ya no era, ya no podía ser el mismo sin ellos.

“Las desgracias nunca vienen solas…” dijo Gertrudis en Hamlet. ¡Cuán cierto le parecía ahora!



Leonel era un ser respetable, respetuoso y reservado, quizás receloso, impulsivo, instintivo… y se dedicaba a escribir, ahora con un bolígrafo, todavía en hojas sueltas.

Era curioso, pero lo que antes le pareciera una desgracia, ahora le resultaba dulcemente nostálgico, como el presente reviviendo el pasado (como cuando de niño había comenzado a escribir cuentitos en un cuadernito).

Escribía libremente, tachaba, hacía notas al margen. Corregía sobre correcciones. Era toda una aventura, era muy entretenido.

¿Primitivo? Quizás. Se acercaba a sus raíces (a nuestras raíces); raíces que van más allá de la cultura o cualquier “división” humana, porque la diversidad es solamente aparente.

Todavía le quedaban conceptos, todavía le quedaban palabras.

Así, escribió hasta que ya no pudo más y se quedó dormido.

Cuando despertó, sintió que algo se repetía, pero de manera distinta, no sabía bien qué: ya no estaban las hojas escritas, ni aquellas en blanco, ni su bolígrafo, ni instrumento alguno para escribir.

No se irritó. La desazón de las veces anteriores había dado lugar a una especie de expectación por ver qué sucedería luego. Lo único que tenía fijo en la mente era que quería escribir.

Con un clavo, talló letras en sus paredes y con las letras formó palabras. Escribió todo el tiempo, mientras quiso hacerlo. Conceptos, palabras, cuyo sentido él se los otorgaba. Cuando ya no pudo más, cesó su actividad y durmió tranquilamente. Si alguna vez le habían molestado los sucesos anteriores, ahora le eran ajenos. Descansó sin preocuparse acerca de lo que pasaría mañana.

Contemplaba los sucesos, las cosas, sin prever, sin soñar, sin recordar.

Porque, alrededor de Leonel… ya no estaban las paredes.


lunes, 19 de mayo de 2008

capítulo cero: yo soy yo

Dedicado a Luis Alfonso Paniagua Rozzotto

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yo me observaba detenidamente.

"De manera que vos sos petoulqui y petoulqui sos vos. Me parece. Sin embargo, nunca más volvás a decir, 'petoulqui soy yo y yo soy petoulqui', únicamente yo soy yo".

yo tenía razón, únicamente yo era yo.

Petoulqui no podía ser... yo...ni, ¿cómo decirlo...?, Julio podía ser yo.

A lo mejor alguien se pregunta, ¿quién es yo? y yo respondería, "yo soy yo".

jueves, 1 de mayo de 2008

Cuento Original: Comida para ratones


Dedicado a Lusifergua
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Un ratón se aburrió de estar sentado encima de un trapeador y se fue, lentamente.

Llegó a un “restaurante para ratones” del cual había escuchado muchos elogios. Ya que servían “comida para ratones”, pensó que nada malo pasaría si en lugar de buscar alimento en las despensas y en los basureros humanos, como su mamá ratona le enseñara, comía fuera para variar.

Se sentó en una mesita redonda muy bonita (y democrática también), cubierta con un mantel blanco inmaculado, hecho a mano, y que, como era de noche, tenía encima una veladora encendida.

“Qué bien me siento aquí”, pensó el ratón.

Talvez lo único malo era que estaba solo, no había ningún otro comensal en el local,
pero, más vale solo

Se acercó el mesero con la carta, aún cuando, en realidad, solamente servían una cosa: comida para ratones.

El ratón meditó unos instantes y luego ordenó solemnemente: “Quiero… un vaso con agua…”, y agregó con una sonrisa irónica, “… es que aún no puedo decidirme por ningún platillo en especial”.

El mesero, con una expresión que denotaba decepción, se dirigió a la barra y pidió el agua, la llevó a su cliente y le preguntó: “¿Algo más, señor?”.

El ratón hizo el ademán de agregar algo a su cuenta y dijo: “No en este instante, déme un momento para pensar por favor”. Sonrió complacido y se bebió el agua que estaba en el vaso, bien valía la pena aguantar un poquito el hambre con tal de ver la ansiedad del mesero. Quizás fuera esto más delicioso que cualquier especialidad que sirviera la casa.

Finalmente, el ratón llamó al mesero. Había pasado media hora y el waiter parecía no querer esperar más (qué irónico, ¿no es cierto?, generalmente son ellos quienes nos hacen esperar).

“Bueno…”, dijo el ratón, y el mesero se acercó atento. “Le agradezco su paciencia para conmigo…”, continuó diciendo el ratón, “sé que mi tardanza no ha de ser usual, pero yo no soy un ratón usual…”, y repentinamente se detuvo.

“¿Señor?”, exclamó el mesero, pero implicaba: “¡¿Y?!...”.

“Pues, sabe Vd., a veces se gana, otras no. He decidido…”, y el ratón volvió a pararse en seco.

El mesero tenía ya el bolígrafo sobre su libreta para apuntar.

“Decidí… que esta noche, a decir verdad, no me apetece cenar 'comida para ratones' fuera de mi madriguera”, concluyó el ratón.

El mesero frunció el ceño y con su índice señaló la salida del local, desterrando por siempre y para siempre al cliente, si es que se le podía llamar así.

El ratoncito salió muy sonriente. En verdad la había pasado muy bien, aún cuando era la última vez que la pasaba bien en este local, al cual no le iban a permitir reingresar nunca más (nunca más es un largo, largo tiempo).

En fin, siempre quedaban otros lugares a donde ir.

Se fue a su nido y se acomodó en su lecho sin cenar. No era un castigo, simplemente el hambre se le había perdido en el camino de vuelta.

Durmió. En sueños, uno de sus amigos ratones le describía que el “restaurante para ratones” era en realidad una ingeniosa ratonera y que la “comida para ratones” que allí servían estaba envenenada; nuestro ratón suspiró aliviado y le comentó a su amigo, “no probé ni un bocado”.

Repentinamente le dolió el estómago, oyó que le llamaba una macabra y lejana voz que apenas le era familiar, volteó y vio al mesero, quien mordazmente le recordó, “¿Y qué hay del agua envenenada que te serví?”.

Entonces, en su lecho hecho de trozos de papel periódico, el ratoncito se estremeció.

¡Qué bueno que TODO había sido solamente un sueño!

(¿O no?)

“Comida para ratones servida en un restaurante para ratones”, ¿quién ha oído hablar de tal disparate?




domingo, 6 de abril de 2008

capítulo quinto: perro muerto


Este relato lo dedico a Oswaldo J. Hernández, fuente de inspiración. Y reconozco la influencia directa e indirecta de su artículo El Niño Abimael, publicado en La Virtual Alteridad.
...

Petoulqui camina por la semidesierta universidad de San Carlos en un día domingo, sufriendo las inclemencias de un sol de pasado meridiano, siente sed, agotamiento; cada paso es más difícil que el anterior, se siente enfermo. El resfriado no le sienta bien.

Y mientras sigue su caminata tratando de alcanzar esa lejana parada de autobús que lo lleve de vuelta a su entorno natural, eso es la zona 1, recuerda cuando recorría a pie, cada tres días, el kilómetro que separa el puente ese de Amatitlán hasta la Ceiba que está justo antes de una gasolinera.

También hacía calor a veces, pero en esa época se sentía más vigoroso.

Ahora bien, lo fundamental de ese recuerdo es la imagen, con todo y olor, del cadáver de un perro al lado del camino. Es difícil olvidar esa clase de cosas, especialmente el olor. Petoulqui conoce el olor de la muerte, la primera vez lo percibió en la morgue del organismo judicial para aquella jornada de Medicina Forense. Quizás esa fue la primera vez que se dio cuenta de que un cadáver puede ser como una máquina inservible que se desarma. Sus concepciones de la vida y la muerte cambiaron ese día.

Pero, no hay que subestimar lo del perro, aún cuando pasó unos años después, el perro muerto le enseñó a Petoulqui, de una manera empírica, lo que es el proceso de descomposición: primero, estaba el perro completo, con el cuerpo maltrecho, con los ojos salidos y la sangre coagulada, pero completo; luego, el cuero sobre los huesos; y finalmente, los huesos solos. Y la mayoría del tiempo percibió el olor, ese inconfundible olor macabro.

Cualquiera, al ver al perro en su descomposición podría pensar, "¿y eso es la vida?" No, eso es la muerte, al menos la muerte física, la decadencia.

Qué frágiles hilos separan a esos malolientes cuerpos en descomposición de los seres animados.

No es que Petoulqui se ponga sentimental, no. Simplemente leyó algo que le trajo un recuerdo, una reminiscencia de la triunfante danza macabra...

Bueno, a lo mejor Petoulqui sí se puso algo sentimental, pero sólo un poco...

viernes, 21 de marzo de 2008

Cuento Original: Ciclo de Clonación: Completo


Dedicado a Alex Luna

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Alexander se clonaba a sí mismo cada semana.

Tenía dos razones para hacerlo:

1. Quería recrearse la mayor cantidad de veces posible porque sabía que algún día dejaría de existir.

2. Los clones tenían una duración de una semana. Después de ese período se disolvían, literalmente.

Ciertamente, cada vez que un proceso de clonación alcanzaba el cien por ciento, Alexander se sentía satisfecho.



Esa mañana despertó sintiéndose especialmente bien, se levantó y decidió ir a revisar la cámara de clonación.

Al llegar, pudo apreciar que el ciclo de clonación estaba a punto de culminar.

Al ver al clon se conmovió. Es que lo sentía como parte de sí, carne de su carne, sangre de su sangre, tenían entre sí un vínculo familiar nunca antes visto. Era como verse al espejo.

Por vez primera lo golpeó fuertemente una idea: su clon iba a desintegrarse al transcurrir una semana, siete días… se consoló diciéndose que la próxima semana, unos minutos después de que este clon se disolviera, estaría listo el siguiente duplicado para reemplazarlo.

En todo caso, todo esto era un proceso “natural”. Al menos, eso le había enseñado su padre, “La muerte es algo muy natural”.

Repentinamente, se sintió débil, se le nubló la vista y… se desvaneció.



-¡Maldita sea!- gritó Alexander al entrar a la cámara de clonación y encontrarse con los restos del que una vez fuera su reflejo- Estos clones no se quedan quietos en su habitación, ahora todo el piso está manchado con su plasma.

Riiiiiiiiiiiiiiiiing, sonó la campana anunciando: “Ciclo de clonación: completo”