lunes, 17 de octubre de 2011

capítulo quincuagésimoseptimo: de cuando traté de jugar a ser Oliveira...

Y así, como no podía hablar con ella (ella sabe perfectamente que es ella, es decir que ella sabe perfectamente quién es... digo, ella sabe que ella es a quien me refiero, puesto que eso de que ella sepa exactamente quién es pues, es un tanto difícil... a lo mejor sí lo sabe... ahora bien, en lo particular yo no sé muy bien quién soy... razón por la cual a veces juego a ser lo que no soy, que es más fácil que jugar o ser quién sí soy, esto porque a decir verdad no sé muy bien quién soy...), decidí probar otro enfoque; verla sin verla... más bien verla viéndola pero sin que ella supiera que la veía, o que en algún momento lo supiera, pero más bien "a posteriori", de manera que ya fuera muy tarde para evitar verme.

Se me ocurrió tratar eso de la técnica del capítulo 6 de Rayuela: "La técnica consistía en citarse vagamente en un barrio a cierta hora. Les gustaba desafiar el peligro de no encontrarse, de pasar el día solos, enfurruñados en un café o en un banco de plaza, leyendo-un-libro-más...". A decir verdad, la cosa no iba bien desde el principio: no nos citamos y no me gustaba en lo más mínimo el peligro de no encontrarla, de pasar el día solo (por cierto que era de noche); más que café, el lugar donde acabé era como un bar (eso de café te lo debo), lo del banco de plaza queda fuera de cuestión, entonces, y no llevaba ningún libro (llovía, estaba oscuro, iba a un bar...). Así expuesto, el título de este capítulo y la cita parecen más bien engañosos, inexactos, tal vez algo afectados.

No nos habíamos citado. Solamente tenía como referencia una confirmación suya de asistencia a un concierto de la HRB. Así, sin más, me fui para allá. No la encontré, la busqué con la vista todo el tiempo que estuve ahí. Sin ella, todo lo demás era bueno, pero no sobresaliente. Era tibio, no abrasador. La vida, el tiempo, la música, todo existía y era bueno, pero le faltaba emoción. Sólo me quedé la primera parte del concierto. Luego, me despedí y salí a tomar un taxi, cuyo conductor no dio con la dirección, así que caminé bajo la lluvia dos cuadras hasta que el tipo me vio. ¿Cómo demontres supo que era yo su pasajero? Nunca lo sabré. Claro que pude preguntarle, pero hubiera perdido lo que Lezama Lima decía que era lo más chilero (él era cubano, seguro que hubiera usado otro término) de cualquier obra literaria: el misterio.

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