Saturnino odiaba trabajar en la maquila, no sabía muy bien porqué; y siempre llegaba tarde. Pero, ¿qué importaban sus retrasos, si de todas maneras siempre los sacaban mucho después de la hora de salida? ¿Y qué era eso de que el tiempo es oro, si recibían tan poca paga por tantas horas de trabajo? Un día pensó que ellos, los obreros, merecían un mejor salario, y comenzó a comentarlo con sus compañeros; su amigo Pepe le dio la razón, pero los más viejos ya habían tenido sus experiencias con los sindicatos y sentenciaron: “Olvídense de esas ideas, patojos. Sólo sirven para perder el tiempo... o la vida”. Los otros obreros, indiferentes, se alejaron en silencio.
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jueves, 29 de marzo de 2012
Cuento original: El tiempo es oro
sábado, 1 de mayo de 2010
Cuento original: El conejo saltó (5 de 5: final)
5
Cada vez se olvidaba más. Así lo había querido. Él buscó hundirse en el olvido, en la oscuridad más absoluta. Quería huir de la memoria, del pasado que le perseguía como el más tenaz cazador.
A cada salto que él daba, el pasado ya estaba sobre él. Claro es, el pasado estaba siempre a la zaga. Eso era lo malo, que a la zaga o como fuera, siempre estaba, siempre. El pasado era implacable. Era como si él, aún cuando iba adelante, atizara al pasado por detrás. Pero no, sin distorsiones de lo lineal, se podría decir que él jalaba del pasado como un caballo tira de una carreta.
Cada vez se olvidaba más de quién era él, de qué era. No quería ya saber de donde venía, ya no quería tener a donde ir, ya no quería querer.
Comenzó a hundirse y se olvidó de los porqués y para-qués. Ya no comía por apetito o para nutrirse, lo hacía por costumbre.
Así, un día se olvidó de por qué huía y para qué. Y simplemente huyó.
Pero ahora ocurría lo inverso, estaba recordando, no porque quisiera sino porque así es la vida: impredecible.
Ahora recordaba que tenía miedo, recordaba porqué lo tenía. Y sentía angustia, pensaba acerca del pasado (con remordimiento) y acerca del futuro (con ansiedad).
En determinado momento se preguntó algo que, al siguiente instante quiso olvidar, “¿quién soy?”
El conejo saltó. Siempre había estado al borde, pero se aburrió de estar así. Saltó al vacío y cayó, pero no se estrelló contra el suelo, solamente siguió cayendo. Ya una vez había experimentado el ir hacia abajo, siempre más y más hacia lo profundo, pero ahora era distinto...
De la oscuridad, de la boca negra y redonda, antítesis de la blanquísima esfera de la luna, un conejo saltó. Todos los niños le aplaudieron al mago que acababa de hacerlo aparecer, sacándolo de su chistera, extrayéndolo de la nada, donde todo simplemente cae sin tocar fondo.
Sí, el conejo, blanquísimo, contrastante con la negrísima y lustrosa chistera, asomó primero el hocico, con su bigotes, luego sus ojos rojos, y después, perdiendo toda la timidez, como si cambiara de piel, de piel de conejo, tomando impulso...
El conejo saltó.
Cada vez se olvidaba más. Así lo había querido. Él buscó hundirse en el olvido, en la oscuridad más absoluta. Quería huir de la memoria, del pasado que le perseguía como el más tenaz cazador.
A cada salto que él daba, el pasado ya estaba sobre él. Claro es, el pasado estaba siempre a la zaga. Eso era lo malo, que a la zaga o como fuera, siempre estaba, siempre. El pasado era implacable. Era como si él, aún cuando iba adelante, atizara al pasado por detrás. Pero no, sin distorsiones de lo lineal, se podría decir que él jalaba del pasado como un caballo tira de una carreta.
Cada vez se olvidaba más de quién era él, de qué era. No quería ya saber de donde venía, ya no quería tener a donde ir, ya no quería querer.
Comenzó a hundirse y se olvidó de los porqués y para-qués. Ya no comía por apetito o para nutrirse, lo hacía por costumbre.
Así, un día se olvidó de por qué huía y para qué. Y simplemente huyó.
Pero ahora ocurría lo inverso, estaba recordando, no porque quisiera sino porque así es la vida: impredecible.
Ahora recordaba que tenía miedo, recordaba porqué lo tenía. Y sentía angustia, pensaba acerca del pasado (con remordimiento) y acerca del futuro (con ansiedad).
En determinado momento se preguntó algo que, al siguiente instante quiso olvidar, “¿quién soy?”
...
El conejo saltó. Siempre había estado al borde, pero se aburrió de estar así. Saltó al vacío y cayó, pero no se estrelló contra el suelo, solamente siguió cayendo. Ya una vez había experimentado el ir hacia abajo, siempre más y más hacia lo profundo, pero ahora era distinto...
De la oscuridad, de la boca negra y redonda, antítesis de la blanquísima esfera de la luna, un conejo saltó. Todos los niños le aplaudieron al mago que acababa de hacerlo aparecer, sacándolo de su chistera, extrayéndolo de la nada, donde todo simplemente cae sin tocar fondo.
Sí, el conejo, blanquísimo, contrastante con la negrísima y lustrosa chistera, asomó primero el hocico, con su bigotes, luego sus ojos rojos, y después, perdiendo toda la timidez, como si cambiara de piel, de piel de conejo, tomando impulso...
El conejo saltó.
jueves, 29 de abril de 2010
Cuento original: El conejo saltó (4 de 5)
4
“Es una operación de rutina”, dijeron. “No hay de qué preocuparse.”
Claro, porque “ellos” no eran el sujeto de operaciones y, pasara lo que pasara, se sobreentendía que para con el suprascrito sujeto no existía obligación legal alguna, y aún menos, según el criterio de “ellos”, consideraciones morales al respecto.
La lámpara del quirófano enceguecía a la víctima. Era palpable en sus ojos la percepción de que la cirugía era inevitable. Cuando le acercaron el pañuelo con cloroformo, como una mordaza, trató de oponerse con sus manos.
A uno de los cirujanos se le hizo un nudo en la garganta. Le pareció conmovedor el acto de resistencia final.
“Casi llego a creer que sabe lo que le va a pasar.” Pensó. Y en su fuero interno, casi quiso detener la operación, pero sabía que esta cuasi-intención y la revelación de su cuasi-creencia le acarrearían, ante sus compañeros y el señor profesor, una calificación de “débil e incompetente” y, por lo tanto, una descalificación profesional. En virtud de lo cual, se quedó callado, como casi siempre hacía; en verdad, había detalles que le gustaban y otros que le disgustaban de su quehacer.
Al final, la víctima pareció quedar en estado de inconsciencia. Se veía aún más tierna dormida. El corazón del cirujano con crisis de conciencia comenzó a latir rápidamente. Sintió que el sudor le mojaba los bigotes. De pronto, se dio cuenta que le hablaban, “Deje de soñar despierto. Preste atención.”
“En este momento, vamos a abrir la cavidad toraco-abdominal. Queremos observar el corazón (¡tacatacatacatacatacatacataca!) y los pulmones.” Indicó el señor profesor.
De repente, la víctima abrió los ojos y chilló horriblemente, “¡¿Por qué me hacen esto?!”
“¡Qué chillido más espantoso!” Pensó el cuasi-cirujano de la cuasi-crisis de conciencia. “Es como si fuera uno de nosotros.” Sí, en efecto, era como si la víctima fuera uno de “ellos”. Nunca le había parecido más evidente que ahora.
El otro cirujano, el de a la par, tenía los ojos desorbitados; de por sí, estos eran saltones, pero ahora parecía que iban a salir disparados como balas de cañón.
La angustia fue general.
“Como si fuera uno de nosotros.” Resonaban las palabras en el cuasi-crítico cuasi-cirujano, estudiante.
“Mantengan la calma, señores.” Repetía el señor profesor, con tremenda, cruel, fría serenidad indiferente. “No es para tanto.” Concluyó después de sopesar el asunto en esa balanza en la cual su corazón de piedra era, terminantemente, más pesado que el sufrimiento de un ser irracional.
La criatura, la víctima, no dejaba de retorcerse en la agonía que le causaba el estar herida mortalmente.
Ahí estaba el sujeto de operaciones, con su piel desnuda, sus ojos suplicantes, con lágrimas, escurriéndole como gotas de amargo dolor. Y el señor profesor decía, “No es para tanto.”
El cuasi-cirujano sufrió la escena, con los bigotes empapados en sudor, el corazón latiéndole enloquecido (¡tacatacatacatacatacatacatacatacatacataca!). Por la noche le contó el suceso a su familia y, consternado, se fue a dormir.
“No me gustaría que eso me pasara a mí.” Pensó, muy asustado. Se rascó la oreja, se quedó dormido y soñó.
Soñó que un grupo de seres humanos, con su piel desnuda y sus ojos expresivos, lo diseccionaban a él. ¿En qué mundo retorcido cabía que fueran los seres humanos quienes diseccionaran a otros seres? Era algo imposible, pero en su sueño así sucedía. Cuando el señor profesor humano realizaba la incisión descubrían, bajo su piel de conejo cuasi-cirujano, no la carne y las vísceras de un conejo, sino a un ser humano. Un ser humano bajo el disfraz de un conejo.
“¡Como uno de nosotros!” gritaban horrorizados los cirujanos humanos, y sus gritos y expresiones de repulsión iban en crescendo.
“¡¿Por qué me hacen esto?!” Gritó el cuasi-cirujano cuasi-conejo (en virtud de que en sus entrañas había un desnudo y expresivo ser humano) y entonces supo cuál era el significado del, hasta entonces para él, incomprensible gemido de aquella pobre víctima, sujeto de operaciones, cuyo sufrimiento no era para tanto, pues para con una criatura irracional no había ninguna clase de obligaciones legales ni, mucho menos, morales.
Desesperado, el conejo saltó.
“Es una operación de rutina”, dijeron. “No hay de qué preocuparse.”
Claro, porque “ellos” no eran el sujeto de operaciones y, pasara lo que pasara, se sobreentendía que para con el suprascrito sujeto no existía obligación legal alguna, y aún menos, según el criterio de “ellos”, consideraciones morales al respecto.
La lámpara del quirófano enceguecía a la víctima. Era palpable en sus ojos la percepción de que la cirugía era inevitable. Cuando le acercaron el pañuelo con cloroformo, como una mordaza, trató de oponerse con sus manos.
A uno de los cirujanos se le hizo un nudo en la garganta. Le pareció conmovedor el acto de resistencia final.
“Casi llego a creer que sabe lo que le va a pasar.” Pensó. Y en su fuero interno, casi quiso detener la operación, pero sabía que esta cuasi-intención y la revelación de su cuasi-creencia le acarrearían, ante sus compañeros y el señor profesor, una calificación de “débil e incompetente” y, por lo tanto, una descalificación profesional. En virtud de lo cual, se quedó callado, como casi siempre hacía; en verdad, había detalles que le gustaban y otros que le disgustaban de su quehacer.
Al final, la víctima pareció quedar en estado de inconsciencia. Se veía aún más tierna dormida. El corazón del cirujano con crisis de conciencia comenzó a latir rápidamente. Sintió que el sudor le mojaba los bigotes. De pronto, se dio cuenta que le hablaban, “Deje de soñar despierto. Preste atención.”
“En este momento, vamos a abrir la cavidad toraco-abdominal. Queremos observar el corazón (¡tacatacatacatacatacatacataca!) y los pulmones.” Indicó el señor profesor.
De repente, la víctima abrió los ojos y chilló horriblemente, “¡¿Por qué me hacen esto?!”
“¡Qué chillido más espantoso!” Pensó el cuasi-cirujano de la cuasi-crisis de conciencia. “Es como si fuera uno de nosotros.” Sí, en efecto, era como si la víctima fuera uno de “ellos”. Nunca le había parecido más evidente que ahora.
El otro cirujano, el de a la par, tenía los ojos desorbitados; de por sí, estos eran saltones, pero ahora parecía que iban a salir disparados como balas de cañón.
La angustia fue general.
“Como si fuera uno de nosotros.” Resonaban las palabras en el cuasi-crítico cuasi-cirujano, estudiante.
“Mantengan la calma, señores.” Repetía el señor profesor, con tremenda, cruel, fría serenidad indiferente. “No es para tanto.” Concluyó después de sopesar el asunto en esa balanza en la cual su corazón de piedra era, terminantemente, más pesado que el sufrimiento de un ser irracional.
La criatura, la víctima, no dejaba de retorcerse en la agonía que le causaba el estar herida mortalmente.
Ahí estaba el sujeto de operaciones, con su piel desnuda, sus ojos suplicantes, con lágrimas, escurriéndole como gotas de amargo dolor. Y el señor profesor decía, “No es para tanto.”
El cuasi-cirujano sufrió la escena, con los bigotes empapados en sudor, el corazón latiéndole enloquecido (¡tacatacatacatacatacatacatacatacatacataca!). Por la noche le contó el suceso a su familia y, consternado, se fue a dormir.
“No me gustaría que eso me pasara a mí.” Pensó, muy asustado. Se rascó la oreja, se quedó dormido y soñó.
Soñó que un grupo de seres humanos, con su piel desnuda y sus ojos expresivos, lo diseccionaban a él. ¿En qué mundo retorcido cabía que fueran los seres humanos quienes diseccionaran a otros seres? Era algo imposible, pero en su sueño así sucedía. Cuando el señor profesor humano realizaba la incisión descubrían, bajo su piel de conejo cuasi-cirujano, no la carne y las vísceras de un conejo, sino a un ser humano. Un ser humano bajo el disfraz de un conejo.
“¡Como uno de nosotros!” gritaban horrorizados los cirujanos humanos, y sus gritos y expresiones de repulsión iban en crescendo.
“¡¿Por qué me hacen esto?!” Gritó el cuasi-cirujano cuasi-conejo (en virtud de que en sus entrañas había un desnudo y expresivo ser humano) y entonces supo cuál era el significado del, hasta entonces para él, incomprensible gemido de aquella pobre víctima, sujeto de operaciones, cuyo sufrimiento no era para tanto, pues para con una criatura irracional no había ninguna clase de obligaciones legales ni, mucho menos, morales.
Desesperado, el conejo saltó.
domingo, 25 de abril de 2010
Cuento original: El conejo saltó (3 de 5)
3
Adentro, siempre más adentro. Enterrándose cada vez más. Hacia lo oscuro, hacia ninguna parte, hacia lo desconocido.
No hay un camino definido, todo está enredado; sin embargo, una madriguera no es una prisión, más allá de la falsa impresión que podría causarnos la oscuridad y el espacio reducido de este refugio. Es, más bien, un laberinto. No, un laberinto no puede ser, porque una madriguera, a diferencia de un laberinto, no tiene solamente una salida sino muchas. Pero él no quiere salir. Lo que quiere es hundirse cada vez más en la tierra. Ya una vez salió de la tierra; pero siempre quiso regresar a ella...
Adentro, siempre más adentro. Enterrándose cada vez más. Hacia lo oscuro, hacia ninguna parte, hacia lo desconocido.
No hay un camino definido, todo está enredado; sin embargo, una madriguera no es una prisión, más allá de la falsa impresión que podría causarnos la oscuridad y el espacio reducido de este refugio. Es, más bien, un laberinto. No, un laberinto no puede ser, porque una madriguera, a diferencia de un laberinto, no tiene solamente una salida sino muchas. Pero él no quiere salir. Lo que quiere es hundirse cada vez más en la tierra. Ya una vez salió de la tierra; pero siempre quiso regresar a ella...
sábado, 24 de abril de 2010
Cuento Original: El conejo saltó (2 de 5)
2
Como un ojo gigantesco, la luna lloró cuando el conejo saltó. Una lágrima gigantesca cayó sobre la tierra. Los árboles se veían distintos aquella noche y la tierra estaba dura. No había monte para comer, así que tenía hambre.
Había monstruos con los ojos luminosos. Miles de monstruos.
Por un momento sintió que el corazón se le salía del pecho: ¡tacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacataca!
Todo era ruido y esa luz extraña... y frío... y dureza. El mundo no era el mismo y, aún cuando no lo sabía, él tampoco lo era.
Miedo, confusión. Él no terminaba de entender (ni siquiera había comenzado a hacerlo, realmente), ¡las estrellas estaban tan cerca del suelo y parecían tan frías! Esto era el infierno, ni más ni menos (Xibalbá decían unos, el averno dirían otros...).
¿Y ahora qué?
Saltó...
El conejo saltó. Saltó como nunca lo había hecho. Sin embargo, saltar no es volar, así que comenzó a caer otra vez (ocurrencias de Newton, “todo lo que sube...”). Cuando cayó, todo a su alrededor resonó y hubo un ligero temblor. Su golpe había sido como un relámpago. No, su golpe había sido como el de Cabracán, el destructor de montañas. Él, simple conejo, era como un volcán en erupción, como la lava que esperaba debajo de la tierra, paciente, para explotar con violencia en determinado momento. ¿Quién determinaba el momento? Él, simple conejo.
Él, simple conejo, era (ahora lo veía): miedo invencible en los corazones de los demás seres.
Pero, aún ahora sentía miedo. También el suyo era miedo invencible. Él era el trueno, el volcán, el terremoto... el simple conejo... conejo asustado...
Así que, en medio de la extraña luz ámbar de esa extraña noche (ruidosa noche, llena de monstruos y árboles luminosos), una y otra vez...
El conejo saltó.
Como un ojo gigantesco, la luna lloró cuando el conejo saltó. Una lágrima gigantesca cayó sobre la tierra. Los árboles se veían distintos aquella noche y la tierra estaba dura. No había monte para comer, así que tenía hambre.
Había monstruos con los ojos luminosos. Miles de monstruos.
Por un momento sintió que el corazón se le salía del pecho: ¡tacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacatacataca!
Todo era ruido y esa luz extraña... y frío... y dureza. El mundo no era el mismo y, aún cuando no lo sabía, él tampoco lo era.
Miedo, confusión. Él no terminaba de entender (ni siquiera había comenzado a hacerlo, realmente), ¡las estrellas estaban tan cerca del suelo y parecían tan frías! Esto era el infierno, ni más ni menos (Xibalbá decían unos, el averno dirían otros...).
¿Y ahora qué?
Saltó...
El conejo saltó. Saltó como nunca lo había hecho. Sin embargo, saltar no es volar, así que comenzó a caer otra vez (ocurrencias de Newton, “todo lo que sube...”). Cuando cayó, todo a su alrededor resonó y hubo un ligero temblor. Su golpe había sido como un relámpago. No, su golpe había sido como el de Cabracán, el destructor de montañas. Él, simple conejo, era como un volcán en erupción, como la lava que esperaba debajo de la tierra, paciente, para explotar con violencia en determinado momento. ¿Quién determinaba el momento? Él, simple conejo.
Él, simple conejo, era (ahora lo veía): miedo invencible en los corazones de los demás seres.
Pero, aún ahora sentía miedo. También el suyo era miedo invencible. Él era el trueno, el volcán, el terremoto... el simple conejo... conejo asustado...
Así que, en medio de la extraña luz ámbar de esa extraña noche (ruidosa noche, llena de monstruos y árboles luminosos), una y otra vez...
El conejo saltó.
lunes, 19 de abril de 2010
Cuento Original: El conejo saltó (1 de 5)
1
Ve a la luna: su ojo y ella brillan sin luz propia. Si la fuente de luminosidad de la cual dependen se apagara, tanto el órgano visual como el satélite, inevitablemente, también lo harían; son poca cosa, son dependientes.
Ve a la luna: su ojo y ella brillan sin luz propia. Si la fuente de luminosidad de la cual dependen se apagara, tanto el órgano visual como el satélite, inevitablemente, también lo harían; son poca cosa, son dependientes.
...
La luna llena brilla azul en el firmamento; es como un ojo gigantesco observándolo todo, porque puede fijar su vista en los trescientos sesenta grados de la bóveda celeste (si se la partiera en dos, cada mitad del ojo lunar, abarcaría ciento ochenta grados, es decir, cada uno poseería una visión periférica. Pero no, la luna es una).
El globo brilla cada vez más y se infla; ahora, en su pureza, que se ha tornado blanca, aparece una mancha, la mancha crece hasta casi cubrir por completo la esfera. Crece y decrece, palpita, parece que el ojo se acercara y alejara alternativamente, un juego óptico causado por la luz que encandila y, de repente, casi se apaga, cubierta por la negra sombra de la mancha.
La mancha parece un ser desarrollándose; crece y su forma cambia. Es un embrión... ahora un feto, ni más ni menos... pero, ¿un feto de qué?
En estado fetal todos los seres parecen más o menos iguales, su cerebro, su espina dorsal, sus extremidades son similares, así que todavía no es posible distinguir su especie. El feto, la mancha, nada como un pez en la luz de la esfera, como un pez en su pecera.
Sus ojos son como dos lunas, no como una sino como dos, como una luna partida a la mitad, como dos mitades de luna pegadas en la cabeza de un ser, de un ser como todos los otros, el cual se alimenta, excreta, se mueve, porque es animal; un ser que todos los días siente cuando el sol roza el oriente y que cada noche contempla la luna, o siente nostalgia cuando ella no está.
Esos ojos, como mitades de luna, brillando ante la luz, ocultos en la oscuridad pero, ante todo, siempre observando, siempre, como si no tuvieran párpados.
La forma de la mancha, finalmente, comienza a definirse...
domingo, 18 de abril de 2010
cuento original: Te Prometo Anarquía
Este cuento fue publicado originalmente en "Amalgamas Errantes", edición conmemorativa del proyecto "Te prometo anarquía" (por eso la referencia al proyecto que encontrará quien lea el texto hasta el final). De hecho, se puede ingresar a "Amalgamas Errantes" haciendo clic en el botón del mismo nombre colocado en la barra de sugerencias, justo encima del botón de LunaPark.
“¡Anarquía...! ¡Anarquía...!”
“¡¿Y a Vds. qué les pasa?!” Pregunté a mis creaciones, sorprendido por sus gritos.
En vez de explicarme, continuaron con su consigna; me pregunté si la manifestación estaría relacionada conmigo. Cada uno de los personajes que había creado marchaba y vociferaba apasionadamente.
Súbitamente se detuvieron, su líder había hecho una señal con la mano indicándoles que se silenciaran. ¿Quién era su líder? Pues claro, el tal Petoulqui.
Se acercó a mí, tenía una expresión poco amistosa, más bien combativa, y me habló en los siguientes términos, “Hemos llegado a la conclusión de que no podemos permitir que nuestros destinos sean gobernados por Vd., de manera que a partir de este momento exigimos una total libertad para hacer de nuestra existencia lo que mejor nos parezca.”
“¿Y cuál ha sido el motivo de su decisión, queridísimo Peto?” Le pregunté.
“Pues, verá, Julio. Justamente ayer, cuando Vd. terminó de leer ‘Niebla’ de Don Miguel de Unamuno y Jugo, nos dimos cuenta de cómo son las relaciones entre autor y personajes. Nos ha parecido una abominación lo que el mentado Don Miguel hizo con Augusto Pérez. Y de repente, tomamos conciencia de que nosotros, en repetidas ocasiones, hemos sido tratados de manera similar; de modo que renunciamos a ser suyos y exigimos nuestra independencia.”
“¿Ah sí? ¿Y qué piensan hacer después...?” Le cuestioné, solamente para seguir con lo que para mí no era sino un juego.
“Pues... pues... “ Y Peto comenzó a trastabillar en su razonamiento, el cual según mi criterio ya había alcanzado su límite. “Pues ya habrá tiempo después para decidirlo...”
“Sí, como concluye Arthur C. Clarke su ‘Odisea Espacial’ ¿no es cierto? Acaso no te das cuenta, estimado Peto, que todas tus ideas no son sino las mías, y que las mías no son sino las de otros, que me antecedieron, de modo que si yo no soy original, ¿qué se han creído Vds. que son...?”
“...”
“Claro, si mi creador me hubiera dicho lo que les he dicho yo a Vds., seguramente también quedaría sin habla. Si no es que yo no crea en la anarquía, más bien... ¿cómo decirlo? Creo que para alcanzarla sería bueno saber primero qué se quiere.”
“Entonces, vamos por buen camino, eso lo sabemos: queremos nuestra independencia.” Me replicó.
“¿Y qué harán con ella?”
“Pues... pues...”
“Esto parece un carrusel...” Comenté con cierta mordacidad que sólo el Peto y yo podríamos tomarnos a mal.
Ah, lo que uno descubre si se pone a escribir en un procesador de palabras cuando la fecha de cierre está por llegar. Como Peto es mi... ya saben Vds., alter ego, se me había olvidado que tiene aproximadamente dos años de edad, es apenas un infante y tengo que educarlo, a veces con severidad, sacando el dictador que llevo dentro, para que aprenda lo que Platón enunció en su República: "El pueblo queriendo evitar, como suele decirse, el humo de la esclavitud de los hombres libres, cae en el fuego del despotismo de los esclavos, y ve que la servidumbre más dura y más amarga sucede a una libertad excesiva y desordenada.”
Y Vd., apreciable persona lectora, quizás se preguntará, “¿Y esto que tiene que ver con Te prometo anarquía?” Pues, la verdad, en cuanto a la forma, supongo que muy poco (o quién sabe), pero en principio estoy poniendo en práctica lo que para mí representa TPA: Expresión, libertad de elegir y que un tipo como yo pueda publicar sus conversaciones íntimas con los personajes de su-ficción.
...
“¡Anarquía...! ¡Anarquía...!”
“¡¿Y a Vds. qué les pasa?!” Pregunté a mis creaciones, sorprendido por sus gritos.
En vez de explicarme, continuaron con su consigna; me pregunté si la manifestación estaría relacionada conmigo. Cada uno de los personajes que había creado marchaba y vociferaba apasionadamente.
Súbitamente se detuvieron, su líder había hecho una señal con la mano indicándoles que se silenciaran. ¿Quién era su líder? Pues claro, el tal Petoulqui.
Se acercó a mí, tenía una expresión poco amistosa, más bien combativa, y me habló en los siguientes términos, “Hemos llegado a la conclusión de que no podemos permitir que nuestros destinos sean gobernados por Vd., de manera que a partir de este momento exigimos una total libertad para hacer de nuestra existencia lo que mejor nos parezca.”
“¿Y cuál ha sido el motivo de su decisión, queridísimo Peto?” Le pregunté.
“Pues, verá, Julio. Justamente ayer, cuando Vd. terminó de leer ‘Niebla’ de Don Miguel de Unamuno y Jugo, nos dimos cuenta de cómo son las relaciones entre autor y personajes. Nos ha parecido una abominación lo que el mentado Don Miguel hizo con Augusto Pérez. Y de repente, tomamos conciencia de que nosotros, en repetidas ocasiones, hemos sido tratados de manera similar; de modo que renunciamos a ser suyos y exigimos nuestra independencia.”
“¿Ah sí? ¿Y qué piensan hacer después...?” Le cuestioné, solamente para seguir con lo que para mí no era sino un juego.
“Pues... pues... “ Y Peto comenzó a trastabillar en su razonamiento, el cual según mi criterio ya había alcanzado su límite. “Pues ya habrá tiempo después para decidirlo...”
“Sí, como concluye Arthur C. Clarke su ‘Odisea Espacial’ ¿no es cierto? Acaso no te das cuenta, estimado Peto, que todas tus ideas no son sino las mías, y que las mías no son sino las de otros, que me antecedieron, de modo que si yo no soy original, ¿qué se han creído Vds. que son...?”
“...”
“Claro, si mi creador me hubiera dicho lo que les he dicho yo a Vds., seguramente también quedaría sin habla. Si no es que yo no crea en la anarquía, más bien... ¿cómo decirlo? Creo que para alcanzarla sería bueno saber primero qué se quiere.”
“Entonces, vamos por buen camino, eso lo sabemos: queremos nuestra independencia.” Me replicó.
“¿Y qué harán con ella?”
“Pues... pues...”
“Esto parece un carrusel...” Comenté con cierta mordacidad que sólo el Peto y yo podríamos tomarnos a mal.
Ah, lo que uno descubre si se pone a escribir en un procesador de palabras cuando la fecha de cierre está por llegar. Como Peto es mi... ya saben Vds., alter ego, se me había olvidado que tiene aproximadamente dos años de edad, es apenas un infante y tengo que educarlo, a veces con severidad, sacando el dictador que llevo dentro, para que aprenda lo que Platón enunció en su República: "El pueblo queriendo evitar, como suele decirse, el humo de la esclavitud de los hombres libres, cae en el fuego del despotismo de los esclavos, y ve que la servidumbre más dura y más amarga sucede a una libertad excesiva y desordenada.”
Y Vd., apreciable persona lectora, quizás se preguntará, “¿Y esto que tiene que ver con Te prometo anarquía?” Pues, la verdad, en cuanto a la forma, supongo que muy poco (o quién sabe), pero en principio estoy poniendo en práctica lo que para mí representa TPA: Expresión, libertad de elegir y que un tipo como yo pueda publicar sus conversaciones íntimas con los personajes de su-ficción.
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miércoles, 3 de febrero de 2010
Cuento Original: Foto de estudio
Jugó con nuestras más preciadas emociones, con nuestros más puros afectos. Cuando utilizamos el “más” estamos implícitamente comparando y el comparar adultera de manera inevitable. Así que cuando escribo nuestros más puros afectos, sé que no son puros, digamos que no son puramente puros para redundar un poco... sí, no son absolutamente puros, pero son de alguna manera puros... Y el tipo comerció con nuestros más puros afectos, con nuestras emociones más preciadas.
Nos ofreció cuatro fotografías tamaño cédula gratuitamente. Asistimos a la sesión fotográfica, en la cual el tipo se portó totalmente profesional, y como los nativos americanos temían, o eso es lo que me han contado, se robó un poco del alma de mi niña y la metió en una plancha de papel fotográfico. Tornó la vida de mi hija en algo bidimensional, congeló su risa (la de ella, claro es), una parte de mi niña la encerró en papel mate.
Y así, cuando ya había revelado las fotos, bueno, más bien, por ser tan actual la cosa, cuando ya las había impreso, tras un excelente trabajo de diseñador o lo que sea que haga el tipo, nos llamó y enseñó uno de esas fototas en las que salen varios rostros de niños con diversas expresiones, otra foto, también grande, de mi hija en una pose angelical, luciendo además hermosísima (orgullo de padre) y el jueguito de fotos regaladas. Nos dijo que las ampliaciones costaban un dineral, pero que si no las queríamos él había de desecharlas (era como para preguntarle, “y entonces, si no estaba seguro de que las querríamos ¿para qué las sacó?” ah, pero la pregunta hubiera sido necia, él sabía que las querríamos, ¿qué padres y abuelos permitirían que el alma de su pequeña se convirtiera en cenizas por unas cuantas monedas. Nosotros no, por supuesto).
No, si lo malo no es que nos vendan algo (ni que nosotros lo compremos, en todo caso). Lo malo es que lo que nos venda sea el alma, que no nos robó sino más bien nos estafó.
Pagado el rescate, con el alma recuperada, con la imagen conseguida, pudimos irnos tranquilos, aún cuando un poco más pobres y endeudados. Así es esto, ya lo sabemos. Así pasa cuando se lleva un niño a tomarse una foto de estudio gratuita.
Nos ofreció cuatro fotografías tamaño cédula gratuitamente. Asistimos a la sesión fotográfica, en la cual el tipo se portó totalmente profesional, y como los nativos americanos temían, o eso es lo que me han contado, se robó un poco del alma de mi niña y la metió en una plancha de papel fotográfico. Tornó la vida de mi hija en algo bidimensional, congeló su risa (la de ella, claro es), una parte de mi niña la encerró en papel mate.
Y así, cuando ya había revelado las fotos, bueno, más bien, por ser tan actual la cosa, cuando ya las había impreso, tras un excelente trabajo de diseñador o lo que sea que haga el tipo, nos llamó y enseñó uno de esas fototas en las que salen varios rostros de niños con diversas expresiones, otra foto, también grande, de mi hija en una pose angelical, luciendo además hermosísima (orgullo de padre) y el jueguito de fotos regaladas. Nos dijo que las ampliaciones costaban un dineral, pero que si no las queríamos él había de desecharlas (era como para preguntarle, “y entonces, si no estaba seguro de que las querríamos ¿para qué las sacó?” ah, pero la pregunta hubiera sido necia, él sabía que las querríamos, ¿qué padres y abuelos permitirían que el alma de su pequeña se convirtiera en cenizas por unas cuantas monedas. Nosotros no, por supuesto).
No, si lo malo no es que nos vendan algo (ni que nosotros lo compremos, en todo caso). Lo malo es que lo que nos venda sea el alma, que no nos robó sino más bien nos estafó.
Pagado el rescate, con el alma recuperada, con la imagen conseguida, pudimos irnos tranquilos, aún cuando un poco más pobres y endeudados. Así es esto, ya lo sabemos. Así pasa cuando se lleva un niño a tomarse una foto de estudio gratuita.
jueves, 14 de enero de 2010
Cuento Original: Justo cuando abrí el paraguas
Había abierto mi paraguas, estaba decidido a retirarme, entonces la vi… (cerré el paraguas) y no supe qué (más) hacer, excepto quedármele mirando: Estaba bajo la lluvia. Simplemente bajo la lluvia. Sin nadie alrededor (todos habían buscado refugio para no quedar empapados, ella no).
Repentinamente, varias preguntas aparecieron en mi mente.
La primera fue, “¿Qué está haciendo ahí?”. Si Vds. la hubieran visto, quizás me entenderían, quizás (A veces ni yo mismo lo entiendo. Ni yo mismo me entiendo, a decir verdad).
Y la segunda, “¿Por qué está ahí?”. El hecho de estar ella ahí, bajo la lluvia, empapándose, en determinado momento viendo hacia el cielo, cerrando sus ojos y expresando mediante cierta calma en su rostro que se sentía extasiada, me pareció menos importante que la razón por la cual estaba ahí, ¿cuál era el motivo que la impulsaba a estar bajo la lluvia, sencillamente mojándose?
Y a éstas siguieron otras, por supuesto, pero tan poco importantes que ya las he olvidado. Digamos que carecían de importancia histórica.
¿Qué hacer? Me lo preguntaba una y otra vez.
Acababa de mejorarme de una gripe terrible. A lo mejor alguno de Vds., caros lectores, alguna vez haya padecido de gripe, pero no de gripe terrible, puesto que ésta es como l’enfant terrible de las gripes. Es tremenda.
Casi nunca tengo gripe, pero cuando me da, cuando me invade más bien, no es una guerra, es una masacre, y la víctima soy yo. Eso es todo.
Por lo anterior, la pregunta “¿qué hacer?” no era una fácil de responder.
Acercarme, en todo caso, implicaba gran peligro para mi salud. Ya ven que no era cosa sencilla.
Aparte estaba el factor, ¿por qué carajos podría ser una buena idea el acercarme?, además, ¿para qué? ¿qué esperaba lograr con ello?
Ah, pero ésta era una pregunta que sí tenía fácil respuesta. Y si no se la daba era por cobardía, por no atreverme a confrontar el hecho. La razón que me obligaba, que me compelía a acercarme, era que aquella escena, esa mujer empapándose bajo aquel diluvio, por lo extraño que se presentaba ante mis ojos, ante mi alma, resultaba algo completamente fascinante. La naturaleza de mi impresión, por supuesto es inefable (sólo palabritas, ¿no es cierto?). Pero, ejemplifiquémoslo de esta manera, yo me sentía como una polilla atraída hacia la luz de una vela (lindísimo lugar común, ¿verdad?).
Sin pensarlo más, harto ante mi propia indecisión, me acerqué tratando de no mojarme demasiado (en esto, fallé en lo poco, en lo mucho y en lo absoluto) para no caer víctima otra vez de mi temido enfant.
Estando a la par de ella, sin decir nada, y por quién sabe qué estúpida causa, cometí el más grave error de esta narración. Un acto comparable, qué sé yo, con Pandora abriendo la caja o con la infamia de mezclar un buen ron con Caca Cola:
Abrí mi paraguas sobre ella.
Eso fue todo.
La magia murió. Esa noche, en ese justo momento murieron no sé cuántas hadas, se les rompió el corazón (y toda esa parafernalia de tipo modernista…).
Justo cuando abrí el paraguas dejó de llover…
O bien:
Justo cuando abrí el paraguas fue como despertar de un sueño….
O:
Justo cuando abrí el paraguas este cuento se acabó.
Repentinamente, varias preguntas aparecieron en mi mente.
La primera fue, “¿Qué está haciendo ahí?”. Si Vds. la hubieran visto, quizás me entenderían, quizás (A veces ni yo mismo lo entiendo. Ni yo mismo me entiendo, a decir verdad).
Y la segunda, “¿Por qué está ahí?”. El hecho de estar ella ahí, bajo la lluvia, empapándose, en determinado momento viendo hacia el cielo, cerrando sus ojos y expresando mediante cierta calma en su rostro que se sentía extasiada, me pareció menos importante que la razón por la cual estaba ahí, ¿cuál era el motivo que la impulsaba a estar bajo la lluvia, sencillamente mojándose?
Y a éstas siguieron otras, por supuesto, pero tan poco importantes que ya las he olvidado. Digamos que carecían de importancia histórica.
¿Qué hacer? Me lo preguntaba una y otra vez.
Acababa de mejorarme de una gripe terrible. A lo mejor alguno de Vds., caros lectores, alguna vez haya padecido de gripe, pero no de gripe terrible, puesto que ésta es como l’enfant terrible de las gripes. Es tremenda.
Casi nunca tengo gripe, pero cuando me da, cuando me invade más bien, no es una guerra, es una masacre, y la víctima soy yo. Eso es todo.
Por lo anterior, la pregunta “¿qué hacer?” no era una fácil de responder.
Acercarme, en todo caso, implicaba gran peligro para mi salud. Ya ven que no era cosa sencilla.
Aparte estaba el factor, ¿por qué carajos podría ser una buena idea el acercarme?, además, ¿para qué? ¿qué esperaba lograr con ello?
Ah, pero ésta era una pregunta que sí tenía fácil respuesta. Y si no se la daba era por cobardía, por no atreverme a confrontar el hecho. La razón que me obligaba, que me compelía a acercarme, era que aquella escena, esa mujer empapándose bajo aquel diluvio, por lo extraño que se presentaba ante mis ojos, ante mi alma, resultaba algo completamente fascinante. La naturaleza de mi impresión, por supuesto es inefable (sólo palabritas, ¿no es cierto?). Pero, ejemplifiquémoslo de esta manera, yo me sentía como una polilla atraída hacia la luz de una vela (lindísimo lugar común, ¿verdad?).
Sin pensarlo más, harto ante mi propia indecisión, me acerqué tratando de no mojarme demasiado (en esto, fallé en lo poco, en lo mucho y en lo absoluto) para no caer víctima otra vez de mi temido enfant.
Estando a la par de ella, sin decir nada, y por quién sabe qué estúpida causa, cometí el más grave error de esta narración. Un acto comparable, qué sé yo, con Pandora abriendo la caja o con la infamia de mezclar un buen ron con Caca Cola:
Abrí mi paraguas sobre ella.
Eso fue todo.
La magia murió. Esa noche, en ese justo momento murieron no sé cuántas hadas, se les rompió el corazón (y toda esa parafernalia de tipo modernista…).
Justo cuando abrí el paraguas dejó de llover…
O bien:
Justo cuando abrí el paraguas fue como despertar de un sueño….
O:
Justo cuando abrí el paraguas este cuento se acabó.
jueves, 24 de diciembre de 2009
Cuento Navideño: El elefante blanco
En un intercambio de regalos recibí un bote de cera de tortuga. No me quejé, por supuesto; a fin de cuentas, ¿quién no se muere por tener un poco de cera de tortuga? Más yo, que nunca había tenido ni un poco de este preciado ungüento.
A lo mejor, lo que recibí fue desproporcionado en cuanto a lo que yo regalé: un elefante blanco.
¿No es maravilloso?
Me imaginé, cuando lo encontré en el bazar, que era el mejor regalo que uno pudiera darle a otra persona.
No era un elefante de cerámica, ni de peluche o cualquier otro material natural o artificial. No era un elefante inanimado, al contrario, era un elefante de verdad. Un precioso elefante bebé. Ya saben Vds. que los elefantes bebés no son nada pequeños, pero ciertamente no son tan grandes como un elefante adulto.
¿Podrán creerme si les digo que la persona a quien le regalé el elefante blanco, no sólo no se mostró satisfecha sino que ni siquiera me agradeció? Paradójicamente, tanto esta persona como el elefante parecieron encajar desde un principio, puesto que no más recibir al elefantito, el receptor se puso pálido. Pero ni por ello recibí el menor gesto de agradecimiento, más bien pareció que el obsequiado sentía desagrado hacia su nueva posesión.
Muchos de nuestros colegas mencionaron lo original del regalo, imagínense Vds., un elefante traído desde la India y que, además, era blanco. Toda una rareza. De hecho, yo nunca había oído hablar de algo así, o eso creo.
A lo mejor, lo que recibí fue desproporcionado en cuanto a lo que yo regalé: un elefante blanco.
¿No es maravilloso?
Me imaginé, cuando lo encontré en el bazar, que era el mejor regalo que uno pudiera darle a otra persona.
No era un elefante de cerámica, ni de peluche o cualquier otro material natural o artificial. No era un elefante inanimado, al contrario, era un elefante de verdad. Un precioso elefante bebé. Ya saben Vds. que los elefantes bebés no son nada pequeños, pero ciertamente no son tan grandes como un elefante adulto.
¿Podrán creerme si les digo que la persona a quien le regalé el elefante blanco, no sólo no se mostró satisfecha sino que ni siquiera me agradeció? Paradójicamente, tanto esta persona como el elefante parecieron encajar desde un principio, puesto que no más recibir al elefantito, el receptor se puso pálido. Pero ni por ello recibí el menor gesto de agradecimiento, más bien pareció que el obsequiado sentía desagrado hacia su nueva posesión.
Muchos de nuestros colegas mencionaron lo original del regalo, imagínense Vds., un elefante traído desde la India y que, además, era blanco. Toda una rareza. De hecho, yo nunca había oído hablar de algo así, o eso creo.
...
Pues, verán, la ingratitud de mi obsequiado no solamente fue verbal. Podrán creer que el agasajado fue capaz de ir a la tienda donde compré el elefante con la intención de devolverlo. Pero le fue imposible. Le dijeron que semejante artículo, bajo ninguna circunstancia, tenía devolución.
Y luego, nadie lo aceptaría en la calle. Ninguno de sus conocidos, amigos, parientes, etc. Nadie. Todos le dijeron que no podían aceptar semejante tesoro. Todos parecían huir del elefante blanco, el cual, por otra parte, parecía estar pegado a su dueño, y no tener ni la menor intención de desprenderse.
Se me ocurrió hacerle una visita al dueño del elefante blanco, para inspeccionar cómo iba todo. Sólo para que supiera que me importaba ver qué hacía con mi regalo. No le mencioné en absoluto el hecho de que ya sabía que había tratado de deshacerse del paquidermo albino.
Vi al dueño del elefante convertido en una piltrafa.
Parecería mentira, pero con tan pocos días de tener a esta nueva mascota ya la había malcriado. El elefante no paraba de comer, parecía muchísimo más gordo que la última vez que lo vi. El propietario le traía fardos y más fardos de forraje. Y el elefante comía y comía.
Me pregunté a mí mismo, pero sin comentarlo pues soy un tipo discreto, cómo haría el dueño del elefante para financiar semejantes hábitos alimenticios.
...
Al poco tiempo, supe que el dueño del elefante lo había llevado al zoológico para tratar de que lo retuvieran ahí, donándolo. Pero tampoco ahí quisieron recibirlo, ni siquiera tras los alegatos del propietario del elefante que les decía que iba a convertirse (el paquidermo) en una súper atracción. Al fallar en el ZOO decidió probar suerte en un circo. E igualmente, nadie lo aceptó.
Aún cuando me había hecho de la vista gorda al principio, decidí que era el colmo de la ingratitud que tratara a mi obsequio de semejante manera. Mirá que tratar de deshacerse del elefante y con lo que me había costado encontrar un regalo así de original.
De manera que fui y le eché en cara su actitud.
Me encontré al sujeto más enflaquecido que antes y al elefante más gordo todavía. Ante lo cual, aproveché también para señalarle al dueño del elefante que era una desgracia que para colmo malcriara a la pobre bestia, que la convirtiera en un ser improductivo y avorazado. No era, a mi criterio, la forma de educar a una mascota.
El obsequiado ni siquiera trató de defenderse de mis críticas. La verdad sólo contemplaba al enorme paquidermo, mientras éste utilizando su proboscidio se servía el manjar del forraje.
Algo extraño acerca de este elefante es que ni siquiera producía un solo barrito. De hecho, si no estaba siguiendo a su dueño, el elefante no caminaba. No caminaba, no producía sonido, la verdad lo único que veía que hacía era comer.
Se me ocurrió que había cometido un error regalándole a esta persona un elefante tan especial, puesto que no le ofrecía un ambiente adecuado para su desarrollo. Me parecía, de hecho, que el elefante había sido arruinado. Algo así como una historia que escuché una vez sobre un elefante. Sí, pero esto era al revés. Se me hace que si querían hacerle daño a un elefante blanco lo único que tenían que hacer era regalárselo a este sujeto. Pobre elefante. Pero qué errorazo había cometido regalándolo a este personaje cruel.
Pensé en llevarme al elefante en ese mismo momento. Pero al final decidí que eso era mala idea, ¿quién era yo para interferir entre un hombre y su mascota? Aún más, había sido yo quien había regalado al elefante, y como reza el refrán “el que da y quita...”
Mas, a la mañana siguiente me arrepentí de no haberme llevado al elefante, cuando leí cómo en el asfalto, frente al edificio donde vivían el elefante y su dueño, aparecieron, estampados los cadáveres de un blanco paquidermo y justo debajo, triturado por el peso del primero, la masa amorfa de aquel a quien yo, una vez, tuve la gentileza de obsequiar con tan malograda maravilla.
martes, 27 de octubre de 2009
Cuento malísimo de mi primera juventud: El diablo (basado en un hecho real... me pasó, pues)
El diablo
Únicamente Dios crea. Él es Constructor, Dador de Vida. Podemos hacer como Él y construir dentro de nuestras posibilidades.
Por otra parte, cualquiera puede destruir como el Maligno.
Solamente Uno puede decidir si te Da la Vida en primer lugar, pero son muchos los diablos que pueden decidir si te la quitan o no.
Una noche caminaba por el centro de la ciudad, 12 avenida y 8 calle. Un hombre joven y yo nos cruzamos frente a frente, me di cuenta de que llevaba una botella rota en su mano derecha.
Nuestras miradas se encontraron.
Yo vi en él la malicia. Me imagino que él percibió en mis ojos el temor.
Amenazadoramente me dijo:
"Va pué, ahora regalame una vara."
Yo pensé un momento y espontánea y fríamente respondí con una pregunta, sin dejar de ver sus ojos:
"¿Y por una vara me vas a matar?"
El otro bajó la mirada, meditó y secamente respondió:
"No." Y se fue.
Así, ese diablo decidió que mi vida valía más que una moneda de un quetzal.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
La traducción: Una historia de la chica llamada Jessica y su gatito en un frasco
Ahora presento la traducción de "A story of a girl named Jessica and her kitten in a jar". El cuento originalmente fue escrito en inglés para facilitar su lectura por parte de la persona a quien está dedicado; pensé que era más fácil, y adecuado, escribir el cuento en inglés que hacerlo en español y luego traducirlo (algo se pierde en la traducción, se suele decir). Sin embargo, realicé el proceso inverso, y aquí presento la versión en español.
Por cierto, que es mi primera incursión en la así llamada literatura infantil (al menos, desde que era un niño y escribía mis cuentecitos). Voy a tratar de incluir otros cuentos infantiles en el blog.
Por cierto, que es mi primera incursión en la así llamada literatura infantil (al menos, desde que era un niño y escribía mis cuentecitos). Voy a tratar de incluir otros cuentos infantiles en el blog.
...
Había una vez una chica, cuyo nombre era Jessica y vivía en una pequeña casa. Era tan pequeña que ella apenas tenía espacio para compartir, y aún más, nuestra chica era una artista y cada espacio disponible estaba ocupado por sus obras.
Ella era feliz, aún en los días lluviosos; la única desventaja era que en esos días, a veces, ella se sentía aburrida por estar obligada a quedarse en casa.
Talvez si ella pudiera tener algún tipo de mascota. Pero, ¿qué mascota podría caber en esa casa tan, tan, tan pequeña?
Un día, sin embargo, Jessica escuchó un sonido muy suave. Buscó por toda la casita, revisó en cada esquina, debajo de todo, pero no pudo encontrar cosa alguna.
Hasta cierto punto, ella pensó incluso que todo aquello era parte de su imaginación. Pero en la noche, cuando estaba preparándose para ir a dormir, Jessica escuchó el sonido otra vez: era tan suave, como un murmullo...
Era como el llanto de un pequeño bebé, uno muy pequeñito...
Repentinamente, notó que un frasco de vidrio de su estante se había movido. Ella era una chica valiente, pero aún así, se sintió un poco alterada ante este inexplicable fenómeno.
Ella era feliz, aún en los días lluviosos; la única desventaja era que en esos días, a veces, ella se sentía aburrida por estar obligada a quedarse en casa.
Talvez si ella pudiera tener algún tipo de mascota. Pero, ¿qué mascota podría caber en esa casa tan, tan, tan pequeña?
Un día, sin embargo, Jessica escuchó un sonido muy suave. Buscó por toda la casita, revisó en cada esquina, debajo de todo, pero no pudo encontrar cosa alguna.
Hasta cierto punto, ella pensó incluso que todo aquello era parte de su imaginación. Pero en la noche, cuando estaba preparándose para ir a dormir, Jessica escuchó el sonido otra vez: era tan suave, como un murmullo...
Era como el llanto de un pequeño bebé, uno muy pequeñito...
Repentinamente, notó que un frasco de vidrio de su estante se había movido. Ella era una chica valiente, pero aún así, se sintió un poco alterada ante este inexplicable fenómeno.
Como dije, ella era una chica valiente, así que, poco a poco, Jessica se aproximó al frasco de vidrio, pero cuando trató de tomarlo con su mano, el frasco rodó un poco, alejándose, y cuando ella trataba siquiera de tocarlo, el frasco rodaba, hasta que se topó con el muro: no había escapatoria ahora...
Así que, Jessica levantó el frasco del suelo, y, ¿qué encontró?
Un gato tan pequeño que cabía dentro de un frasco. Bien, en verdad era un gatito bebé, pero aún era demasiado pequeño comparado con cualquier otro cachorrito de gato. A Jessica le encantaban las cosas raras, así que se enamoró del gatito.
Jessica procedió a abrir el frasco para dejar salir al gatito, y pensando que él podría estar hambriento, le preparó la cena: un plato con leche. Pero el plato era muy grande para que el gatito lo alcanzara, y cuando lo hizo, cayó adentro y casi se ahoga.
Entonces, Jessica usó la tapa del frasco para poner ahí la leche.
Fue el principio de una linda amistad entre nuestra chica Jessica y el gatito.
Como podrán ver, en esta pequeña historia todo parece acomodarse bien. Creo que Vds. podrían preguntar, “Pero, ¿cómo el gatito terminó dentro del frasco?”. Yo podría decirles, pero prefiero dejar que traten de imaginárselo.
Jessica no iba a permitir que su gatito desarrollara un complejo de inferioridad, de modo que para empezar, ella lo llamó Napoleón, porque Napoleón Bonaparte era un hombre cuya estatura era corta, pero su voluntad era alta.
Así que, Jessica levantó el frasco del suelo, y, ¿qué encontró?
Un gato tan pequeño que cabía dentro de un frasco. Bien, en verdad era un gatito bebé, pero aún era demasiado pequeño comparado con cualquier otro cachorrito de gato. A Jessica le encantaban las cosas raras, así que se enamoró del gatito.
Jessica procedió a abrir el frasco para dejar salir al gatito, y pensando que él podría estar hambriento, le preparó la cena: un plato con leche. Pero el plato era muy grande para que el gatito lo alcanzara, y cuando lo hizo, cayó adentro y casi se ahoga.
Entonces, Jessica usó la tapa del frasco para poner ahí la leche.
Fue el principio de una linda amistad entre nuestra chica Jessica y el gatito.
Como podrán ver, en esta pequeña historia todo parece acomodarse bien. Creo que Vds. podrían preguntar, “Pero, ¿cómo el gatito terminó dentro del frasco?”. Yo podría decirles, pero prefiero dejar que traten de imaginárselo.
Jessica no iba a permitir que su gatito desarrollara un complejo de inferioridad, de modo que para empezar, ella lo llamó Napoleón, porque Napoleón Bonaparte era un hombre cuya estatura era corta, pero su voluntad era alta.
martes, 2 de diciembre de 2008
Cuento Original: A story of a girl named Jessica and her Kitten in a jar

Dedicado a Heather Jessica Pellecer
...
Once upon a time, there was this girl, whose name was Jessica, and she lived in a little house. It was so little that she barely had any space to share, and even more, our girl was an artist and any available space was filled her works.
She was happy, even on rainy days; the only drawback those days was that, sometimes, she felt bored, because of the obligated stay.
Maybe if she could have some kind of a pet. But, what pet could fit in that very, very, very little house?
One day, however, Jessica heard a very soft sound. She looked all over the little house, checked in every corner, below everything, and could not find anything.
At some point, she even thought that maybe it was all in her imagination. But at night, when she was preparing to sleep, Jessica heard the sound again, it was so hushed…
It was like the crying of a little baby, but a very little one…
Suddenly, she noticed that a glass jar of her cupboard had moved. She was a brave girl, but even so, she felt a little upset about this inexplicable phenomenon.
She was happy, even on rainy days; the only drawback those days was that, sometimes, she felt bored, because of the obligated stay.
Maybe if she could have some kind of a pet. But, what pet could fit in that very, very, very little house?
One day, however, Jessica heard a very soft sound. She looked all over the little house, checked in every corner, below everything, and could not find anything.
At some point, she even thought that maybe it was all in her imagination. But at night, when she was preparing to sleep, Jessica heard the sound again, it was so hushed…
It was like the crying of a little baby, but a very little one…
Suddenly, she noticed that a glass jar of her cupboard had moved. She was a brave girl, but even so, she felt a little upset about this inexplicable phenomenon.
As I said, she was a brave girl, so, little by little, step by step, Jessica approached the glass jar, but as she tried to grab it, it rolled away a little, and whenever she tried to even touch it, the jar would roll away, until it reached the wall: there was no escape now…
So, Jessica grabbed the glass jar, and, what did she find?
A cat that was so little that fitted inside a jar. Well, truly it was a kitten, but still he was too little even for a kitten. Jessica liked weird things, so she loved the kitten.
Jessica proceeded to open the jar to let the kitten come off, and thinking that he could be hungry fixed him dinner, a dish with milk, but the dish was too big for the little cat to reach, and when he did, he stumbled inside and almost drown.
So Jessica used the cap of the glass jar to pour the milk.
It was the beginning of a nice friendship between our girl Jessica and the kitten.
As you may see in this little story everything seems to fit. I guess that some of you may ask, “but, how did that kitten ended up in that glass jar?” I could tell you, but I rather let you try to imagine.
Jessica would not allow her kitten to develop any inferiority complex, so in the first place she called him Napoleon, because Napoleon Bonaparte was a man whose height was little but his will was high.
Imagen: Propiedad de Heather Jessica Pellecer.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Cuento Original: ¡JA-JA!
Este relato está dedicado, respetuosamente, a mi buen y paciente amigo Octavio Enríquez. Aún cuando la temática es autobiográfica; es decir, trata acerca de mí.
...
Rió y su carcajada resonó en cada esquina:
“¡JA-JA!”
Se creía tan gracioso. Casi podía sentir la comicidad atravesando su cuerpo.
Ahora bien, utilizamos el término “sentir” con cierta amplitud, con alguna libertad, hemos de reconocer, porque si bien se suponía que nuestro individuo era un ser sensible y sensitivo, más bien sólo representaba esto último en una cuasi absoluta ausencia de lo primero. Y, por aparte, las sensaciones que tenía estaban bastante distorsionadas por haber bebido ávidamente del cáliz dionisiaco.
Había llegado a la reunión social y repentinamente lo había golpeado el hecho de sentirse terriblemente inadaptado. Definitivamente, algo no estuvo bien en su educación, puesto que él no estaba integrado satisfactoriamente a la sociedad, y no nos referimos a la pasividad de una insociabilidad, sino también a ciertos rasgos antisociales.
Cuando le preguntaron qué deseaba beber, él respondió tratando de pasar por ingenioso que quería una cuba, “pero, una cuba socialista…”, y quien se la sirvió le respondió, “ah, una cuba ja-ja…”, y le entregó la bebida preparada impecablemente.
Comenzó a beber y sintió los efectos relajantes del ron. “Ah, el ron…”, pensaba, “… la bebida que tomaban los marinos ingleses cada mañana para fortalecerse. Y, claro, también los piratas…” Y como pirata, el ron lo despojaba, pero de su sensatez.
¿En qué momento comenzó todo esto? O más bien, ¿de qué manera? Es que no podía recordarlo, o quizás era simplemente que no podía entenderlo. En estas historias, que eran la frecuencia de su vida, siempre había una pregunta, la cuestión fundamental, claro es: ¿por qué?
¿Por qué se tornaba repentinamente en todo lo que él odiaba (o creía odiar)? ¿por qué, de manera inesperada, él hacía a otros lo que no quería que le hicieran? ¿Por qué era capaz de lastimar a quienes amaba más?
Sería mentir si dijéramos que nunca había respondido estas preguntas. Lo había hecho, por supuesto. Y las respuestas que encontraba eran de diversos tipos, psicológicas, filosóficas, morales, etc. Pero, el hecho es que eran respuestas y no soluciones; el problema fundamental no estaba resuelto. Algo estaba descompuesto y él, evidentemente, no era capaz de arreglarlo.
“¿Por qué?”
“¡¿Por qué?!”
“¡¡¿POR QUÉ?!”
No había sido capaz de resolver el enigma. En vez de eso, cada vez más, se había internado en un laberinto… y él sabía que en los laberintos hay, por lo menos, una bestia capaz de matar y devorar a un hombre… o, a lo mejor, de comérselo vivo, nunca se sabe, la verdad.
Vivía por reflejo condicionado y lo sabía. El caos en su interior era fácil de identificar en su exterior, en sus relaciones sociales, en sus actividades cotidianas, incluso en el desorden de su habitación-estudio-lo que sea.
Y así, así sin más, así como era él, sin estar muy seguro (quitémosle el muy) de qué carajos pasaba consigo mismo, extraviado en ese infinito laberinto que era su propia vida; así llegó a la reunión social, se bebió su primer “cuba ja-ja”, sintió al cómico en él emerger, escuchó cómo se reía macabramente, sonrió de oreja a oreja (como nunca lo había hecho) y comenzó la función, “su función”.
De repente sintió los reflectores en la cara, pequeñas lucecitas fijas en él, atentas a cada movimiento que hacía. Lo seguían en cada una de sus gesticulaciones, de sus pantomimas.
Él reía y parecía como si un eco (sería la resonancia del laberinto) hacía que su risa se tornara ensordecedora. ¡JA-JA!
“¡JA-JA!” Todo el mundo reía con él, cada cosa que decía era graciosa. Él era el bufón y lo estaba gozando.
Cuando encontró el chiste perfecto, decidió apegarse a él, a fin de cuentas, hay que continuar con lo que funciona. Siguió con su chiste de repetición, ¡JA-JA!, “ES QUE ES TAN GRACIOSO, PERO TAN GRACIOSO”.
Parecía que ya no quedaba nada de su timidez inicial, estaba en el extremo opuesto, sin haber pasado nunca por el intermedio.
Entonces, escuchó el bramido de la bestia (un minotauro, supongo), la criatura que habitaba en el laberinto y que no parecía dispuesta a dejarle en paz ni en su momento de mayor gloria, en el más grande de sus triunfos.
Y, aún cuando nos parezca increíble, la vio frente a él. Era realmente monstruosa, era un engendro repulsivo.
Como un relámpago, recordó algo, era un párrafo de cierto cuento escrito por Oscar Wilde, que él había leído hacía tiempo. Se titulaba El Cumpleaños de la Infanta:
“Cuando al final la verdad se abrió paso en su mente, el enano lanzó un aullido un grito de desesperación y cayó al pavimento sollozando. ¡Ese ser deforme y jorobado, de aspecto horrible y grotesco, era él! ¡Era él mismo, él era el monstruo, y era de él de quien se habían reído todos los muchachos... y la Princesita, en cuyo amor creyera...”
El párrafo describía justo el momento cuando este noble personaje, el enanito, cuya belleza interna era formidable, veía por vez primera, reflejada en un espejo, la imagen de su cuerpo deforme…
Y ahora le tocaba a él, a nuestro individuo, de una fealdad interna abominable, ver la verdad sobre sí mismo. Ahí estaba la bestia ante sí, la bestia bramante. Pero no era exactamente un minotauro. La voz gutural que emitía era cada vez más familiar, la había escuchado antes, pero dónde, esto no lo podía recordar…
Escuchó más atentamente, ¿cómo sonaba...? ¿qué era lo que decía?
Ah sí, ahora lo sabía:
¡JA-JA!
“Sí…”
“¡JA – JA!”
Imagen: Tomada por Alex Luna
jueves, 2 de octubre de 2008
Cuento Original: La Luciérnaga y yo (Segunda parte del micro-cuento para Lucía Mendoza)
“Y, ¿quién sos vos?”
Esta pregunta me ha intrigado desde que tengo conciencia de mí mismo, ¿quién soy yo?
Es, quizás, la interrogante más difícil con la cual me he encontrado; no he podido darle una respuesta satisfactoria.
Por lo que he encontrado en mis lecturas, he decidido ir eliminando de la noción de mí mismo aquello que no soy.
Así, no soy un caballero (en el sentido amplio de la palabra), ni un científico, ni un revolucionario, mucho menos un religioso o un militar.
Y con el paso del tiempo creo que lo que más soy de lo que creo que puedo ser es un maestro y un juglar.
“Y, quién sos vos, Julio?” Me preguntó Lucía.
“Pues, yo tampoco sé quién soy.” Le respondí.
Esta pregunta me ha intrigado desde que tengo conciencia de mí mismo, ¿quién soy yo?
Es, quizás, la interrogante más difícil con la cual me he encontrado; no he podido darle una respuesta satisfactoria.
Por lo que he encontrado en mis lecturas, he decidido ir eliminando de la noción de mí mismo aquello que no soy.
Así, no soy un caballero (en el sentido amplio de la palabra), ni un científico, ni un revolucionario, mucho menos un religioso o un militar.
Y con el paso del tiempo creo que lo que más soy de lo que creo que puedo ser es un maestro y un juglar.
“Y, quién sos vos, Julio?” Me preguntó Lucía.
“Pues, yo tampoco sé quién soy.” Le respondí.
sábado, 6 de septiembre de 2008
Cuento Original: Jazzman
"Dedicado a Charlie Parker, Julio Cortázar y El Perseguidor"
(El Jazzman)
Decían que tocaba mejor que cualquiera que lo hubiera hecho antes… que era el mejor hasta entonces… que no podía ser humano.
Lo habían colocado en una posición de superhombre, de semidiós, de héroe de leyenda. Todas las noches iban hordas de fanáticos a escucharlo. Decían que era lo más emotivo, lo más profundo.
Él y su trompeta eran uno.
Tocaban de todo. Desde “When the saints…” hasta “Manteca” y “Groovin’ high”. Ellos eran el jazz… no hacían jazz, no; ellos eran el jazz mismo, y el jazz era ellos. Nadie se atrevía a contradecir esta afirmación. Bueno, casi nadie…
…
Toda la vida se la había pasado admirando a estos jazzmen.
Desde que había escuchado a Miles Davis no había podido sacarse de la mente el sonido de esa trompeta, y todo lo que escondía: los “blues”, el “swing”, la esencia misma de la música.
Y desde entonces había soñado únicamente con tocar así, con vaciar todo su contenido de esta manera.
¿Que qué iba a ser de él si se vaciaba por completo?
Pues en principio, no quedaría vacío su ser. En todo caso, quedaría vacío su cuerpo, como el de Bird, que se había ido volando como un ave, como el pájaro cantor que era. Esa clase de ornitomúsico no podía ser enjaulado, y él tampoco.
Así como unos niños sueñan con ser deportistas estrellas, médicos, actores o cantantes famosos, él soñaba con ser un jazzman.
Ya lo dije, pero lo aclaro por si las dudas, a él no le interesaba la fama, sino sacar lo que tenía dentro. Eso que es desconocido, pero no por ello inexistente. Quería liberarse por completo de las ataduras físicas.
…
“El sentimiento es lo más importante.”
Ese era su argumento más insistente en cuanto a la música. No importaba el virtuosismo desplegado por otros jazzmen en una ejecución aparentemente impecable, la mayoría de las veces él parecía no inmutarse; era como cuando en las proyecciones de películas cómicas no se reía porque sentía que el humor era muy vulgar, muy poco ingenioso, descerebrado por decir algo. Pero más que todo, lo sentía sin alma, sin contenido.
Por eso no se reía.
Y luego, por eso no podía sentir ante la carencia de algo sensible.
…
(El Crítico)
Pero, basta, a fin de cuentas esta es una reseña de jazz, a eso nos dedicamos.
Ahora, mis palabras vuelven contra mí. Yo lo dije: ellos no hacían jazz, ellos eran el jazz mismo. Quizás sea cierto, al menos en este caso, quizás sea imposible separar al artista de la obra.
Recuerdo la primera vez que los escuché, bueno que lo escuché a él con su grupo de turno: fue una noche en la cual no pude resistir a la tentación de comprobar los rumores de la masa; a fin de cuentas, nunca he sido afín con esos juicios colectivos sobre lo que sea, no me parece que reflejen ninguna clase de criterio maduro, más bien me parecen pan y circo, fuegos artificiales, etc. Pero hay que reconocer, así como generalmente la masa se equivoca, también hay excepciones a la regla.
Entré y lo vi… y lo oí. He allí esos fuegos artificiales de la sinestesia más perturbadores que jamás hubieran percibido mis vulgares oídos de crítico, he ahí ese circo romano con sus leones psicodélicos, rugiendo como en “El Carnaval de los Animales” a través de la música, he ahí esos gladiadores acústicos acosándome, amenazando con despedazarme, y yo, pobre diablo, presto a todo aquello porque había perdido todo dominio de mí mismo, toda voluntad. De repente, cual la masa, había caído hipnotizado, aletargado, en un sopor que es por su propia naturaleza inefable.
Todas mis memorias, las que pudieran ser una referencia al caso, acudieron. Me sentí ante Dizzy, Bird, El Gremlin, Monk, Coltrane, Sachtmo, Liszt, Paganini…
Qué decir, alrededor del Mundo y en distintas épocas, cuántos habrán sentido algo similar. Y allí estaba, ahora era mi turno.
Repentinamente surgió en mi mente como habrá surgido en la de aquellos que escucharon estupefactos al violinista de Génova:
“Este ser que está frente a mí… esta criatura, este genio… este jazzman no es humano…”
…
Hay momentos de verdadero terror en la vida de una persona, éste que he narrado fue uno de los míos.
Ahora bien, era un terror más bien embriagante, de esos como si uno fuera cayendo de una altura considerable y la perspectiva del golpe fuera más una esperanza que un temor. Pero, siempre queda el factor desconocido, y esto desconocido a algunos, por más que sea delicioso, no nos termina de convencer. Así me sentía.
Pero, ¿ya qué?
En todo caso, el único detalle fuera de lugar aquí es narrar todo esto en una columna sobre jazz, y creo que la moraleja es que uno puede creer toda su vida que está en esto o aquello, pero al final de cuentas, quizás no…
Y así creo que me ha pasado a mí.
Porque lo que yo creía que era jazz (y lo era, al final lo era), resultó ser más que eso (eso sí, más que jazz, “Jazz y algo más”[1]. Porque el jazz es importante y no se le puede dejar de lado, ni siquiera en estas metafísicas meditaciones…).
Pues bien, cómo pasa un tipo normal (tómenlo como quieran), un crítico respetable (aún cuando no muy respetado), un aficionado a la música, estudioso de ella; cómo pasa un tipo como yo, cómo paso yo de donde estuve a donde estoy, o a lo que soy ahora, eso ya está resuelto. Y si no lo ha entendido creo que no ha puesto atención o esto del jazz realmente no es lo suyo.
Pero, eso nos deja en ahora, en como estoy, en qué estoy.
Estoy… bueno, era más fácil contar cómo llegué que el qué.
Déjenme plantearlo así:
(La Epifanía)
“Decían… que no podía ser humano.”
Me parece que ciertamente este sujeto, este jazzman no era humano. Lo había sido, digamos que lo fue, que comenzó su vida y por qué no, su carrera, siendo humano. Un tipo normal (nuevamente, tómelo como quiera), que se despierta a las 6, va al baño (no me pregunte para qué si Vd. ya sabe…), desayuna rápidamente, se toma un café y sale corriendo a tomar el colectivo de su preferencia (a fin de cuentas hay tantos), se la pasa el día trabajando y regresa por la noche buscando en qué entretenerse hasta que siente sueño (porque el sueño también se siente, eh).
Y así, per secula seculorum…
Pero, así y todo no es feliz (bueno, ¿quién es feliz?, pero esto tiene algo que ver con la felicidad, sígame en esto…)… qué hace entonces, compra objetos, o personas, experiencias, o aún más, las vende… qué hace…
Es esto la vida, ¿para esto tanto esfuerzo?
Ah, pero, algunos creemos que hay algo más. Estamos los más escépticos y quienes nos sentamos cómodamente en nuestro sillón o en nuestra mesa a tomarnos una cerveza, un vino, nos fumamos un cigarrillo, y ¿qué hacemos?
¡Escuchamos!
Ahora, cualquiera se sube a un escenario y lo hace regular (claro, hay quien lo hace muy mal, y lo digo porque sé, soy un crítico…), hay quien lo hace bien, muy bien y así… pero, están estos otros sujetos, aquellos a quienes ni yo ni todas las legiones de críticos podríamos encontrarles una mancha; no es sólo que sean muy buenos, es que, no son de nuestra liga, o nosotros de la suya, y entonces sucede…
Esto lo escribe un crítico, pero sé que le puede pasar a cualquiera (no sólo porque soy un cualquiera; pero nunca corriente, eh).
¿Por qué digo que le puede pasar a cualquiera? Pues porque esto es nuestro patrimonio, y ahora olvídese de su apellido, de sus propiedades (si es que tiene), y simplemente escuche.
Se pregunta en qué estoy o en dónde. Si es lo último, pues aquí mismo frente al computador, no es mi cuerpo el de la epifanía, soy yo.
Si bien el jazzman tiene el poder de invocar eso desconocido con su trompeta, yo tengo el poder de apreciarlo: es sólo un momento, es sólo un Standard, es sólo eso…
… y no otra cosa…
[1] Como el título de la película del director afro americano Spike Lee, “More Better Blues”.
Imagen: http://www.apoloybaco.com/imagenes/Jazz/charlieparker.jpg
jueves, 7 de agosto de 2008
Cuento Original: El trueno

Zeus alzó su poderoso brazo y dejó caer el relámpago, el cual tronó sobre el suelo intempestivamente. Y uso este término porque, en cuanto escuché el trueno, me asustó de tal manera que pegué un brinco.
No era la primera vez que percibía este sonido, mas si la primera que sospeché que semejante explosión de poder tenía algo de divina.
Llovía fuertemente, de forma constante, interminable. Repentinamente, un trueno...
Sí, qué portentoso ingenio el del rayo, relámpago y trueno, obra del más grande artesano de los dioses: Hefaistos. Diseñado por el dios volcánico amante del Fuego, y labrado por sus hábiles oficiales: los cíclopes. Con este taller laborando de manera ininterrumpida, Zeus estaba siempre provisto, ya fuera para hacer una chanza como la que narré al principio, imponer su autoridad o castigar, fulminando, como la figura paternal que era.
Pero, en última instancia, hasta ser todopoderoso puede aburrir a un dios griego, y un día Zeus quiso tratar lo que algunos de sus hijos habían hecho, es decir bajar a Guatemala desde su Olimpo y probar un destino humano. Pero, ¿cuál sería el indicado? ¿cuál simbolizaría todo su poder enfocado en el rayo?
"Malagueña, Juliana, ¡jule!" gritaba, mientras disciplinaba su rebaño, después de batir su látigo, cuyo sonido era suficiente para mantener el orden. Era un símbolo de su poder, el cual no tenía que emplear directamente.
¿Qué era ser padre de los dioses en el Olimpo, comparado con ser pastor de cabras en la ciudad de Guatemala?
miércoles, 6 de agosto de 2008
Cuento Original: El Charamilero
Siempre estaba sonriente. ¿Por qué...? Siempre estaba mostrando los dientes... los que le quedaban.
Hay otros alcohólicos que pueden parecer sombríos, pero éste no. Él tenía cara feliz. Y no solamente era su faz la feliz, puesto que todo él parecía divertido: la forma como hablaba, como caminaba, su forma de ser, en fin.
¿Quién lo hubiera imaginado? en el fondo de su ser guardaba los fundamentos del arte dramático, una sonrisa y un amargo gemido, pero no mostraba nunca lo último, y en contraposición siempre representaba lo primero. Así lo había elegido.
martes, 5 de agosto de 2008
Cuento Original: Ari y Ati

Don Ari y Doña Ati se la pasaban peleando todos los días. El señor se sentaba a la derecha y la señora a la izquierda de la mesa. Aún si no hablaban ya se sabía que estaban en desacuerdo, era como si nunca fueran a reconciliarse acerca de algo que había sucedido hacía mucho tiempo.
Los sitios junto al centro de la mesa siempre estaban vacíos. Y, ni en broma, se les hubiera ocurrido al Don o a la Doña ocuparlos. Había un como límite invisible establecido por las reglas de convivencia (o desavenencia).
Por lo dicho, se podría deducir que tratamos acerca de algún matrimonio entrado en años, de aquellos cuyos cónyuges viven juntos por costumbre y sin recordar ni porqué, en algún momento, quisieron unirse. Pero no, Ari y Ati eran hermanos (más bien, medio-hermanos).
Aún así, parecía que no podían vivir separados, que se necesitaban mutuamente, aún cuando se odiaran.
Se sentaban a la mesa y pronto comenzaba la pugna.
Había muchos motivos, muchas coyunturas podríamos decir, pero lo estructural, la fricción fundamental, era acerca del tema de la Guerra. No sobre si la Guerra era o no inevitable, pues ambos estaban seguros de que lo era (de hecho, así les gustaba que fuera), ni acerca de las posibles bondades del pacifismo (que sin haberlo dicho nunca a viva voz, consideraban algo imposible, por no decir ingenuo). Sus discusiones eran acerca de si había una distinción entre Guerra gratuita y Guerra justa.
Don Ari sostenía que el ser humano era guerrero por naturaleza, que era el derecho del más fuerte el conquistar al débil, porque si no ¿para qué existía la fuerza y la superioridad?, él decía que cuando era oportuno tomar algo, había que golpear primero y más fuerte. Sus ojos brillaban macabramente cuando emitía estas opiniones.
Doña Ati contraponía a los argumentos de su hermano los que ella consideraba más racionales: No era correcto, de hecho lo calificaba de "inmoral", el abusar de la fuerza. La guerra no podía ser gratuita, era obligado que tuviera una causa, una "causa justa".
"¿Y cuál sería una causa justa?" preguntó Don Ari.
"Pues, por ejemplo, la liberación de un pueblo." Respondió Doña Ati.
"Ah, ya veo." Dijo Don Ari, "entonces si uno quiere liberar un pueblo de, digamos, uno de mis conquistadores, esto tendría que hacerse por medio de la fuerza."
"Así es."
"Pero, me imagino que tus libertadores, hermanita, contarían con recursos limitados. A lo mejor, la única manera de que triunfaran sería aprovechando cierta oportunidad o serie de oportunidades."
"Ajá."
"Y tendrían que usar toda su fuerza en dichos ataques. De lo contrario se arriesgarían a perder la batalla."
"Exactamente."
"Ya, qué interesante. A ver, recordemos todo para tenerlo bien claro: para liberar un pueblo, hay que hacerlo por la fuerza, aprovechando las oportunidades y utilizando toda la fuerza disponible."
"No cabe duda, querido hermano, que por vez primera hemos llegado a un acuerdo."
"Eso me parece, sabia Atenea. Resulta que hemos llegado a la conclusión de que para ser libertador hay que ser conquistador, y si no hay distinción entre uno y otro, tampoco la hay entre mi guerra gratuita y tu guerra justa. Ambas son una sola cosa: Guerra."
Atenea miró fijamente a los refulgentes ojos de su hermano Ares. Por supuesto que no le dio la razón. La tuviera o no, una cosa era clara (y ahora más que nunca) ella tenía para con su hermano una guerra gratuita, y éste para con ella una guerra justa.
lunes, 4 de agosto de 2008
Cuento Original: Sihana

"Eres tan bella como sihana (la luna)."
Eso, me contó, se lo dijo una vez uno de sus maestros.
Pero no, lo que le dijo, ya recuerdo mejor, fue:
"Tu rostro es tan bello como sihana."
(Ya ni recuerdo bien si la palabra era albanesa o macedonia, me parece que era lo último. Debió ser macedonio porque, a fin de cuentas, estamos en la serie griega. Así sí encajaría.)
Entonces, su maestro la llamó luna y el pseudónimo le quedó. Desde entonces fue Sihana, sinónimo de Selene.
Y yo escribí:
Extraño a Sihana,
Ella quien me amó
(Te dua, te dua,
Te dua paku fi:
'Te amo sin límites'),
Con un mar de por medio.
Quien durmió en una isla conmigo
Y peleamos
Y peleamos.
Pero fue también
Mi única compañera de viaje.
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