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sábado, 14 de enero de 2017

Diccionario petoulquiano: Pitón

Sust. Com. / Adj. (Zoología empírica cuasi-universal) Conductor vehicular de las grandes urbes, quien no dejando pasar un microsegundo desde que el semáforo se ha puesto verde, comienza a pitarle al piloto del automotor que va delante. 2. Fig. En el ámbito laboral, suele aplicarse al capataz sin sueldo, léase coordinadores de sección.

sábado, 23 de mayo de 2015

Diccionario petoulquiano: Ladrón

Sust. Com. / Adj. (Zoología empírica cuasi-universal) Dícese del can con tendencias a ladrar de manera recurrente, especialmente si lo hace con una intensidad irritante. El término puede caer en el equívoco, p. ej. Ese tu perro es un ladrón. Lo cual podría tomarse como que el can tiende a hurtar (o robar, si hay violencia de por medio). Los perros pequeños son ladrones por antonomasia.

lunes, 30 de marzo de 2015

capítulo septuagésimo octavo: un aguijonazo

Me atacó a traición... directo al talón, como si se tratara de una representación del asesinato de Aquiles por parte de Paris. Pero no creo que este asesino haya clamado, “Zeus, ¡dirige mi flecha!”, antes de atacarme. Es más, ni yo me siento muy Aquiles que digamos, puesto que tengo muchísimos puntos débiles, de manera que no es necesario dirigir toda la fuerza del ataque al talón, única “falla del héroe”, y en todo caso no me considero nada heroico, ni bajo los cánones de la antigüedad clásica, ni bajo los contemporáneos. El hecho es que, la criatura en cuestión me atacó, eso sí, como dije, a traición, de la misma manera que el flechador hijo de Príamo atacó al Atrida, es decir sin que me diera cuenta. Estaba demasiado ocupado tratando de despegar las páginas de unos suplementos de Historia de la Literatura Universal de la Editorial Origen, año 1983, y que por descuido habían quedado en una caja de cartón, junto a una pared humedecida, y mientras me lamentaba de no poder salvar la información acerca de “Literatura italiana contemporánea” sentí un pequeño pero agudo dolor en el talón de mi pie izquierdo. Debo decir que me tomó un tiempo notar el agudo dolor, tan dedicado estaba a rescatar los suplementos que yo había dejado arruinarse. Cuando levanté la vista de la revista (¿qué tal mi aliteración?), pude ver a la criatura posada en mi talón desnudo, y es que estaba desnudo porque a pesar de llevar puesto un calcetín era, fatalmente, uno de esos que se rompen justo en el talón y que no me decido a tirar a la basura. La avispa estaba posada en el talón y yo no sabía si picaba o mordía, pero como nunca me había picado una, o eso creí recordar, quise ser cuidadoso para no enojarla y causar(me) que me atacara... más. De modo que apenas tiré del calcetín para moverla y se fue... Y aquí terminaría este relato de mi vida cotidiana si no fuera porque, mientras seguía tratando de rescatar el suplemento de historia universal, bla, bla, bla, sentí nuevamente un agudo dolor y, si bien dicen que un rayo no pega dos veces en el mismo sitio, ahí estaba la avispa otra vez, ¿o sería otra? En todo caso, si Aquiles no pudo defenderse del traidor Paris, esta avispa confundió el mito que esta vez era más bien Odiseo contra Polifemo y, por tanto, sin pensarlo dos veces, me levanté y con el trapo que había usado para remover la suciedad de las revistas ataqué a la avispa con toda la ira de Zeus cuando arrojaba sus rayos contra un inferior que osaba desafiarle, pero como yo no soy Zeus y, ya dije, mucho menos Aquiles, la tal avispa logró escapar ilesa y con la victoria de haberme mordido dos veces. La pregunta que me he hecho, sin embargo, es por qué me atacó, qué quería de mí, y creo que esto nunca lo sabré. Pero, a lo mejor, puedo tomarlo como un aguijonazo, es decir, un empujón para escribir nuevamente.

sábado, 11 de febrero de 2012

capítulo sexagésimo: política animal V "¿crueldad?"

Describo brevemente lo que presencié hace unas semanas:

Un grupo de hormigas cargaba a una cucaracha aún viva, sujetándola incluso por las antenas, pared arriba (no sé si me sorprendió más la literal verticalidad del procedimiento o esta escena para mí nunca antes vista). Por supuesto, no hice nada al respecto; ¿por qué habría de interferir en algo así? Sin embargo, no pude evitar pensar que lo que presenciaba, más allá de suceder en un ámbito completamente ajeno a mi competencia, era un acto de crueldad. O dicho de otra manera, que el mundo de los insectos era bastante salvaje (al escribirlo me parece un tanto estúpido el planteamiento)... brutal.

(hasta me dan ganas de escribir una de esas moralejas, según yo irónicas, que agregaba al concluir algunos de mis cuentos, ¿qué clase de criatura atormentaría a uno de sus semejantes de esa manera? y bla, bla, bla. Por obvio que parezca, siempre hay alguien que dice no entender: claro, el ser humano)

En fin, hoy un profesor nos dijo en la Universidad que la Naturaleza no puede caer bajo el espectro de lo que nosotros culturalmente denominamos bello o feo y, por extensión supongo, cruel o compasivo.

lunes, 24 de agosto de 2009

capítulo cuadragésimo: política animal III, los lobos


Los hombres-lobos


Primero dije “hermanos” y les tendí las manos;
después en mis corderos hicieron mal sus robos;
y entonces en mi alma murió la voz de hermanos
y me acerqué a mirarlos; ¡y todos eran lobos!


¿Qué sucedía en mi alma que así marchaba a ciegas,
en mi alma pobre y triste que sueña y se encariña?
¿Cómo no vi en sus trancos las bestias andariegas?
¿Cómo no vi en sus ojos instintos de rapiña?


Después yo, también lobo, dejé el sendero sano;
después yo, también lobo, caí no sé en que lodos;
y entonces en cada uno de ellos tuve un hermano
y me acerqué a mirarlos; ¡y eran hombres todos!


Rafael Arévalo Martínez


...


Hoy, mientras regresaba a casa caminando por la décima avenida, después de comprar un volumen de la Biblioteca General Salvat que incluye "El llamado del bosque" (en otras traducciones, "El llamado de la selva" o "El llamado de lo salvaje") de Jack London, en la décima calle me topé con un mochilero (sin mochila, pero deduje que la habría dejado en su habitación de la Pensión Meza), con un gorrito rastafari y una camiseta que tenía estampada la imagen de un lobo. Supe que era la señal.

¿La señal de qué? Pues de que ya es tiempo de que escriba esta entrada, la cual me he debatido si correspondería más bien a un capítulo cero. Pero no, esta entrada, gracias al del gorrito rastafari, será un capítulo. Y gracias también, claro es, a "El llamado del bosque" de Jack London.

Hace unas semanas, quizás un mes, quizás menos, leí en el blog de algún joven (o de alguna joven) bloguero (o bloguera), algo así como que él (o ella) no era parte del rebaño, sino un lobo (o loba). La verdad, no recuerdo exactamente dónde lo leí. Lo que sí, es que cuando lo leí, la idea hizo sonar una campana en mi memoria (no sé si esto fue un lugar común, pero si que suena medio mamón, lo reconozco, jajajaja), porque hace años yo pensé lo mismo. Acababa de leer "El lobo estepario" (como unos dos años antes, jajajaja), y pensé que yo era un lobo estepario. Cuando encontré personas que creí que eran parecidas a mí, mistifiqué aún más pensando que éramos como una manada de lobos esteparios, que nos reuníamos para cazar y luego nos separábamos. Y al leer un capítulo de "El libro de selva" de Rudyard Kipling, "Los perros de rojiza pelambre", en el cual aparece Won-Tolla, el lobo solitario cuya familia fue masacrada por los perros salvajes, sentí que todos los elementos de la teoría se cohesionaban perfectamente.

Pero el tiempo pasa y uno descubre que las cosas no son como uno pensaba. Ahora no creo que haya una parte de la humanidad que sea como un rebaño de semovientes y otra conformada por lobos que corren libremente entre los primeros; sé, por la experiencia que le da a uno la vida, que todos nosotros somos como lobos.

Fue al leer la primera parte de "Colmillo Blanco" de Jack London que entendí, gracias al excelente análisis que hace el autor sobre la naturaleza de los lobos, la naturaleza bestial de todos nosotros.

Me doy cuenta de que soy un proveedor para mi cría y me torno feroz cuando la creo en peligro. Al final de cuentas, por mucha conciencia social y bla, bla, bla, hay una idea fija y clara en mi mente: entre los demás y mi cría, mi cría es primero. Al final, más allá de todo romanticismo sublime, el amor parece ser la preservación de aquellos que amamos en perjuicio de aquellos que no son nuestros favoritos.

De repente, se me hace obvio el planteamiento ése de "Homo homini lupus".




jueves, 20 de agosto de 2009

capítulo trigésimo octavo: política animal II, las invasoras...


Llegaron de manera discreta. Primero una espía; se infiltró como incógnita (¿qué tal de términos?). Ni la vimos. Algo debió de parecerle interesante, porque luego llegaron varias. Al principio pensamos que no había razón alguna para alarmarse. "Se van a ir, debe de ser por el clima que las alborota..."

Luego, comenzamos a verlas en grandes grupos, ciertamente alborotadas, y de su timidez inicial pasaron incluso a cierta agresividad. Eran tan osadas que no era raro que se subieran en nosotros y hasta nos atacaran.

De un tiempo para acá, siempre están ahí: en la mesa. Se meten en la azucarera, se trepan en los vasos y tazas, como dije se suben en los manos y brazos de los comensales.

Al principio traté de llevar con ellas una pacífica convivencia, convencido de que estaban de paso, pero en cuanto comenzaron a invadir la azucarera me sentí excesivamente molesto, y cuando una de ellas me picó y me inoculo su ácido nítrico llegó el fin de la diplomacia y tuve que ejercer acciones policíacas y ante el menor ataque emprendo una ofensiva aniquiladora y luego, claro está, me siento culpable.

No puedo decir cómo va a terminar esto de la invasión de las hormigas. Recuerdo que años atrás, otras intentaron una invasión similar, pero no en el comedor sino que en el cuarto de atrás, con una metodología similar: exploración inicial del terreno, espionaje, invasión y agresiones posteriores; cuando ya se sentían las dueñas del lugar y creían que habían logrado inestabilizar el anterior sistema, fueron destruidas con una marejada de agua hirviente y hubiéramos pensado que era la última vez que ocurría algo así, pero no, han vuelto y fortalecidas según se puede apreciar. Quizás no todo está perdido.





jueves, 6 de agosto de 2009

capítulo trigésimoquinto: política animal


Hace unos días apareció un ratón en la casa. Por lo tanto, hubimos de tomar acciones consecuentes (aún cuando yo de consecuente, pues nada...). Lo primero que hizo la madre (no la de Máximo Gorki sino la mía...) fue tratar de envenenar a la criatura invasora. A los pocos minutos de colocado el veneno en una esquina, éste había desaparecido, así que presumimos que el intruso lo había consumido y estaría comenzando el proceso de eliminación. Pero no fue así. O era más de un ratón, porque el roedor volvió a ser avistado unas horas después, ya no en la cocina sino en el comedor. Ante tal situación decretamos un toque de queda y cerramos todas las puertas. Era imposible pasar más que con un salvoconducto que indicara que el visitante era humano. Así el ratón fue aislado. Ahora mismo no ha aparecido ningún cadáver, pero tampoco se ha visto nuevamente al roedor y comenzado a preguntarme... ¿será que nuestros métodos son aceptables? ¿hemos abordado la situación de la forma más adecuada?

He recordado mi infancia (nuevamente), y han venido a mi memoria imágenes de una convivencia pacífica entre un ser humano y un ratón (y no hablo de Walt Disney y Mickey Mouse, puesto que el primero explotó al segundo de manera inmoral): un hombre mayor llamado "Raulito" y un ratón joven de nombre Topo Gigio.

A lo mejor, las relaciones entre el ratón y nosotros, los otros, hubieran sido mejores si en vez de tratar de matarlo le hubiéramos mandado a fabricar unos muebles acordes a su tamaño y un guardarropa según su talla; si nos hubiéramos tomado el tiempo de conversar con él, conocer sus inquietudes, su fuero interno.

Pero no, nuestra primera reacción fue tratar de destruirlo.

Video: http://www.youtube.com/watch?v=sTwZeoI4IEU