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viernes, 24 de julio de 2020

cita petoulquiana: límite del humanismo

Las plagas en efecto, son una cosa común, pero es difícil creer en las plagas cuando las ve uno caer sobre su cabeza. Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas. El doctor Rieux estaba desprevenido como lo estaban nuestros conciudadanos y por esto hay que comprender sus dudas. Por esto hay que comprender también que se callara, indeciso entre la inquietud y la confianza. Cuando estalla una guerra las gentes se dicen: "Esto no puede durar, es demasiado estúpido". Y sin duda una guerra es evidentemente demasiado estúpida, pero eso no impide que dure. La estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si uno no pensara siempre en sí mismo. Nuestros conciudadanos, a este respecto, eran como todo el mundo, pensaban en ellos mismos; dicho de otro modo, eran humanidad: no creían en plagas. La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. Pero no siempre pasa, y de mal sueño en mal sueño son los hombres los que pasan, y los humanistas en primer lugar, porque no han tomado precauciones. Nuestros conciudadanos no eran más culpables que otros, se olvidaban de ser modestos, eso es todo, y pensaban que todavía todo era posible para ellos, lo cual daba por supuesto que las plagas eran imposibles. Continuaban haciendo negocios, planeando viajes y teniendo opiniones. ¿Cómo hubieran podido pensar en la peste que suprime el porvenir, los desplazamientos y las discusiones? Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas.

Camus, Albert. La peste. México: Editorial Azteca S. A., sin año de edición. p. 28

viernes, 18 de abril de 2008

capítulo octavo: la visita de l'etranger

"Hola, Meursault." Saludó Petoulqui.

"Hola, Petoulqui." Replicó Meursault.

Quién sabe cómo, ambos sabían el nombre del otro, aún cuando nunca se habían visto en su vida, y quizás nunca más se volverían a encontrar.

Evidentemente, Il Fatum, como le llamara M. (No Meursault sino Mephisto), algo tenía que ver en todo esto. Pero no Il Fatum que nos afecta a nosotros, digo a Vds. y a un servidor, más bien Il Fatum propio de P. que además es su Realidad (Sí, la Realidad Petoulquiana).

"¿No te parece extraño, Meursault, que aún siendo la primera ocasión en que nos encontramos, ambos sepamos el nombre del otro? Digo, vos el mío y yo el tuyo?" Cuestionó Petoulqui al forastero (o será más bien "El Extranjero", como el de Camus?).

"La verdad me da lo mismo." Respondió Meursault. "De hecho, es únicamente lo que es, es así y no al contrario. Pero, por otra parte, Petoulqui, creo que no es la primera vez que te sucede algo así. ¿Qué opinás, Julio?"

Y yo respondo, "Pues, a decir verdad, creo que quizás sea ésta la primera vez que le suceda algo así a Meursault. Conmigo, la segunda. Para vos, Petoulqui, ésta, con Meursault, es la segunda, porque la primera fue conmigo."

Y Petoulqui sonríe, porque aún cáustico, amargado, a veces envejecido, todavía se puede dejar llevar por el asombro, como un niño. Y yo sonrío con él, porque... pues, por lo mismo... porque, además, así son las cosas. Esto es lo que es y no otra cosa.

Meursault se ha ido y, por supuesto, no se ha despedido. No es que sea descortés, es que le daba lo mismo. Es a Petoulqui y a mí a quienes nos gustan las despedidas, esas que indican que nunca nos queremos ir, porque si quisiéramos largarnos, pues, simplemente lo haríamos.