domingo, 9 de octubre de 2011

capítulo quincuagésimoquinto: de por qué odio las mandarinas y/o la sandía que me crece en el estómago

Cuando era niño, tendría 5 ó 6 años, probé las mandarinas por primera vez, al menos recuerdo que esa fue la primera vez; y las odié.

¿Por qué? Pues, porque me tragué algunas de sus semillas y, también recuerdo que, una prima de mi mamá dijo que me iba a crecer un arbolito de mandarinas en la cabeza, lo cual me irritó bastante.

Que mi madre me contara que mi padre aborrecía las mandarinas fue la confirmación que yo esperaba: era algo de familia. Me sentí completamente identificado y desde entonces odié las mandarinas. Ahora ya no las odio, de hecho me gustan mucho, así que el título del artículo requiere cierta actualización.

Por otra parte, últimamente he tratado de comer de manera más saludable. El otro día, mientras comía un trozo de sandía, me tragué una semilla. Ahora, cuando me veo la panza no creo que su volumen se deba al exceso de grasa en mi dieta ni a la falta de ejercicio, es obvio: me está creciendo una sandía en el estómago...

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