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sábado, 12 de septiembre de 2009

capítulo cuadragésimoprimero: la ovejita


Cuando era más pequeña, como de unos dos años, le gustaba que la dejaran salir por las mañanas para presenciar el desfile. Una a una iban pasando, a veces de dos en fondo, o de tres, pero juntas siempre, porque a la menor indisciplina flagrante se escucharía terrible "el sonido de un trueno" (como diría Ray Bradbury). Así, pasaban las cabras, comandadas por el pastor.

De todas ellas, solamente recuerdo el nombre de una: Malagueña; y sospecho que la niña no recuerda el nombre de ninguna. Pero, creo que sí debe rememorar cuánto le gustaba verlas pasar, aún cuando le dieran un poco de miedo, que es lo que nos pasa con lo que nos gusta (qué queísmos, hombre).

Tiempos después, ella recibió un regalo que la hizo más feliz que el paso de las cabritas. Le obsequiaron una ovejita. Pero no era de verdad, claro que no; ¿dónde hubiera podido colocar a ese cordero, si fuera real? Era una ovejita de peluche, de esas que están encerradas en esos juegos tragamonedas y que hay que sacar con un gancho. Desde entonces, la ovejita ha sido su permanente compañera de juegos.

"Y, ¿cómo se llama tu ovejita?"

"Pues, Ovejita, no tiene otro nombre."

"Mirá, y ya le descosiste toda la boca, se va a morir del hambre."

"No, tonto, si mi ovejita no come, no ves que es de peluche."

"Ah..."





Imagen: Cortesía de Cuntie McCuntcunt [dolly rious] (visite la galería haciendo clic aquí)

sábado, 22 de agosto de 2009

capítulo trigésimonoveno: pedro el pastorcillo


Y así resulta que Pedro y Peto se parecen muchísimo. Claro, exceptuando que a Peto no le gustan los animales, no es pastor, no vive en Los Alpes ni es suizo; pero por lo demás son idénticos.

Ambos, Peto y Pedro, son un par de adolescentes. Como tal, son un par de personajes con poco control sobre sus emociones. Son extremadamente celosos y cuando hay algo que les molesta no lo manifiestan de manera directa sino a través de sutilezas y mostrando indiferencia y si están muy molestos tomando acciones brutales, por lo tanto estúpidas e infructuosas.

Al concluir con sus acciones brutales, estúpidas e infructuosas, como es de esperarse, se sienten culpables y luego, de una forma más bien paranoide, comienzan a temer el castigo por parte de la autoridad. Y éste es otro de los puntos de conexión entre Pedro y Peto, ambos tienen un ciego temor a la autoridad.

Pero hay algo más en lo que se parecen este par de tontos: aman tiernamente a sus niñas respectivas, esas que se parecen tanto la una a la otra.

Así, a Peto le toca, aún cuando no le gustan los animales, no es suizo ni vive en Los Alpes, ser pastor de una sola ovejita y de una cabrita retozona, que no es una cabrita de verdad sino más bien una niña; bueno, y la ovejita pues tampoco es de verdad, pero de eso ya hablaremos más tarde...




sábado, 15 de agosto de 2009

capítulo trigésimosexto: otra vez heidi


Dijo que quería subir hasta lo más alto del Cerro, que quería entrar a la Iglesia (esto último me preocupó porque la primera vez hizo tanto ruido que pensé que nos iban a regañar por lo menos), pero la entrada del templo estaba cerrada.

Luego, salió corriendo tan rápido que casi la pierdo de vista y, preocupado, corrí tras ella. Se arrojó al suelo porque quería ver las nubes (pero no las de Aristófanes). Le dije que fuéramos a aquella ladera donde hay más pasto (con la esperanza de que no se ensuciara tanto y no tener que justificar luego la travesura); una vez más, salió disparada como una flecha (lugar común), y yo corrí como alma que lleva el diablo (ídem). Si no fuera porque me preocupa tanto que pueda sufrir un accidente (que ya los ha tenido), creo que me divertiría bastante ver lo montaraz que puede ser. Razón tienen los anglosajones en llamar "kids" a los niños, porque son como "cabritos", dirían los chilenos. Y a mí no me queda, entonces, más que asumir mi papel de Pedro, el pastorcillo, cuidando otra vez a Heidi para evitar que se suba a las rocas más peligrosas y/o se lastime.

Algunas veces me gustaría que Heidi fuera más como Clara: serena y bien portadita; pero entonces recuerdo que Clara estuvo enferma y me alegro que ya esté sana y que como Heidi, pueda correr libre por los montes, o en este caso, el cerrito.




viernes, 31 de julio de 2009

capítulo trigésimocuarto: extraña coincidencia


Otra extraña coincidencia, más bien. Es que ya antes he presenciado extrañas coincidencias. Habrá quien podrá confirmar, si quiere, la verdad de lo que digo, en cuanto a las anteriores y acerca de ésta que nos ocupa.

Resulta que la imagen que ilustra este post bien podría ser la de una niña alta y de cabellos rizados y desordenados que se encuentra junto a su abuelo, un anciano de barbas blancas. Más bien, lo es. Pero también podría ser que esta imagen no me fuera tan ajena. A lo mejor esa niña podría llamarse Petoúlquina Amarilla y ese anciano Papá Tono. Y también podría ser que la una fuera mi descendiente y el otro mi ascendiente, es decir que estuviéramos relacionados por consanguinidad.

Podría ser.

Pero no, no lo es. Porque aún cuando la niña de la imagen guarda un asombroso parecido con la Petoúlquina, el anciano abuelo de ella, al contrario del anciano de la imagen, no fuma tabaco en pipa, ni tiene la barba tan larga. Por lo demás, son idénticos.

Sí, pero el buen observador u observadora, habrá deducido que los de la imagen son simple y sencillamente una niña llamada Adelaida (Heidi, si le conocemos y le tenemos algo de confianza) y su abuelo, el Tío de los Alpes.